Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.
Hasta que la ve a ella.
Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.
De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.
Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.
¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?
NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Capítulo 19. Madrugada en la Torre
Antes de que saliera el sol, Lucía se fue.
Un primo de Fernanda le había prestado una camioneta y le ayudó a subir las cajas; en dos viajes, todo lo que tenía en el mundo quedó apilado en el elevador de la Torre Montebello. El primo se despidió con un bostezo, le deseó suerte y se fue, y Lucía subió el último viaje ella sola, con la caja de la máquina de coser abrazada contra el pecho como se abraza a un hijo dormido.
El elevador se abrió en el piso veintidós. El pasillo estaba en silencio, alfombrado, tibio. Metió la llave —su llave— en la cerradura del 22-A, empujó la puerta y entró.
Y se quedó parada en medio de la sala vacía, sin prender la luz, dejando que el amanecer entrara azul y limpio por los ventanales.
Era suyo.
No había una madre reclamándole el gasto. No había un hermano hablando de "su cuarto". No había una cuñada midiéndole el plato. Solo estaba ella, sus cajas, el silencio y esa luz creciendo despacio sobre una ciudad que, por primera vez, no le parecía un lugar donde sobrevivir, sino un lugar donde empezar.
Dejó la máquina de coser en el suelo con cuidado. Se sentó encima de una caja, en medio de su casa vacía, y se permitió una cosa que en la casa de los Reyes nunca se había permitido: llorar de alivio. No de tristeza. De alivio puro, cansado, hondo, el llanto de quien por fin suelta un peso que llevaba cargando desde niña.
—Es mío —dijo en voz alta, para oírlo—. Este lugar es mío.
Se secó la cara con la manga y, porque no podía dormir de pura emoción, empezó a desempacar. No todo: solo lo esencial, lo que necesitaba para que aquello dejara de ser un cascarón y empezara a ser un hogar. Sacó una sábana y la extendió sobre el colchón que había arrastrado ella sola por el pasillo. Puso la máquina de coser sobre la barra de la cocina, provisionalmente, como quien coloca un altar. Y en la recámara de la pared de luz —esa que Doña Carmen la había visto mirar con tanto anhelo— acomodó, contra el ventanal, la mesa plegable que sería su taller hasta que pudiera comprar una de verdad.
Se quedó un momento ahí, imaginándolo terminado: los carretes por color, el maniquí en la esquina, la luz de la mañana cayéndole sobre las manos mientras cosía. Nadie iba a llamarle "coser trapos" en esta casa. Aquí, coser era lo que la había salvado.
Le mandó un mensaje a Fernanda, aunque fueran las seis de la mañana: "Ya estoy en mi casa, comadre. En MI casa." Y agregó una foto del amanecer desde el ventanal. Fernanda le contestaría horas después con una ristra de corazones y un "¡ESA ES MI COMADRE!" en mayúsculas, pero para entonces Lucía ya estaría dormida, por primera vez en años, sin el nudo en el estómago de tener que despertar en aquella otra casa.
Antes de acostarse, se asomó una última vez por la ventana. La ciudad despertaba abajo, minúscula y dorada. En algún lugar de esa misma ciudad estaba su familia, seguramente ya cayendo en cuenta de que la gallina de los huevos de oro se había ido. Que se dieran cuenta. Ella ya no estaba para nadie más que para sí misma.
—Es mío —repitió, y esta vez sonrió—. Y lo que venga, también me lo voy a ganar yo.
Afuera, el cielo se volvía rosa. Empezaba, de verdad, una vida nueva.
—
A esa misma hora, del otro lado de la ciudad, Maximiliano Alcázar no estaba nada bien.
Había ido a una cena de negocios que se alargó, había bebido más de lo que acostumbraba —él, que casi no bebía— y a mitad de la noche el cuerpo había empezado a jugarle una mala pasada. No era la borrachera. La borrachera la conocía. Esto era otra cosa: un calor que le subía por dentro, una inquietud en la piel, ese hormigueo específico y desquiciante que su cuerpo solo había producido dos veces en la vida, y las dos por la misma mujer.
—Está usted un poco pasado, licenciado —le dijo su chofer, preocupado, al verlo aflojarse el nudo de la corbata en el asiento trasero—. ¿Lo llevo a la casa?
—A la casa está lejos —murmuró Max, con la sien latiéndole—. Al… al departamento de Santiago. El de la Torre. Está más cerca.
Su hermano Santiago tenía una unidad vacía en una torre de Polanco, una que casi nadie usaba, y que quedaba a diez minutos. El chofer asintió, arrancó, y veinte minutos después dejaba a Max en el vestíbulo de mármol de la Torre Montebello, lo acompañaba al elevador y se aseguraba de que apretara el botón correcto antes de despedirse.
Max subió solo, recargado en el espejo del elevador, con los ojos cerrados y el pecho ardiendo. Piso veintidós. Las puertas se abrieron a un pasillo en penumbra. Buscó la llave del 22-B en el llavero que traía para emergencias, abrió, entró y encendió apenas una lámpara.
El departamento estaba frío, impersonal, con los muebles cubiertos. No importaba. Solo necesitaba acostarse hasta que se le pasara ese fuego absurdo.
Pero no se le pasaba.
Durante la cena había sido un suplicio. Rodeado de socios, de copas, de conversaciones sobre cifras, Max había sentido cómo el cuerpo se le iba encendiendo sin motivo, como una fiebre que no venía de ningún virus. Al principio pensó que era el alcohol. Pero él conocía el alcohol, y el alcohol lo adormecía; esto lo despertaba. Esto le ponía la piel alerta, le aceleraba el pulso, le devolvía esa sensación que llevaba treinta y cinco años sin sentir hasta hacía unas semanas: el cuerpo pidiendo algo. Pidiéndola a ella.
Había tenido que disculparse antes de tiempo, inventar un pretexto, salir casi huyendo. Ni él entendía por qué su organismo, muerto durante toda una vida, había decidido resucitar justo esa noche, en una cena de negocios, sin ella cerca.
Se aflojó la corbata del todo, se desabotonó el cuello de la camisa y se recargó contra la pared, respirando hondo. El calor no bajaba. Al contrario. Y con el calor, como siempre, vino ella: la imagen de la mujer del atelier, la de la gardenia, la del desfile, la costurera que su cuerpo llevaba semanas reconociendo contra toda lógica. Cerró los ojos y la vio, de espaldas, cosiendo junto a una ventana, con esa nuca imposible.
Se pasó las dos manos por el pelo, frustrado. Fabián se lo había advertido: "no la sueltes, porque si la dejas ir, vuelves a apagarte". Pero nadie le había advertido lo contrario: que tenerla cerca, aunque fuera en la imaginación, iba a ser esta tortura dulce, este cuerpo terco que no obedecía a la razón ni al frío ni al orgullo.
—Otra vez no —masculló, pasándose una mano por la cara—. No puedes andar pensando en ella a las cinco de la mañana, borracho, como un adolescente.
Fue hasta la puerta, la entreabrió para que entrara un poco de aire fresco del pasillo. Se quedó ahí, apoyado en el marco, con la frente pegada a la madera, tratando de que el corredor en penumbra le enfriara la cabeza.
Y entonces la vio.
O creyó verla.
Al final del pasillo, frente a la puerta de enfrente, una figura. Delgada. De mujer. El pelo recogido, un par de mechones sueltos, cargando algo contra el pecho. Se movió apenas, entró en la puerta del 22-A y la cerró con un chasquido suave.
Max se quedó helado, con el corazón golpeándole las costillas.
Era ella. Era exactamente ella. La misma silueta, el mismo gesto de cargar algo con las dos manos, la misma nuca de sus sueños.
Pero eso era imposible. Estaba borracho, estaba febril, estaba pensando en ella hasta el delirio. Su cerebro, cansado y encendido, le estaba dibujando su cara en la primera silueta que pasaba.
Cerró los ojos, los volvió a abrir. El pasillo estaba vacío. La puerta de enfrente, cerrada. No se oía nada. Ni pasos, ni voces, ni el chasquido de una cerradura. Solo el zumbido bajo del edificio dormido.
Un hombre racional habría sabido que no había nadie. Que a esa hora, en un departamento que llevaba meses vacío, no aparecía de la nada la mujer de sus sueños. Max era un hombre racional; había construido un imperio siéndolo. Se dijo, con toda la lógica de la que era capaz a las cinco de la mañana y con media botella encima, que el 22-A estaba desocupado, que Santiago se lo había comentado alguna vez, que lo que acababa de ver era el invento de un cerebro afiebrado y obsesionado.
Pero el cuerpo no le hacía caso a la lógica. El cuerpo insistía. El corazón le seguía golpeando, la piel le seguía ardiendo, como si de verdad, a unos metros, detrás de esa puerta, respirara la única persona capaz de encenderlo.
Se rio de sí mismo, bajito, con la voz ronca de sueño y de whisky, apoyando la cabeza en el marco.
—Otra vez alucinando —murmuró—. Ella no puede estar aquí.
Y sin embargo, mientras lo decía, su corazón latía más fuerte, más rápido y más real que en cualquiera de las veces anteriores. Como si el cuerpo, esa máquina que solo despertaba por una persona en el mundo, supiera algo que su cabeza, nublada por el alcohol, todavía se negaba a creer.
Cerró la puerta. Se dejó caer en el sofá cubierto con una sábana, sin quitarse los zapatos, y se quedó mirando el techo del departamento de su hermano hasta que el amanecer entró por las rendijas de las cortinas. No durmió. No pudo. A un metro y medio, del otro lado de una pared que él ni siquiera sabía que compartían, dormía por fin tranquila la única mujer del mundo que su cuerpo quería.