Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 14
Durante una de las sesiones de tutoría en la biblioteca, el aire se sentía especialmente cargado. Milton, en lugar de concentrarse en los libros de cálculo, no dejaba de observar a Alexia. Ella podía sentir su mirada quemándole la piel, una presencia constante que le dificultaba pensar.
—Estás muy callada, Alexia —dijo Milton, dejando su lápiz sobre la mesa—. Desde el fin de semana, te noto... lejana. Como si estuvieras aquí, pero a kilómetros de distancia.
Alexia bajó la vista, ocultando sus ojos tras sus pestañas. —¿Qué esperabas? Es difícil concentrarse cuando todo el mundo nos mira. Cuando sé que esto no es... esto no es nada.
Milton se tensó. Sus ojos negros se estrecharon. —¿Es eso lo que piensas? ¿Que no es nada?
—Es lo que acordamos, ¿no? —replicó ella, su voz apenas un susurro—. Una relación fingida para protegerme. No quiero que esto se vuelva real, Milton. No puedo permitirme que esto se vuelva real.
Milton se quedó en silencio, analizando sus palabras. Él quería decirle tantas cosas, quería gritarle que su protección no era solo un acuerdo, que cada momento que pasaban juntos era el punto culminante de su día. Pero el miedo de Alexia era tan palpable, tan visceral, que no se atrevía a cruzar esa línea. Sabía que si la presionaba demasiado, la perdería para siempre.
—Bien —dijo él, con un tono que sonaba a derrota—. Si eso es lo que necesitas para sentirte segura, acepto. Farsa será.
Esa respuesta dolió más de lo que ella esperaba. Era exactamente lo que había pedido, pero al escucharlo de labios de él, se sintió como una estocada. Se levantaron de la mesa y caminaron en silencio hacia la salida de la escuela. Era un atardecer naranja, el cielo pintado de colores vibrantes que contrastaban drásticamente con la frialdad entre ellos.
Mientras salían por el portón principal, se cruzaron con algunos de los estudiantes más populares, aquellos que antes la ignoraban o la ridiculizaban. Ahora, sus rostros estaban llenos de una curiosidad cautelosa. Milton, manteniendo la compostura, saludó con un asentimiento de cabeza, pero no se detuvo a hablar. Alexia, sintiéndose como un trofeo en manos de alguien que no comprendía su valor, se sintió pequeña.
Al llegar a la parada del autobús, el silencio se volvió insoportable. Milton la miró, sus ojos llenos de una tormenta de emociones que no podía articular.
—Alexia... —empezó, pero se detuvo. No sabía qué decir. ¿Cómo explicarle que la veía, no solo como una chica que necesitaba protección, sino como alguien que le hacía sentir algo que nunca antes había experimentado? ¿Cómo decirle que, aunque fuera una farsa, para él se sentía como la única verdad en su vida llena de expectativas y presiones familiares?
—Gracias por acompañarme —dijo Alexia, interrumpiéndolo y evitando su mirada—. Nos vemos mañana.
Subió al autobús sin esperar una respuesta, sintiendo el peso de la mirada de Milton clavada en su espalda. A través del cristal sucio, lo vio quedarse allí, una figura imponente y solitaria, hasta que el autobús arrancó y él desapareció de su vista.
De vuelta en su casa, la pequeña habitación que compartía con su madre se sentía más sofocante que nunca. Los secretos, las verdades dolorosas, el pacto de falsedad... todo era un nudo en su garganta. Se sentó en la cama y abrazó sus rodillas, dejando que las lágrimas que había estado conteniendo durante horas finalmente cayeran. No era por la vergüenza de su pobreza, ni por el acoso de la escuela. Era por el dolor de estar enamorada de una ilusión, por el miedo a que esa ilusión se rompiera y la dejara, una vez más, en el abismo.
Elena entró a la habitación, viendo a su hija destrozada. Se sentó a su lado, sin decir nada, solo ofreciéndole su presencia. A veces, las palabras sobran, y el dolor necesita ser compartido en silencio.
—No tienes que cargar con esto sola, Alexia —dijo su madre finalmente, acariciándole el cabello—. El dolor no es un castigo. Es solo una prueba de que, a pesar de todo, aún tienes la capacidad de sentir algo auténtico en un mundo que nos enseña a ser cínicas.
Alexia apoyó su cabeza en el hombro de su madre, sollozando suavemente. Sabía que su madre tenía razón sobre los peligros de su situación, pero no podía evitar el deseo, esa pequeña chispa de esperanza que se negaba a apagarse. Quizás su historia era una repetición de la de su madre, pero quizás, solo quizás, ella tendría la fuerza para cambiar el final.
La noche cayó sobre la ciudad, envuelta en sombras que parecían proteger los secretos de aquellos que no tenían nada más que perder. Alexia, en la oscuridad, se dio cuenta de que su viaje apenas comenzaba, y que para sobrevivir, tendría que encontrar su propia fuerza, su propia voz, lejos de la sombra de su padre y, quizás, incluso lejos de la protección de Milton Vance. Pero esa noche, solo se permitió llorar, dejando que el dolor fluyera, preparándose para el amanecer del día siguiente, donde la farsa continuaría, y donde el miedo y el amor seguirían bailando su danza peligrosa en los pasillos de Saint-Jude.
La vida era un tablero de ajedrez, y ella se sentía como un peón intentando sobrevivir entre los reyes y las reinas. Sin embargo, en ese momento de vulnerabilidad, comprendió que incluso los peones tienen el potencial de llegar al otro lado, de transformarse. Quizás ese era su camino: no ser la chica rescatada, sino convertirse en alguien que no necesitara ser salvada. La verdadera lucha, la verdadera guerra, no estaba en el exterior, sino en su interior, en el miedo que le impedía creer que ella, la chica becada, merecía un lugar en el mundo de Milton, o en cualquier otro mundo que ella decidiera construir para sí misma.
El sueño llegó finalmente, arrastrándola hacia un descanso inquieto, donde las sombras se convertían en figuras familiares, donde el rostro de Milton se mezclaba con el de su padre, y donde el abismo, siempre presente, la llamaba con una voz susurrante, tentándola a rendirse. Pero Alexia, incluso en sus sueños, seguía luchando, manteniendo los ojos abiertos ante la oscuridad, esperando la luz de un nuevo día para enfrentar, una vez más, el laberinto de su existencia.