Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.
Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.
En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.
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Capitulo 21
Esa noche, la casa estaba en silencio, solo roto por el crujir lejano de la madera y el viento entre los árboles. Estaban sentados juntos en el sofá de la sala, con la luz tenue de las lámparas bañándolos con calidez, y Lidia descansaba apoyada en él, sintiendo que era el momento justo para preguntar lo que llevaba pensando días.
—Damián —empezó despacio, acariciando su mano entre las suyas—, a veces te veo tan… tan firme, tan dueño de todo. Como si tuvieras que controlar cada cosa, cada palabra, cada momento. Y me pregunto… ¿por qué? ¿Por qué te volviste así?
Él guardó silencio unos instantes, mirando hacia la chimenea apagada, como si estuviera desenterrando recuerdos que pesaban mucho. Respiró hondo y luego la miró a los ojos, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
—Mi padre era un hombre que creía que el afecto era debilidad —empezó con voz grave y pausada—. Mi madre murió cuando yo era muy pequeño, y desde entonces vivimos solo él y yo en esta casa inmensa y fría. Nunca me abrazó. Nunca me dijo que estaba orgulloso. Solo me exigía: sé fuerte, sé el mejor, no muestres sentimientos porque te destruirán. Aprendí a ser frío porque pensé que si no dejaba entrar a nadie, nadie podría lastimarme. Aprendí a dominar todo lo que me rodeaba porque sentía que si perdía el control, me perdería a mí mismo.
Lidia lo escuchaba con el corazón apretado, comprendiendo por fin esa armadura que llevaba puesta desde que lo conoció. Se acercó un poco más y le acarició el rostro con ternura.
—No eras frío por naturaleza —dijo ella suavemente—. Estabas protegido. Igual que yo.
—Exacto —asintió él, apretando su mano—. Y cuando te conocí, me asusté. Porque tú lograste atravesar todas esas paredes sin siquiera intentarlo. Y me di cuenta de que no sabía querer de otra forma que no fuera con intensidad total. No sé dar la mitad. No sé amar a medias. Si me entrego, lo hago completo, con todo lo que soy. Y a veces eso puede parecer demasiado, o dominante… pero es la única manera que conozco.
—No es demasiado —le aseguró ella con claridad—. Es auténtico. Y ahora lo entiendo: tu forma de querer es así, profunda y absoluta, porque no sabes hacerlo de otra manera. Y eso me hace sentir… elegida. Amada de verdad. No tengo miedo de esa intensidad, Damián. La acepto, igual que acepto tu corazón entero.
Él la miró con los ojos brillantes de emoción, y la atrajo hacia sí con gratitud infinita.
—Tú me has enseñado que puedo ser fuerte y a la vez tierno —le dijo—. Que mostrar lo que siento no me hace menos hombre, me hace más humano. Y ahora quiero saberlo todo de ti también. Lo que te duele, lo que temes, lo que llevas guardado.
Lidia respiró hondo y bajó la mirada un instante, reuniendo valor para decir en voz alta lo que pocas veces admitía.
—Mi miedo —confesó despacio— es que algún día te des cuenta de que no soy suficiente. Que yo vengo de un mundo sencillo, que no tengo tu educación, ni tu experiencia… y que un día me mires y veas que no encajo en tu vida. También tengo miedo de volver a confiar ciegamente y que me rompan el corazón otra vez. Me da pánico darlo todo y descubrir que no era lo mismo para ti que para mí.
Damián le levantó suavemente el rostro para que lo mirara, y sus ojos eran serenos y firmes.
—Escúchame bien —le dijo con voz profunda—. Tu origen no te hace menos que nadie. Tu bondad, tu valentía, tu forma de ver el mundo… eso es lo que te hace extraordinaria. Y si alguna vez te sientes inferior, recuerda que te elegí yo. Te elegí por quien eres, no por lo que tienes o de dónde vienes. Y lo que siento por ti no cambia con el tiempo ni con las circunstancias. No vas a perderme. No voy a irme a ninguna parte.
—¿Me lo prometes? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Te lo prometo —respondió él sin dudar—. Y cuando el miedo vuelva, ven a mí. Hablamos. Lo compartimos. No lo cargas sola. Ahora somos dos. Y eso significa que tus miedos también son míos, y mis cargas son tuyas. Caminamos juntos.
Lidia sonrió a través de las lágrimas que asomaron, y se abrazó a él sintiendo que por fin se conocían de verdad, sin máscaras, sin secretos, sin orgullo.
—Me gusta que nos digamos la verdad —dijo ella—. Aunque duela un poco al principio, después se siente tan ligero el corazón.
—A mí también —asintió él, besándole la sien—. Y desde hoy no hay verdades ocultas entre nosotros. Somos transparentes. Como debe ser.
—Somos —repitió ella, sintiéndose completa—. Y así será siempre.
—¿Sabes qué me hace más feliz? —le dijo ella, acurrucándose contra su pecho—. Que ahora nos conocemos de verdad. Sin máscaras, sin fingir. Tú sabes quién soy y aun así me quieres.
Damián le pasó los dedos por el cabello con infinita ternura y la apretó un poco más contra sí.
—Te quiero precisamente por quién eres —corrigió él—. Con tus luces, tus miedos y todo lo que llevas dentro. No te cambiaría por nada. Y tú me aceptas a mí, con todo lo que fui y lo que soy. Eso es lo más hermoso que tenemos.
—Somos un equipo —susurró ella mirándolo a los ojos—. Frente a todo y frente a todos.
—El mejor equipo que existe —respondió él sellándolo con un beso suave—. Y nada nos podrá separar.