Evelyn Bellamy ha vivido toda su vida bajo un nombre que quizá nunca le perteneció. Cuando una antigua fotografía, una cinta azul y una serie de muertes inexplicables despiertan recuerdos que creía perdidos, descubre que su pasado esconde una verdad capaz de destruirlo todo. Ahora deberá descubrir quién es realmente antes de que alguien silencie la verdad para siempre.
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Capítulo 4: La cinta azul
La puerta de hierro seguía abierta.
Evelyn permaneció frente a ella sin atreverse a cruzarla.
Detrás, el sendero desaparecía entre árboles viejos y arbustos demasiado crecidos. La noche había cubierto el jardín de sombras, pero la luz de la mansión todavía alcanzaba a iluminar los primeros metros.
—No voy a entrar —dijo Lady Beatrice.
Evelyn se volvió hacia ella.
—Entonces quédate aquí.
Su madre la miró con una mezcla de miedo y resignación.
Alistair dio un paso hacia el sendero.
—Yo iré con ella.
Beatrice negó con la cabeza.
—No sabes lo que hay ahí.
—Usted sí.
La mujer guardó silencio.
Aquella respuesta fue suficiente.
Evelyn comenzó a caminar.
Alistair la siguió.
No hablaron durante los primeros minutos. El camino descendía ligeramente hasta una pequeña construcción de piedra que apenas podía distinguirse entre la vegetación.
Parecía una capilla abandonada.
La puerta estaba entreabierta.
Evelyn la empujó.
Dentro olía a humedad y madera vieja.
Había un altar pequeño, dos bancos y una ventana rota por donde entraba la luz de la luna.
Nada parecía haber sido utilizado durante años.
Hasta que Alistair encontró algo.
—Mire.
Sobre uno de los bancos había una vela recién consumida.
Todavía estaba tibia.
Evelyn la tocó con la punta de los dedos.
—Alguien estuvo aquí.
—Hace poco.
Alistair recorrió la habitación con la mirada.
Evelyn, en cambio, sintió algo extraño.
No miedo.
Reconocimiento.
Caminó hasta la pared del fondo.
Allí había una estrella dibujada con carbón.
La misma que había visto en el pasillo de su casa.
Extendió la mano.
Y la memoria regresó.
Una habitación oscura.
Un olor a cera.
Una niña sentada junto a ella.
Evelyn era pequeña.
Mucho más pequeña de lo que había imaginado.
—Había dos niñas —susurró.
Alistair se acercó.
—¿Estás segura?
Evelyn cerró los ojos.
—Sí.
Era la primera vez que lo tuteaba.
Él lo notó, pero no hizo ningún comentario.
—¿Qué recuerdas?
—No su rostro.
Evelyn abrió los ojos.
—Pero recuerdo su mano.
—¿Qué tenía?
—Una cinta azul.
Alistair permaneció pensativo.
—Mi hermano mencionó una cinta.
Evelyn lo miró.
—¿Dónde?
—En su diario.
Sacó el cuaderno de su abrigo y buscó entre las páginas.
—Aquí.
Le mostró una anotación.
La niña llevaba una cinta azul. Evelyn no quiso soltarla.
Evelyn sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Qué significa “no quiso soltarla”?
—No lo sé.
—Tu hermano sí lo sabía.
Alistair bajó la mirada.
—Quizá.
Aquella palabra hizo que Evelyn lo observara con atención.
Hasta ese momento, Alistair había hablado de su hermano como si estuviera intentando resolver un rompecabezas.
Ahora parecía estar evitando algo.
—Tú sabías que él estaba investigando esto.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Alistair cerró el diario.
—Desde antes de que muriera.
—Entonces no me has contado todo.
Él no negó la acusación.
—No.
Evelyn dio un paso atrás.
—¿Qué más sabes?
Alistair respiró profundamente.
—Mi hermano vino a verme seis días antes de morir.
La confesión quedó suspendida entre ambos.
—¿Y?
—Me pidió que, si algo le ocurría, nunca confiara en nuestro padre.
Evelyn frunció el ceño.
—¿Por qué no me dijiste eso antes?
—Porque no sabía si podía confiar en ti.
Evelyn sintió una punzada de rabia.
—Y aun así me trajiste hasta aquí.
—Porque ahora sé que tú tampoco confías en tu madre.
Aquello la dejó sin respuesta.
No era una acusación.
Era una observación.
Y era cierta.
Antes de que pudiera contestar, escucharon un golpe afuera.
Alistair apagó la vela.
Ambos quedaron inmóviles.
Alguien caminaba por el sendero.
Los pasos se acercaron.
Luego se detuvieron.
Evelyn contuvo la respiración.
Una sombra atravesó la ventana.
Después desapareció.
Alistair esperó unos segundos antes de acercarse.
No había nadie.
Pero en el suelo había algo.
Una cinta azul.
Evelyn se agachó y la recogió.
Estaba húmeda.
Y tenía bordadas dos iniciales.
E.B.
Evelyn la observó durante largo rato.
—Es mía.
Alistair levantó la mirada.
—¿La recuerdas?
Evelyn negó lentamente.
—No.
Y eso era lo que más la inquietaba.
Porque la cinta tenía su inicial.
Pero no recordaba haberla usado jamás.
Regresaron a la mansión antes de que amaneciera.
Lady Beatrice seguía esperándolos en el vestíbulo.
Cuando vio la cinta en las manos de su hija, cerró los ojos.
—¿Dónde la encontraste?
—En la capilla.
Su madre palideció.
—Entonces ya empezó.
—¿Qué empezó?
Beatrice miró a Alistair.
—La búsqueda.
Evelyn dejó la cinta sobre la mesa.
—Quiero la verdad.
Su madre no respondió.
—No mañana. No cuando sea mayor. No cuando sea seguro. Ahora.
Beatrice levantó lentamente la mirada.
—Tu padre no fue quien te crió.
Evelyn quedó completamente inmóvil.
Alistair tampoco dijo una palabra.
—¿Qué significa eso?
Beatrice tragó saliva.
—Significa que durante toda tu vida has estado buscando una verdad equivocada.
Evelyn sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—Entonces dime quién soy.
Su madre la miró.
Y por primera vez desde que Evelyn podía recordar, Beatrice lloró.
—Eso es precisamente lo que intentamos evitar que descubrieras.
Un reloj comenzó a marcar las seis de la mañana.
Evelyn miró la cinta azul sobre la mesa.
Ya no parecía un simple recuerdo.
Parecía una promesa hecha por una niña que todavía no comprendía lo que estaba perdiendo.
Y mientras la casa despertaba lentamente a su alrededor, Alistair comprendió que la investigación de su hermano acababa de convertirse en algo diferente.
Ya no buscaban a una niña desaparecida.
Estaban intentando descubrir por qué Evelyn Bellamy había sido convertida en otra persona.