Todo comienza con una amistad entre un chico y una chica que son mejores amigos. Ella guarda un secreto: está profundamente enamorada de él, pero él tiene novia. Cada vez que habla de ella, la chica siente celos, aunque intenta disimularlos para no perder su amistad. Él asegura amar a su novia y jamás imagina lo que ocurre en el corazón de su mejor amiga. Sin embargo, pasan cuatro años y sus sentimientos comienzan a cambiar. Poco a poco, descubre que siente algo especial por ella. Cuando finalmente comprende que está enamorado de su mejor amiga, quizá sea demasiado tarde.
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Capítulo 18 Ya no podía seguir así
Había pasado un año desde que Valeria se fue.
Si alguien me preguntaba cómo había pasado diciembre, solamente podía responder una cosa:
Súper mal.
No quise salir de la casa. Mientras todo el mundo celebraba, yo prefería quedarme encerrado en mi habitación. Desde mi ventana escuchaba los juegos artificiales, los gritos de los vecinos y la música que sonaba por toda la cuadra.
Pero yo no tenía ganas de celebrar nada.
Para mí, diciembre había sido otro mes difícil.
Y cuando llegó el primero de enero de 2026, seguía sintiendo ese vacío.
Ese día estaba sentado en mi habitación cuando escuché a mi mamá hablando por teléfono.
—Sí, directora, entiendo…
Me quedé quieto.
—¿Cómo que perdió el año otra vez?
Sentí un nudo en el estómago.
Mi mamá guardó silencio mientras escuchaba.
—Sí, señora. Voy a hablar con él.
Cuando terminó la llamada, entró a mi habitación.
—Steven…
—¿Qué pasó?
Ella suspiró.
—La directora llamó.
Bajé la mirada.
—¿Perdí el año?
Mi mamá asintió.
—Sí, mijo.
No dije nada.
La verdad, no había sido porque fuera vago.
Simplemente no quería ir al colegio.
No me sentía bien.
Me levantaba algunas mañanas y no tenía fuerzas ni para salir de mi cuarto. Había días en los que pensaba que podía regresar a clases, pero cuando llegaba la hora de vestirme, me encerraba nuevamente.
Mi mamá había intentado convencerme muchas veces.
Pero yo no quería escuchar.
Tampoco quería ir a un psicólogo.
—No estoy loco, ma —le decía cada vez que ella mencionaba buscar ayuda.
—Yo nunca dije que estuvieras loco.
—Entonces no necesito un psicólogo.
—Necesitás hablar con alguien.
—No quiero.
Ese primero de enero, después de hablar con la directora, mi mamá tomó una decisión.
Sacó el celular y llamó a Dailyn.
—¿Aló?
—Dailyn, soy yo.
—Hola, señora.
—Necesito que vengás a la casa.
—¿Pasó algo?
—Sí. Ya no sé qué hacer con Steven.
Dailyn guardó silencio.
—¿Está mal?
—Sigue encerrado. Perdió el año otra vez. No quiere ir a ningún psicólogo y yo siento que se está apagando.
—Voy para allá.
Unas horas después, Dailyn llegó.
Yo estaba en mi habitación.
Escuché que tocó la puerta.
—Steven.
No respondí.
—Soy yo.
Me quedé mirando el techo.
—Pasá.
La puerta se abrió.
Dailyn entró y se quedó mirándome.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—No estás bien.
—Estoy normal.
Ella se sentó frente a mí.
—Tu mamá me contó que perdiste el año.
—Sí.
—¿Y no te importa?
—No.
Dailyn respiró profundamente.
—Steven, ya basta.
—¿De qué?
—De esto.
—¿De qué estás hablando?
De repente se levantó.
—¡De destruirte!
Me quedé callado.
—¿Vos creés que llorando todos los días vas a hacer que Valeria vuelva?
Sentí un golpe en el pecho.
—No hablés de ella.
—¡Alguien tiene que hablarte claro!
—Dailyn, callate.
—No.
—Te dije que te callés.
Ella perdió la paciencia y me dio una cachetada.
Me quedé completamente quieto.
Dailyn inmediatamente pareció arrepentirse.
—Steven…
Me llevé una mano a la cara.
—¿Por qué hiciste eso?
—Porque ya no sé cómo ayudarte.
—No necesitabas pegarme.
—Lo sé.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Perdón.
Yo bajé la mirada.
—Yo sé que la amabas. Yo sé que la extrañás. Pero esto ya te está destruyendo.
—No sabés lo que siento.
—Tal vez no lo sé exactamente, pero te estoy viendo desaparecer.
—No puedo olvidarla.
—No tenés que olvidarla.
—Entonces, ¿qué querés que haga?
—Que aprendás a vivir con su recuerdo sin destruirte.
Me quedé callado.
Dailyn se sentó nuevamente.
—Valeria no querría verte así.
Sentí que las lágrimas comenzaron a caer.
—No digás eso.
—Ella te amaba.
—Ya lo sé.
—Entonces honrá ese amor viviendo.
Me tapé la cara.
—No puedo.
Dailyn se acercó.
—Sí podés.
—Me hace falta.
—Lo sé.
—Todos los días.
—Lo sé.
—Hay días en que todavía espero que me escriba.
Dailyn comenzó a llorar.
—Steven…
—Y después recuerdo que ya no está.
Me quebré.
Dailyn me abrazó.
—Perdón por la cachetada.
Yo lloraba contra su hombro.
—Me dolió.
—A mí también me dolió hacerlo.
Nos quedamos en silencio.
Después de un rato, Dailyn habló suavemente.
—No estás loco por necesitar ayuda.
La miré.
—No quiero que me juzguen.
—Nadie te va a juzgar.
—Tengo miedo.
—Entonces vamos juntos.
No respondí.
Pero por primera vez, tampoco dije que no.
Y aunque todavía me dolía muchísimo, ese día comencé a entender que quizá necesitaba aprender a vivir de otra manera.
Por Valeria.
Y también por mí.