Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.
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Capítulo 6: Negocios en el asfalto
El silencio en el habitáculo del taxi se volvió tan espeso que el zumbido de los neumáticos sobre el pavimento de la Interestatal pareció apagarse por completo.
Antonella se quedó mirándolo, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos por el asombro. Durante tres segundos evaluó si el hombre a su lado estaba bromeando o si el olor a combustible le había nublado el juicio. Pero la expresión de Drew no era la de un comediante de taberna; en su perfil afilado se dibujaba una tranquilidad insolente, la seguridad aplastante de alguien que acababa de poner sobre la mesa una oferta irrefutable.
—¿Tú? —soltó Antonella al fin, dejando escapar una risa seca que pretendía sonar burlona pero salió teñida de perplejidad—. ¿Tú pretendes ser mi esposo?
—Dijiste que necesitabas a un desconocido con pulso firme, capaz de pararse frente a un oficiante de bodas exprés y estampar una firma sin hacer preguntas morales —respondió Andrew con absoluta calma, sin desviar los ojos del camino—. Cumplo con todos los requisitos. Tengo pulso, no tengo problemas con la ley, tengo mis documentos en regla y, francamente, diez mil dólares limpios de impuestos me vendrían de maravilla para cambiar de rubro.
Antonella ladeó la cabeza, cruzándose de brazos sobre el pecho. La tela áspera de su chaqueta de cuero crujió con el movimiento. Su mente analítica, entrenada durante años para desarmar contratos fraudulentos, se puso a trabajar a máxima velocidad.
—¿Por qué lo harías? Un hombre común y corriente no se mete en medio de un conflicto entre dos de las familias más poderosas del país por diez mil míseros dólares. Si mi padre o ese viejo decrépito de Prescott llegan a rastrearte, podrían hacer que termines durmiendo con los peces en el río Hudson antes de que puedas gastar un solo billete.
Andrew curvó la comisura de los labios en una sonrisa lobuna que le erizó la piel.
—Primero: para que me encuentren, tendrían que saber quién soy, y este taxi ni siquiera está a mi nombre. Segundo: diez mil dólares para ti son el cambio que dejas de propina en un club de campo, pero para alguien en la calle representan meses de libertad. Y tercero... —hizo una pausa, girando la cabeza lo suficiente para clavarle una mirada tan intensa y oscura que Antonella sintió una punzada eléctrica en el estómago—, me caen mal los viejos autoritarios que creen que pueden comprarse a una mujer como si fuera una acción corporativa. Considera mi cooperación como un acto de caridad hacia la causa.
Antonella tragó saliva. Había algo en su tono que no terminaba de encajar con la figura de un chofer cualquiera. No había servilismo en su voz, ni codicia vulgar, ni la desesperación típica de quien persigue un fajo de billetes. Había una frialdad medida, casi señorial, como si fuera él quien le estuviera haciendo un favor monumental a ella y no al revés.
Pero la propuesta, vista desde la cruda practicidad de su fuga, era perfecta.
Si contrataba a un completo vagabundo o a un actor de poca monta en las calles de Las Vegas, se arriesgaba a que el tipo fuera un extorsionador que luego vendiera la exclusiva a los periódicos sensacionalistas o intentara chantajear a los Belmont por millones. Drew, en cambio, estaba allí. Ya conocía parte del desastre, estaba dispuesto a viajar hasta el desierto y aceptaba el trato bajo sus términos.
—Bajo reglas estrictas —advirtió ella con voz autoritaria, señalándolo con un dedo acusador.
—Soy todo oídos, futura señora... lo que sea —replicó él con sorna.
—Primero: es un contrato estrictamente comercial. No habrá contacto físico más allá de lo necesario para que el oficiante no sospeche. No hay besos de película, no hay noche de bodas y no hay derechos conyugales de ningún tipo. Firmas, te entrego el dinero en la puerta de la capilla y nos despedimos para siempre.
—Qué alivio. Por un segundo temí que intentaras aprovecharte de mi vulnerabilidad como chofer —bromeó Andrew con sarcasmo letal.
Antonella apretó los dientes, conteniendo las ganas de darle un manotazo en el brazo.
—Segundo: en cuanto reciba el certificado oficial sellado por el estado de Nevada, mis abogados —cuando logre contratarlos en el extranjero— tramitarán un divorcio por mutuo acuerdo y abandono de hogar. Te comprometes a firmar la disolución legal sin exigir un solo centavo de pensión ni reclamar bienes gananciales.
—Hecho. Ni un centavo. Me quedo con mis diez mil y tú te quedas con tu libertad.
—Y tercero... —Antonella respiró hondo, mirándolo fijamente—, no me llamas "muñeca", ni "rubia", ni me miras como si estuvieras divirtiéndote a mi costa. Esto es mi vida, Drew. Si este plan falla, estoy condenada a vivir en una jaula de oro con un fósil viviente por el resto de mis días.
La ligereza en los ojos de Andrew se atenuó ligeramente. Por un breve instante, la máscara de cinismo cayó, dejando a la vista una seriedad imponente que la desarmó por completo.
—Trato hecho, Antonella —dijo él, y por primera vez pronunció su nombre con una cadencia grave y limpia, despojada de cualquier burla callejera—. Nadie va a encerrarte en ninguna jaula. Si quieres dinamitar ese pacto, lo vamos a hacer pedazos juntos.
Extendió su mano derecha hacia ella a través de la consola central del taxi.
Antonella dudó un segundo. Miró la mano grande, de dedos firmes y piel cálida, y luego alzó la vista hacia sus ojos ámbar. Había una fuerza magnética en ese hombre que la aterraba y la atraía a partes iguales. Finalmente, deslizó su mano pequeña y delgada dentro de la de él.
El contacto fue como un chispazo. El apretón de Andrew fue firme, dominante sin ser tosco, sellando un pacto silencioso que ninguno de los dos comprendía del todo.
Durante las horas siguientes, el Ford Crown Victoria devoró millas de asfalto cruzando el estado de Pensilvania bajo un cielo que transicionó de la penumbra violeta del atardecer a una noche cerrada y salpicada de estrellas frías.
Hacia las tres de la madrugada, hicieron una parada técnica en una estación de servicio solitaria al costado de la carretera en Ohio. El viento helado cortaba la piel. Mientras Andrew llenaba el tanque de combustible con una soltura mecánica impecable, Antonella entró a la tienda de conveniencia y regresó con dos vasos grandes de café negro y una bolsa con sándwiches envueltos en plástico.
—Toma —dijo ella, pasándole un vaso mientras se apoyaba contra el guardabarros del taxi—. Vas a necesitar cafeína si piensas manejar hasta el amanecer.
Andrew tomó el vaso, rozándole los dedos con intención. Bebió un sorbo largo sin pestañear ante la temperatura del líquido hirviendo.
—He pasado noches peores despierto —comentó él, mirando la línea oscura del horizonte.
Antonella lo observó de reojo mientras le daba un mordisco a su sándwich. La curiosidad volvía a picarle como una espina.
—¿Dónde aprendiste a manejar así, Drew? Y no me digas que esquivando baches en el Bronx. Ningún taxista común entra a las curvas de la autopista a ciento cuarenta kilómetros por hora sin tocar el freno y calculando la tracción como si estuviera en un circuito profesional.
Andrew se tensó un milímetro, pero disimuló el gesto con una sonrisa enigmática, apoyando la espalda contra el metal del capó.
—Mi padre creía que un hombre debía dominar cualquier máquina antes de pretender dominar el mundo —respondió, dejando escapar un fragmento de verdad sobre la rigurosa educación que Arthur Prescott le había impuesto desde niño—. Hice algunos cursos de pilotaje defensivo y mecánica avanzada hace años, antes de que la vida me obligara a buscarme el pan de otra forma.
—¿Y tu familia? ¿Dónde están?
—Muertos o demasiado ocupados contando dinero como para recordar que existo —dijo él con una frialdad que sonó tan genuina que Antonella sintió una repentina punzada de empatía.
—Sé lo que se siente —murmuró ella, mirando el vapor que subía de su café—. Para mis padres, yo solo existí cuando cumplí la edad suficiente para ser canjeada por acciones corporativas. Doce meses... Me pasé doce meses preparando argumentos legales, buscando fisuras en las cláusulas de los Prescott para convencer al nieto de firmar una tregua. Pensé que el tal Andrew Prescott sería un tipo arrogante de veintitantos, alguien con quien al menos podría discutir de negocios. Y resulta que el verdadero monstruo ni siquiera se molestó en mandar a un intermediario. Vino en persona, con su bastón y su cara de juez del infierno.
Andrew bajó la vista hacia el vaso de café para que la sombra de la visera del techo ocultara la carcajada que casi se le escapa.
«El tal Andrew Prescott». Si ella supiera que el "tipo arrogante de veintitantos" estaba comiendo un sándwich barato de gasolinera a su lado, con manchas de grasa en los vaqueros y deleitándose con cada insulto que ella le dedicaba a su propia dinastía.
—Tal vez el tal Andrew no era tan monstruoso —soltó él, provocándola con suavidad—. Tal vez simplemente estaba atrapado en la misma red que tú, esperando que una mujer con agallas le rompiera los esquemas.
Antonella soltó un bufido desdeñoso.
—Dudo mucho que un hombre criado por los Prescott tenga agallas para algo que no sea firmar despidos masivos. Son sanguijuelas, Drew. Todos ellos.
Andrew tiró el vaso vacío a la papelera con un tiro certero y se limpió las manos con una servilleta.
—Bien. Entonces asegurémonos de que esas sanguijuelas se queden con las ganas de tenerte en su mesa. Sube al auto, futura señora Prescott... perdón, futura fugitiva. Nos quedan dos mil quinientos kilómetros y no pienso perder el bono de diez mil dólares por llegar tarde al altar.
Antonella rodó los ojos, pero una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios mientras rodeaba el vehículo.
El motor volvió a rugir, internándose en las llanuras infinitas del Medio Oeste americano. El cansancio no tardó en vencer a Antonella; con la cabeza apoyada contra la ventanilla y el abrigo de lona cubriéndole los hombros, se quedó profundamente dormida antes de cruzar la frontera de Indiana.
A su lado, en la penumbra de la cabina iluminada únicamente por el resplandor verde del tablero, Andrew Prescott bajó la velocidad un par de kilómetros para no perturbar su sueño. La miró de reojo: las pestañas largas descansando sobre sus pómulos pálidos, la boca entreabierta en una respiración acompasada, completamente indefensa y, sin embargo, más peligrosa para su cordura que cualquier crisis financiera que hubiera enfrentado en su vida.
Apretó el volante con fuerza, sintiendo el peso abrumador de la mentira que crecía entre los dos.
Iban camino a Las Vegas. Iban a casarse en una capilla ridícula. Y por primera vez en toda su existencia milimétricamente calculada, Andrew Prescott no tenía la menor intención de detener la catástrofe.