Morir fue inesperado.
Despertar dentro de una novela fue absurdo.
Pero reencarnar como Serena Valmont, la villana destinada a morir a manos de su propio esposo, fue una completa pesadilla.
Conozco esta historia.
Sé que el emperador Kael Draven jamás amará a Serena. Sé que muy pronto conocerá a la verdadera protagonista. Y sé que, cegada por los celos, Serena cometerá una serie de crímenes que terminarán llevándola al cadalso.
Pero yo no soy Serena.
Y no pienso seguir su destino.
Mi plan es simple: alejarme de la protagonista, pedirle el divorcio al emperador y desaparecer antes de que la historia comience.
Solo hay un problema.
—Quiero el divorcio.
Kael alzó la mirada hacia mí.
—No.
...¿Cómo que no?
Se suponía que esta historia ya estaba escrita.
Entonces, ¿por qué está empezando a cambiar?
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Capítulo 3
Capítulo 3: Quiero el divorcio
—¿Tú me odias?
Había cometido un pequeño error. Uno prácticamente insignificante, si ignorábamos que acababa de decirle a mi esposo que lo odiaba después de que la Serena original pasara tres años proclamando que lo amaba más que a su propia vida.
Nada sospechoso, por supuesto.
—¿Podemos volver a la parte del divorcio?
Kael dejó la pluma sobre el escritorio y entrelazó las manos.
—No.
—¿No quieres hablar del divorcio o no quieres concedérmelo?
—Ambas.
Respiré profundamente. Éramos dos adultos perfectamente capaces de mantener una conversación civilizada, aunque uno de nosotros pareciera disfrutar complicándole la existencia al otro.
—Creo que no me estás tomando en serio.
—Eso también es correcto.
Empezaba a comprender por qué había tantas guerras en aquel Imperio.
Sin esperar una invitación, tomé asiento frente a su escritorio. Kael observó el movimiento con evidente desaprobación.
—No te invité a sentarte.
—Estamos casados. Consideraré que tengo ciertos privilegios.
—Hace un momento querías dejar de estarlo.
—Y todavía quiero, pero mientras tanto aprovecharé la silla.
Kael cerró los ojos brevemente, como si estuviera reuniendo paciencia. Excelente. Al menos no era la única que estaba sufriendo aquella conversación.
—Analicemos nuestra situación —propuse—. Tú no me amas.
—No.
Ni siquiera tuvo la delicadeza de fingir que necesitaba pensarlo.
Qué considerado.
—Y yo he decidido respetar tus sentimientos. Creo que ambos merecemos la oportunidad de ser felices por separado.
—¿Desde cuándo te preocupa mi felicidad?
—Desde que descubrí las virtudes de convertirme en una mejor persona.
—En tu caso tengo ciertas dudas.
Apreté los labios. No iba a asesinar al emperador, principalmente porque aquello aceleraría considerablemente mi ejecución.
—El punto es que nuestro matrimonio no hace feliz a ninguno de los dos.
—Nunca fue celebrado con ese propósito. Fue una alianza política.
—Qué romántico.
Kael ignoró mi comentario.
—La Casa Valmont controla gran parte de la frontera occidental. Tu padre posee el ejército privado más numeroso después del Ejército Imperial. Nuestro matrimonio garantiza su lealtad a la Corona.
Aquello sí lo recordaba, aunque la novela había dedicado bastante más tiempo a describir los abdominales de Kael que a explicar la política imperial.
Información que, lamentablemente, no contribuía demasiado a mi supervivencia.
—Mi padre seguirá siendo leal —aseguré.
—¿Te lo dijo él?
—No, pero podemos preguntarle.
—No.
—¿Por qué dices tanto esa palabra?
—Porque desde que entraste no has dicho nada a lo que pueda responder afirmativamente.
Lo consideré durante un instante.
—¿Quieres que me vaya?
—Sí.
—¡Ajá! Sabía que podíamos encontrar algo en común.
Kael me dirigió una mirada que probablemente habría intimidado a cualquiera con un instinto de supervivencia menos desarrollado que el mío.
—Serena, ayer intentaste entrar en mi habitación y me dijiste que querías un heredero. Hoy apareces exigiendo el divorcio. ¿Esperas que crea que has cambiado de opinión en menos de doce horas?
Me quedé horrorizada.
¿Un heredero?
Serena, querida, necesitábamos tener una conversación muy seria sobre dignidad.
—Soy una mujer dinámica —respondí finalmente.
—Eres muchas cosas. Dinámica nunca ha sido una de ellas.
Me levanté, indignada.
—Pues tengo excelentes noticias. Ya no tendrás que soportarme cuando nos divorciemos.
—¿Qué quieres realmente?
—¡El divorcio!
—Además del divorcio. ¿Tierras? ¿Joyas? ¿Dinero?
Lo pensé un momento. Nunca había que rechazar dinero demasiado rápido, pero necesitaba mantener mis prioridades.
—No quiero nada de eso.
Kael me estudió con renovado interés.
—Entonces hay otro hombre.
Tardé varios segundos en comprender su conclusión y, cuando finalmente lo hice, solté una carcajada.
—¿De verdad crees que necesito otro hombre para querer alejarme de ti?
Su expresión se volvió más fría.
—No encuentro otra explicación para tu comportamiento.
—Quizá finalmente desarrollé amor propio.
El silencio que siguió me hizo comprender que aquella frase había sido bastante menos diplomática de lo previsto.
Kael se levantó y rodeó el escritorio. Era considerablemente más alto de lo que recordaba, y su cercanía consiguió que retrocediera instintivamente.
Él se detuvo.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Te alejas de mí. Antes buscabas cualquier excusa para acercarte.
—Las personas evolucionan.
—No de esta manera.
Había desaparecido la irritación de su rostro. Ahora me observaba con una atención inquietante, como si estuviera intentando resolver un problema particularmente complicado.
—¿Qué te ocurrió anoche?
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—Nada.
—No recuerdas lo que hiciste ayer, has adoptado un gato cuando detestas los animales y ahora quieres divorciarte. Incluso has decidido evitar la recepción de Lady Rosenthal cuando normalmente adoras organizar fiestas.
Maldición.
Estaba prestando demasiada atención.
—He descubierto que prefiero una vida tranquila.
—En tu último banquete amenazaste con despedir a veinte criados porque las flores eran del tono equivocado.
Maldita Serena.
—No me siento orgullosa de aquello.
Kael frunció el ceño y comprendí que había vuelto a equivocarme. La antigua Serena jamás habría reconocido semejante cosa.
Necesitaba aprender a mentir mejor.
—¿Te golpeaste la cabeza antes o después de levantarte? —preguntó.
—¿Insinúas que tengo daño cerebral?
—Estoy considerando la posibilidad.
Decidí que aquella conversación había terminado. Intenté rodearlo para alcanzar la puerta, pero Kael me sujetó brevemente de la muñeca.
Me quedé inmóvil.
—Suéltame.
Lo hizo inmediatamente.
Durante un instante ninguno de los dos habló. Su mirada descendió hacia mi mano y después regresó a mi rostro. Había algo extraño en su expresión, aunque no conseguí identificarlo.
Tampoco quería averiguarlo.
—Volveré mañana para hablar del divorcio —anuncié.
—La respuesta seguirá siendo no.
—Entonces volveré pasado mañana. Puedo hacer esto durante seis meses.
Apenas pronuncié aquellas palabras, deseé arrancármelas de la boca.
Los ojos de Kael se estrecharon.
—¿Por qué seis meses?
Fantástico.
Mi instinto de supervivencia acababa de traicionarme.
—Es una expresión.
—No lo es.
—Ahora sí.
Intenté dirigirme a la puerta, pero su siguiente pregunta me detuvo.
—¿Qué ocurrirá dentro de seis meses, Serena?
Ah, nada importante. Solo que ordenarás mi ejecución porque tu futura enamorada terminará envenenada y aparentemente será culpa mía.
Por supuesto, no podía decirle eso.
—Mi cumpleaños —improvisé.
—Fue hace dos meses.
—El tuyo.
—Es la próxima semana.
¿Por qué sabía tanto?
—Nuestro aniversario.
—Dentro de cuatro meses.
¡¿Por qué sabía tanto?!
—¿No tienes un Imperio que gobernar?
—Lo estoy gobernando.
—Pues parece que tienes demasiado tiempo libre.
Agarré el picaporte antes de que pudiera interrogarme nuevamente.
—Serena —me llamó.
—¿Ahora qué?
—No te daré el divorcio.
Respiré profundamente y me giré hacia él.
—Entonces haré que quieras divorciarte de mí.
Una sombra de diversión apareció en sus ojos.
—¿Más de lo que ya quiero?
Maldito hombre.
—Exactamente.
—Me interesa saber cómo piensas conseguirlo.
A mí también, sinceramente.
—Ya lo descubrirás.
Salí del despacho antes de que pudiera hacerme otra pregunta, aunque su voz me alcanzó justo cuando cerraba la puerta.
—¡La cena del Consejo es a las ocho!
Lo había olvidado.
Definitivamente necesitaba un plan mejor.
—No quiere divorciarse —le expliqué a Salem mientras me quitaba los zapatos—. Dice que nuestro matrimonio es una alianza política, pero estoy segura de que podríamos encontrar otra solución.
El gato maulló desde mi cama.
—Podría ofrecerle tierras, dinero o incluso buscarle otra esposa.
Me detuve al considerar aquella última posibilidad.
Elena.
Por supuesto.
Si Kael se enamoraba de Elena, tendría una razón mucho más convincente para terminar nuestro matrimonio.
El único inconveniente era que, según la novela, aquello terminaría costándome la cabeza.
Necesitaba conseguir el divorcio antes de que su historia de amor comenzara.
Me acerqué al escritorio y revisé mi lista de supervivencia. Mantenerme alejada de Elena seguía siendo sencillo, al menos en teoría. No enamorarme de Kael resultaba todavía más fácil después de aquella conversación.
El problema era el divorcio.
Taché la cuarta regla y escribí:
4. CONVENCER AL IDIOTA.
Mucho mejor.
Tenía seis meses y conocía todos los acontecimientos importantes de la novela. Elena llegaría en diecisiete días, y el primer enfrentamiento entre ambas ocurriría poco después.
Todavía podía evitarlo.
Mientras no interfiriera en la historia, todo debería desarrollarse exactamente como lo recordaba.
Entonces llamaron a la puerta.
Una criada entró llevando una carta sellada con una rosa blanca.
Reconocí inmediatamente el emblema.
Rosenthal.
—¿Quién la envió? —pregunté.
—Lady Elena Rosenthal, Su Majestad.
Rompí el sello y desplegué la carta.
«A Su Majestad Imperial, Serena Valmont:
Le agradezco profundamente que haya aceptado recibirme mañana en el Palacio Imperial. Será un honor conocerla finalmente».
Me quedé helada.
¿Mañana?
Busqué desesperadamente el calendario. Seguíamos en el decimocuarto día de Aster, y Elena no debía llegar hasta el primero de Lumin.
Faltaban diecisiete días.
—Esto no puede estar pasando...
Volví a leer la carta, esperando haber interpretado mal alguna palabra. Sin embargo, la invitación era perfectamente clara.
Elena Rosenthal llegaría mañana.
Y lo peor era que alguien, aparentemente la antigua Serena, había aceptado recibirla.
Miré mi cronología, después la carta y finalmente a Salem, que me observaba desde la cama con absoluta indiferencia.
Por primera vez desde que había despertado en aquel mundo, sentí verdadero miedo.
Porque si Elena llegaba mañana, significaba que los acontecimientos ya estaban cambiando.
Y si la historia no seguía el camino que yo recordaba, tampoco podía saber cómo evitar mi propia muerte.
Entiendo el sentimiento