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Vínculos De Sangre Y Seda

Vínculos De Sangre Y Seda

Status: En proceso
Genre:Romance / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:616
Nilai: 5
nombre de autor: Den Arg

En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.

Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.

Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.

NovelToon tiene autorización de Den Arg para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1: EL PESO DEL APELLIDO

El aroma a tabaco añejo, cuero importado y lluvia reciente siempre inundaba el despacho de la residencia Romano en Brooklyn. Para Matteo, ese olor no representaba lujo ni respetabilidad; representaba una condena. Era el aroma de las decisiones que se tomaban a puerta cerrada, de las vidas que se firmaban en una servilleta de papel y de la sangre que nunca terminaba de limpiarse del todo de la madera barnizada.

A sus treinta y dos años, Matteo Romano no conocía otra vida. Había crecido a la sombra de un imperio cimentado sobre el chantaje, el tráfico de influencias y el miedo. Como primogénito y virtual heredero de Don Vincenzo Romano, su destino había sido esculpido a golpes de disciplina y silencio. Desde pequeño le enseñaron dos leyes fundamentales: la familia estaba por encima de todo, y la debilidad se pagaba con la muerte.

Aquella noche de otoño, la lluvia golpeaba con furia los ventanales blindados de la casona. Matteo permanecía de pie frente al cristal, observando las luces de Manhattan al otro lado del East River. Vestía un traje a medida de corte impecable, sin una sola arruga, pero por dentro sentía una pesadez sofocante. En su mano derecha sostenía un vaso de cristal cortado con dos dedos de whisky escocés, el cual ni siquiera había probado.

—Deja de mirar la ventana como si fueras un poeta, Matteo —dijo una voz áspera desde el fondo de la habitación—. Un soldado no pierde el tiempo contemplando la tormenta; calcula dónde va a caer el rayo.

Don Vincenzo Romano no usaba silla de ruedas, aunque sus setenta años y un disparo antiguo en la cadera le hacían caminar con un bastón de empuñadura de plata. Su rostro era un mapa de arrugas profundas y cicatrices invisibles. A pesar de su avanzada edad, la mirada del patriarca conservaba la misma frialdad cortante con la que había gobernado el bajo mundo neoyorquino durante cuatro décadas.

Matteo se giró despacio, manteniendo la compostura. Conocía demasiado bien a su padre como para mostrar el más mínimo gesto de impaciencia.

—Los tíos y los capitanes ya están abajo, Don Vincenzo —respondió Matteo con voz grave y calmada—. Todos esperan saber cuál será la respuesta al ataque en los muelles de la semana pasada. Perdimos tres contenedores y a dos hombres de la tripulación de Luca. La gente pide sangre.

Don Vincenzo caminó lentamente hacia su escritorio de caoba, apoyando el bastón con un ritmo pausado pero firme. Se dejó caer sobre el sillón de cuero y miró a su hijo con una mezcla de orgullo y escrutinio.

—La gente siempre pide sangre porque la sangre es barata y fácil de derramar —dijo el anciano, sirviéndose un puro de la petaca—. Lo que la gente no entiende es que una guerra abierta contra los Moretti en este momento nos destruirá a todos. La policía federal está husmeando en los libros de la naviera. Si empezamos a dejar cadáveres en las calles, los fiscales tendrán la excusa perfecta para congelar nuestros activos.

—¿Y cuál es la alternativa? —preguntó Matteo, dando un paso hacia el escritorio—. ¿Quedarnos de brazos cruzados mientras los Moretti avanzan sobre nuestro territorio? Si no respondemos, pareceremos débiles. Y en este negocio, la apariencia de debilidad es una invitación al degüello.

—No nos quedaremos de brazos cruzados —repuso Vincenzo, encendiendo el puro con una llama pausada—. Hablé con Don Stefano Moretti esta tarde.

Matteo frunció el ceño. La sola mención del nombre del patriarca enemigo hacía que la tensión en la sala se multiplicara. Los Moretti y los Romano llevaban más de treinta años en un punto muerto: una paz tensa manchada por traiciones puntuales, venganzas cruzadas y una rivalidad encarnizada por el control de la ciudad.

—¿Hablaste con Stefano? —preguntó Matteo, sin ocultar su escepticismo—. Ese viejo zorro no da un paso sin intención de clavar una daga por la espalda. ¿Aceptó devolver los contenedores?

—Hicimos un trato mucho más grande que tres tristes contenedores, hijo —dijo Vincenzo, dejando escapar una densa nube de humo azulado—. Un pacto de no agresión. Una alianza definitiva para unificar las rutas de importación y sacar a los colombianos del puerto.

—Stefano jamás firmará un papel que te beneficie a ti.

—No firmaremos un papel, Matteo. Las firmas se las lleva el viento y los abogados las anulan en un juzgado —el anciano fijó sus ojos penetrantes en su primogénito—. Vamos a sellar la alianza a la antigua usanza. Con sangre y con familia.

El silencio que siguió a las palabras de Vincenzo fue tan denso que parezca aplastar las paredes del despacho. Matteo sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda, pero su rostro permaneció impasible como una máscara de piedra.

—Habla claro, padre.

—Te vas a casar —sentenció Don Vincenzo sin rodeos—. La tregua se consolidará con el matrimonio entre el heredero de la familia Romano y la hija menor de los Moretti. Elena.

Matteo no pestañeó, aunque por dentro sintió cómo se resquebrajaba el único margen de libertad que creía poseer. Había aceptado la violencia, el peligro, las noches en vela y las cicatrices que adornaban su cuerpo como parte del precio por llevar su apellido. Pero esto era diferente. Esto era vender lo último que le pertenecía: su propia vida privada.

—¿Elena Moretti? —preguntó Matteo, manteniendo la voz neutral—. Apenas la he visto un par de veces en reuniones públicas. Vive encerrada en esa mansión de Long Island o en Italia. No sabe nada de las calles.

—Sabe lo suficiente. Es una Moretti —dijo Vincenzo tajantemente—. No te estoy pidiendo que te enamores de ella, Matteo. Te estoy pidiendo que asegures la supervivencia de esta familia. La boda será en un mes. La semana que viene habrá una cena oficial en la residencia de Stefano para anunciar el compromiso a los capitanes de ambos bandos.

—¿Ella lo sabe?

—Stefano se lo comunicó esta mañana. Cumplirá con su deber, al igual que tú cumplirás con el tuyo.

Matteo apretó el vaso de whisky con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Por un segundo, la tentación de negarse, de mandar todo al diablo y exigir su propia vida cruzó por su mente. Pero la imagen del imperio Romano, de sus hermanos menores y del peso de la tradición pesaban demasiado. En su mundo, el deber no era una opción; era la única moneda de cambio.

—Está bien —dijo finalmente, con una voz desprovista de emoción—. Si esa es la voluntad de la familia, así se hará.

—Sabía que no me defraudarías —asintió Vincenzo, satisfecho—. Ahora ve abajo. Diles a los muchachos que habrá paz. Al menos por ahora.

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