Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.
En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".
Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.
Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.
¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.
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¡El contraataque de las amigas!
Esa misma tarde, el refugio seguro del Pabellón Blanco —la pequeña sala de descanso privada al fondo de la biblioteca— se convirtió en el escenario de un interrogatorio de alta seguridad.
Aoi Kisaragi estaba sentada en un sillón de cuero marrón, con las piernas cruzadas y los brazos fuertemente apretados contra el pecho, bebiendo té de manzanilla con una expresión de amargura que podría agriar la leche a tres cuadras a la redonda.
Frente a ella, sentadas en el borde de la mesa de centro, Hana Kazama y Yumi Hayakawa la observaban con los ojos entrecerrados y una sonrisa de absoluta sospecha.
—Muy bien, Kisaragi. Confiesa de una vez —comenzó Hana, apuntándola con un bolígrafo como si fuera un detector de mentiras—. Te hemos visto estar extrañamente callada desde la función de ayer. Y lo que es peor... durante la escena del balcón, cuando ese simio de Kageyama te recitó el diálogo final, te quedaste tildada por al menos tres segundos completos.
—Yo no me quedé tildada. Estaba calculando mentalmente cuántos puntos nos descontarían los directores por la interrupción ilegal del sistema de videojuegos —replicó Aoi con una voz cortante, apartando la mirada hacia la ventana con exagerada indiferencia.
Yumi ajustó sus anteojos y soltó un suspiro clínico, cruzando los brazos con elegancia.
—Los registros de la cámara oficial del colegio muestran dilatación pupilar, aumento en la frecuencia del parpadeo y un leve rubor en las mejillas que no se explica únicamente por la rabia, Aoi —analizó Yumi con tono científico—. Los datos sugieren que experimentaste un pico de tensión emocional inusual con el presidente del Pabellón Negro.
Aoi pegó un salto tan violento del sillón que el vaso de té casi se cae al suelo. Su rostro pasó del blanco pálido a un rojo carmesí incandescente de pura indignación.
—¡¿ESTÁN LOCAS O QUÉ LES PASA?! —chilló Aoi agudizando la voz de la desesperación, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡¿Cómo se atreven a insinuar semejante aberración lógica?! ¡Yo no sentí nada! ¡Absolutamente nada, cero, netamente cero! ¡Odiaría tener que pasar el resto de mi vida al lado de un sujeto tan insufrible, ególatra y manipulador! ¡Juro por mi promedio perfecto de excelencia académica y por mi dignidad que detesto a Kageyama con cada célula de mi maldito cuerpo!
Hana y Yumi se miraron de reojo, soltando una pequeña risita burlona ante la monumental reacción defensiva de su amiga.
—Vaya, te defendiste con tanta fuerza que hasta pareces sospechosa, alteza —bromeó Hana con una sonrisa pícara—. Solo decíamos que, en las obras de teatro, a veces la línea entre el odio y otra cosa es muy delgada...
—¡NO HAY LÍNEA DELGADA! ¡HAY UN ABIERTO Y PROFUNDO OCÉANO DE DESPRECIO MUTUO! —bramó Aoi, tapándose la cara con ambas manos, sintiendo que sus amigas querían volverla loca. (¿Por qué demonios insisten en relacionarme con ese idiota? ¡Si lo único que provoca en mí son ganas de arrojarlo por la ventana más alta del internado...!)*
Mientras tanto, a unos cuantos cientos de metros de distancia, al aire libre en el patio central del internado, el susodicho caminaba con las manos en los bolsillos, silbando una melodía alegre mientras disfrutaba de la brisa de la tarde.
Ren Kageyama cruzaba el césped cuando vio venir a lo lejos a Kenji y a Daichi, quienes se acercaban con una carpeta llena de reportes de popularidad del festival.
—¡Jefe! ¡Las estadísticas de visualización rompieron récords en la plataforma escolar! —anunció Kenji con una emoción desbordante—. ¡El clip donde la presidenta Kisaragi se queda sin palabras y lo empuja en medio del escenario tiene más de cinco mil reproducciones en menos de veinticuatro horas! ¡Somos virales!
Ren soltó una carcajada corta, deteniéndose junto a la fuente central del patio. Sacó su teléfono celular del bolsillo y miró la miniatura del video, donde se veía la cara de absoluta frustración de Aoi frente a las pantallas gigantes.
—Esa mujer es un auténtico espectáculo cuando pierde los estribos —comentó Ren con una sonrisa de medio lado, negando con la cabeza mientras guardaba el aparato—. Por más que intente gritar y poner esa cara de hielo por los pasillos, sé perfectamente que la dejé pensando en mí todo el día.
—No te ciegues por el exceso de confianza, Kageyama —advirtió Daichi con su habitual tono analítico, ajustándose los anteojos—. Las estadísticas de comportamiento agresivo de Kisaragi indican que su nivel de hostilidad está en su punto histórico más alto. Es un peligro inminente.
—Que sea todo lo hostil que quiera —respondió Ren, levantando la vista hacia los ventanales del Pabellón Blanco con una mirada retadora y decidida—. Entre más se enoje y más intente alejarme, más divertido será romperle esa armadura.
El sol comenzó a ocultarse tras los techos de la Academia Élite Amagi, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras. El festival había terminado, las treguas oficiales se habían disuelto y el campo de batalla escolar estaba oficialmente abierto de nuevo.