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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La primera mentira

La lluvia caía con fuerza sobre las ruinas de la iglesia.

Samuel no podía apartar la vista del campanario.

La figura de Isabela había desaparecido.

Solo quedaba aquella sombra inmensa que parecía absorber la luz de los relámpagos. Sus ojos dorados permanecían abiertos, inmóviles, observándolo desde lo alto.

Nadie hablaba.

Ni siquiera el viento se atrevía a atravesar el bosque.

Entonces la sombra levantó lentamente un brazo.

No tenía dedos.

Su mano terminaba en una masa oscura que cambiaba constantemente de forma, como si estuviera hecha de humo líquido.

Azael señaló directamente a Samuel.

Una voz grave resonó dentro de su cabeza.

No salió de la torre.

No cruzó el aire.

Parecía nacer dentro de su propia mente.

—Ya empiezas a entender...

Samuel se llevó las manos a los oídos.

—¡Cállate!

Gabriel lo sujetó por los hombros.

—¿Qué ocurre?

Samuel respiraba con dificultad.

—¿No lo escucha?

El exsacerdote negó con la cabeza.

—¿Escuchar qué?

Samuel levantó lentamente la mirada.

La sombra seguía allí.

Solo él podía verla.

Y entonces comprendió algo que lo llenó de terror.

Azael ya no necesitaba manifestarse físicamente.

Había encontrado una forma de entrar en su mente.

Regresaron al pueblo sin pronunciar una sola palabra.

El ambiente en San Rafael había cambiado.

Las calles, normalmente llenas de gente desde temprano, estaban casi vacías.

Muchos negocios permanecían cerrados.

Las pocas personas que caminaban por la plaza evitaban mirar hacia el bosque.

Un grupo de policías conversaba frente a la alcaldía.

Samuel alcanzó a escuchar parte de la conversación.

—...otro desaparecido...

—...esta madrugada...

—...lo encontraron cerca del río...

El corazón de Samuel dio un vuelco.

Se acercó con discreción.

Uno de los agentes hablaba con un campesino.

—¿Lo conocía?

El hombre asintió.

—Era Iván Restrepo... salió a buscar unas vacas que se escaparon... nunca volvió.

Samuel sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué le pasó? —preguntó.

El policía lo observó unos segundos antes de responder.

—Todavía no lo sabemos.

Pero...

Hizo una pausa.

—Nunca había visto algo así.

Samuel intercambió una mirada con Gabriel.

—¿Así cómo?

El agente bajó la voz.

—No tenía heridas.

No había señales de pelea.

No estaba enfermo.

Solo...

Parecía...

El hombre dudó.

—...como si hubiera muerto de miedo.

Samuel sintió un escalofrío.

El demonio estaba actuando.

Cada vez con más libertad.

Aquella tarde, Gabriel llevó a Samuel hasta el cementerio antiguo del pueblo.

No era el cementerio moderno.

Era el primero que había existido en San Rafael.

Abandonado hacía décadas.

Las lápidas estaban cubiertas de musgo.

Muchas ni siquiera conservaban los nombres.

Caminaron hasta una tumba escondida entre árboles.

La cruz de piedra estaba rota.

Apenas podían leerse unas letras.

ISABELA DE MONTOYA

1678 - 1698

Samuel permaneció inmóvil.

—Pero...

Si ella está dentro de la muñeca...

¿Quién está enterrado aquí?

Gabriel se quitó el sombrero.

—Su cuerpo.

Samuel sintió un escalofrío.

—Entonces...

¿Nunca volvió a despertar?

Gabriel negó lentamente.

—Murió durante el ritual.

Lo que quedó atrapado fue su alma.

Samuel observó las flores secas que alguien había dejado recientemente sobre la tumba.

No parecían llevar mucho tiempo allí.

—¿Quién viene a visitarla?

Gabriel frunció el ceño.

—Nadie.

Hace muchos años que nadie sabe dónde está esta tumba.

Samuel señaló las flores.

—Entonces...

¿Quién las dejó?

Los dos permanecieron en silencio.

La tierra aún estaba húmeda.

Alguien había estado allí esa misma mañana.

Mientras observaban la lápida, Samuel notó algo extraño.

Había un pequeño símbolo grabado en uno de los costados.

Era un círculo rodeado por siete líneas.

Exactamente el mismo dibujo que aparecía en varias páginas del diario.

Pasó la mano sobre la piedra.

Escuchó un pequeño clic.

La tumba vibró ligeramente.

—¿Qué fue eso?

Gabriel dio un paso atrás.

—No la toques.

Pero era demasiado tarde.

Una parte de la lápida se deslizó hacia un lado.

Debajo apareció un compartimiento oculto.

Dentro había una pequeña caja de madera.

Samuel la abrió lentamente.

Solo contenía una cinta de tela azul cuidadosamente doblada.

Y una carta.

El papel era mucho más nuevo que el diario.

No tenía siglos.

Apenas unas décadas.

La firma decía:

Padre Miguel.

Samuel comenzó a leer.

"Si alguien encontró esta carta..."

"Entonces el sello está fallando."

"Durante años todos buscamos una forma de liberar a Isabela."

"Fracasamos."

"No porque el ritual fuera demasiado poderoso..."

"Sino porque comprendimos demasiado tarde que habíamos cometido un error."

Samuel sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

Continuó.

"Siempre dijimos que Isabela era la prisión."

"Eso es mentira."

Samuel levantó la mirada.

—¿Mentira?

Gabriel parecía igual de sorprendido.

La carta continuaba.

"La prisión nunca fue Isabela."

"La verdadera prisión..."

"Es el bosque."

El silencio se hizo absoluto.

Samuel volvió a leer la frase para asegurarse de no haber entendido mal.

"La muñeca solo es la llave."

Gabriel retrocedió lentamente.

Su rostro estaba completamente pálido.

—No...

Samuel levantó la vista.

—¿Qué significa eso?

El anciano respiró con dificultad.

—Significa que todos estuvimos equivocados durante siglos.

Samuel sintió un frío recorrerle la espalda.

—Entonces...

¿Si destruimos la muñeca...?

Gabriel terminó la frase.

—No romperíamos la prisión...

—...abriríamos la puerta.

Un fuerte viento atravesó el cementerio.

Las ramas comenzaron a moverse violentamente.

Todas las flores de las tumbas salieron despedidas al mismo tiempo.

Y una voz femenina, muy débil, pareció surgir desde debajo de la tierra.

—Samuel...

Él se acercó a la tumba de Isabela.

—¿Eres tú?

La voz respondió, apenas un susurro.

—No escuches...

El viento aumentó.

La frase quedó interrumpida.

Entonces otra voz ocupó su lugar.

Una voz profunda.

Oscura.

Llena de satisfacción.

—Por fin alguien descubrió la verdad.

Samuel sintió que algo le sujetaba el tobillo.

Miró hacia abajo.

Una mano de porcelana estaba saliendo lentamente de la tierra, aferrándose a su pierna.

Luego apareció otra.

Y otra más.

En cuestión de segundos, decenas de pequeñas manos blancas comenzaron a emerger de todas las tumbas del cementerio, rompiendo la tierra húmeda mientras avanzaban hacia él.

Gabriel levantó el crucifijo y gritó:

—¡Corre, Samuel!

Pero ya era demasiado tarde.

Una de las manos logró alcanzar la cinta azul que Samuel sostenía.

Y, en el instante en que la tocó, un recuerdo que no era suyo invadió su mente.

Vio a Isabela... sonriendo... el día antes de que su vida cambiara para siempre.

Continuará...

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