Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
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Capítulo 14
Capítulo 14. El cliente importante
—Comadre, no voltees —susurró Fernanda, agarrándole la muñeca por encima de la mesa—. Hazme caso. No voltees.
—¿Por qué? —Lucía se quedó tiesa, con el tenedor a medio aire—. ¿Quién llegó?
—Nada, nada. Ahorita te digo. —Fernanda se acomodó el pelo, fingió naturalidad y bajó la voz hasta el hilo—. Justo de eso te iba a hablar. Del cliente ese que anda sonando en el medio. Todas las diseñadoras del gremio hablan de él. Dicen que es alguien con muchísimo dinero, de esos que compran casas de modas enteras por capricho. Y dicen que es frío, difícil, que trae a todo mundo de cabeza. —La miró fijo—. Si algún día te toca trabajar para gente así, con cuidado, ¿eh? No te vayas a meter en un lío. Esa clase de hombres juega con reglas que una no conoce.
—¿Y tú cómo sabes tanto de ese señor? —preguntó Lucía, divertida—. Ni que fueras su asistente.
—Porque yo sí leo los chismes del medio, no como tú, que vives metida entre telas. —Fernanda le apuntó con el tenedor—. En serio, comadre. Hazme caso. Esa clase de hombres son bonitos de lejos y un dolor de cabeza de cerca. Se aburren, juegan, y cuando te encariñas, ¡puf!, desaparecen o te cambian por la que sigue. Tú, que apenas estás saliendo de un pozo, lo último que necesitas es un ricachón que te use de pasatiempo.
—Ay, Fer, ni que me lo fueran a presentar. —Lucía se rio—. Yo lo único que quiero es mi departamento y mis encargos. Los hombres, ricos o pobres, están al final de mi lista. Muy al final.
—Eso dicen todas, y mira. —Fernanda suspiró, teatral—. En fin. Tú acuérdate de lo que te dije.
Lucía asintió, sin entender del todo por qué Fernanda ponía esa cara. No tenía manera de saber que el "cliente importante" del que le hablaban en abstracto y el hombre que acababa de entrar por la otra puerta eran, exactamente, la misma persona.
—
Del otro lado del restaurante, en un privado con vista, cuatro hombres se sentaban a comer.
Estaban Bruno Murillo, empresario de risa fácil y lengua suelta, el que siempre pagaba la cuenta para poder presumir después que la había pagado. Estaba Gonzalo Vega, ex militar de pocas palabras, con esa quietud de quien está siempre midiendo salidas de emergencia. Estaba Lorenzo Vidal, al que todos llamaban "el zorro" por razones que se hacían evidentes en cuanto abría la boca, con contactos en cada rincón de la ciudad y una sonrisa que nunca decía toda la verdad.
Y estaba Maximiliano Alcázar.
Los cuatro se conocían desde el colegio. Eran, en el mundo de Max, lo más parecido que tenía a hermanos: la única gente delante de la cual bajaba, un par de grados, la temperatura de hielo con la que trataba al resto del planeta.
—Yo digo que lo del terreno lo cerramos y ya —insistía Bruno—. Precio no va a bajar. ¿Tú qué dices, Lorenzo?
—Yo digo que Bruno quiere cerrar rápido para irse a ver a su nueva conquista. —Lorenzo levantó una ceja—. ¿Cómo se llama esta? ¿La duró más de un mes?
—Se llama Jimena, y es distinta —se defendió Bruno, muy digno.
—Todas son distintas hasta que son iguales. —Gonzalo lo dijo sin maldad, con esa sequedad de cuartel que a veces soltaba una verdad como una piedra.
—Miren quién habla, el monje. —Bruno le aventó una miga de pan—. ¿Cuándo fue la última vez que tú saliste con alguien, Gonzalo? ¿En el sexenio pasado?
—Yo no pierdo el tiempo en lo que no va a durar.
—Ese es el problema de esta mesa —suspiró Lorenzo, recargándose—. Puros casos perdidos. Bruno se enamora cada quincena, Gonzalo no se enamora nunca, y Max… —Se detuvo, buscando la broma de siempre—. Y Max es un témpano que no se derrite ni al sol.
Rieron los tres. El témpano en cuestión no dijo nada, como de costumbre. Estaban acostumbrados a eso: a que Max fuera el silencioso, el que jamás traía pareja a ningún lado, el que cortaba en seco cualquier intento de presentarle a alguien. Llevaban años haciéndole bromas sobre su soltería de piedra sin sospechar que detrás había algo mucho más hondo que el simple mal carácter.
—Entonces cerramos lo del terreno el jueves —decía Bruno, masticando—. Max, ¿me estás oyendo? Max.
Pero Max no lo estaba oyendo.
Porque al levantar la vista, distraído, hacia el salón principal, la había visto.
Al fondo, en una mesa junto a la ventana, riéndose con otra mujer, con el pelo recogido y un mechón suelto sobre la mejilla, estaba ella. Lucía. La costurera de la gardenia. La única mujer que su cuerpo había reconocido en treinta y cinco años, sentada ahí, a treinta metros, como si el destino se estuviera burlando de él con una puntería insultante.
Se quedó clavado. La frase que iba a decir se le murió en la garganta. El tenedor quedó suspendido a medio camino. Todo el ruido del restaurante —los cubiertos, las conversaciones, la voz de Bruno— se apagó de golpe, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo entero para dejar solo aquella mesa junto a la ventana.
Y ahí estaba otra vez esa respuesta imposible. El calor subiéndole por el pecho, el pulso golpeándole en las sienes, ese algo en el cuerpo que despertaba y estiraba el cuello como un animal que huele agua después de cruzar un desierto de treinta y cinco años. En una comida de negocios. Rodeado de sus amigos. Sin que ella siquiera lo hubiera visto.
Max apretó la servilleta bajo la mesa. Le costaba creerlo: le bastaba tenerla a la vista, aunque fuera de lejos, aunque fuera de espaldas, para que su cuerpo entero se pusiera en alerta. Ninguna medicina, ningún estudio, ningún esfuerzo de treinta y cinco años había logrado eso. Ella lo lograba sin proponérselo, comiendo con una amiga, ajena por completo al terremoto silencioso que estaba causando a treinta metros.
—¿Hola? Tierra llamando a Maximiliano. —Bruno chasqueó los dedos frente a su cara—. ¿Qué le pasa al témpano? Se congeló.
—Déjalo, ha de estar pensando en dinero —bromeó Gonzalo, sin levantar la vista de su plato—. Es lo único que lo pone así.
Pero Max no reaccionó ni a la broma. Y eso —que Maximiliano Alcázar, el hombre que tenía respuesta para todo, se quedara mudo mirando a un punto del salón— era tan raro, tan fuera de lugar, que los tres amigos intercambiaron una mirada.
Lorenzo fue el primero en entender que ahí había algo.
Dejó su copa despacio, siguió con los ojos la línea exacta de la mirada de Max —esa mirada que no se movía ni un milímetro— y giró la cabeza, lentamente, hacia el fondo del salón, hacia la mesa de la ventana, hacia la mujer del mechón suelto.
Y una sonrisa lentísima, peligrosa, se le fue formando en la boca. Bruno y Gonzalo, siguiendo su mirada, giraron también la cabeza. Los tres, en fila, observando el mismo punto del salón.
—Vaya, vaya… —murmuró el zorro, saboreando cada palabra—. ¿Y esa quién es, que dejó mudo al hombre que no reacciona ante nada?
Max no contestó. Pero por primera vez en toda la comida, se le subió el color a las orejas.