Ya llegue con una nueva historia, bueno lean la y comenten
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20
La celebración se extendió hasta bien entrada la noche.
Los jardines del Palacio Solar estaban iluminados por miles de faroles, mientras la música y las risas llenaban el ambiente. Humanos y demonios brindaban juntos, algo que pocos meses antes habría parecido imposible.
Astaroth no apartaba la mirada de Selene.
Ella, que siempre había mantenido una expresión serena, ahora sonreía con una naturalidad que sorprendía incluso a Cedric.
—Creo que mi hermana ya no tiene remedio —comentó entre risas.
—Llegaste tarde a esa conclusión —respondió el emperador demonio, levantando su copa.
Cuando la fiesta terminó, ambos fueron acompañados hasta la cámara nupcial.
Antes de cerrar la puerta, Cedric se acercó a Astaroth.
—Si mañana mi hermana aparece llorando...
Astaroth levantó las manos.
—Tranquilo, cuñado. Prometo cuidarla.
—Eso espero.
Selene, completamente avergonzada, empujó suavemente a su hermano hacia el pasillo.
—¡Ya basta!
Las puertas se cerraron.
Por fin...
Estaban solos.
A la mañana siguiente...
Los primeros rayos del sol apenas comenzaban a entrar por la ventana cuando una puerta se abrió de golpe.
Selene salió al pasillo con el cabello completamente despeinado y las mejillas encendidas.
Miró a ambos lados como si estuviera escapando de un enemigo.
—¡Necesito... aire! —murmuró.
No había dado ni cinco pasos cuando una mano sujetó suavemente la suya.
—¿A dónde cree que va mi esposa?
Astaroth apareció detrás de ella con una sonrisa de absoluta satisfacción.
Selene cerró los ojos.
—Déjame salir un momento.
—¿Para qué?
—Porque... no me dejaste descansar en toda la noche.
Astaroth fingió pensarlo.
—Es que después de tanto tiempo esperándote...
Teníamos muchas cosas de qué hablar.
Ella le dio un codazo en las costillas.
—¡Eres imposible!
Él soltó una carcajada.
—Y aun así te casaste conmigo.
—Empiezo a cuestionar mis decisiones.
—Mientes muy mal.
Selene intentó escapar otra vez.
Pero Astaroth volvió a tomar su mano.
—Cinco minutos más.
—¡No!
—¿Diez?
—¡Astaroth!
Desde el otro extremo del pasillo, varias doncellas observaron la escena y comenzaron a reír en voz baja.
Selene, al darse cuenta de que tenía público, escondió el rostro entre las manos.
—Qué vergüenza...
Astaroth la miró con una ternura que pocas veces mostraba.
—Te ves adorable cuando te sonrojas.
Ella levantó la vista y, aunque intentó mantener su expresión seria, terminó sonriendo.
—No vuelvas a decir eso delante de todo el palacio.
—Entonces te lo diré cuando estemos solos.
Aquella misma tarde comenzaron los preparativos para el viaje.
Era momento de abandonar el Imperio Solar.
Selene dejaría atrás el lugar donde había nacido para convertirse oficialmente en la emperatriz del Imperio Demoníaco.
Mientras los carruajes eran cargados, Selene caminó por los jardines por última vez.
Cada rincón guardaba un recuerdo.
Su infancia.
Sus entrenamientos con Cedric.
Los paseos con su padre.
Los días felices antes de la guerra.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—¿Te arrepientes?
La voz de Astaroth sonó a su lado.
Ella negó lentamente.
—No.
Solo... es difícil despedirse del lugar al que siempre llamé hogar.
Astaroth tomó su mano.
—Entonces hagamos un trato.
—¿Cuál?
—Nunca tendrás que renunciar a este lugar.
Vendremos a visitar a tu familia todas las veces que quieras.
Y si algún día extrañas demasiado este jardín...
Mandaré construir uno idéntico en nuestras tierras.
Selene soltó una pequeña risa.
—Eso sería hacer trampa.
—Soy demonio.
Hacer trampa está un poco en nuestra naturaleza.
Ella negó con la cabeza mientras sonreía.
—Jamás cambiarás.
—Espero que no.
Porque tú te enamoraste precisamente de este desastre.
Selene apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Sí...
Supongo que sí.
Al caer la tarde, toda la familia imperial se reunió frente a la gran escalinata.
Cedric abrazó con fuerza a su hermana.
—Si ese demonio te hace enojar demasiado...
Avísame.
Iré a darle una paliza.
Astaroth levantó una ceja.
—¿Otra?
Cedric sonrió.
—La primera como cuñado.
Los tres terminaron riendo.
Después, el emperador Solar abrazó a Selene con fuerza.
—Siempre serás mi pequeña hija.
Ella apenas pudo contener las lágrimas.
—Lo sé, padre.
—Y recuerda...
No importa cuán lejos estés.
Estas siempre serán tus tierras.
Selene asintió con los ojos húmedos.
Entonces subió al carruaje junto a Astaroth.
Las ruedas comenzaron a avanzar.
Mientras el Palacio Solar quedaba atrás, Selene observó por la ventana hasta que dejó de verlo en el horizonte.
Astaroth entrelazó sus dedos con los de ella.
—¿Lista para conocer tu nuevo hogar?
Selene respiró profundamente.
Miró hacia el camino que se abría frente a ellos.
Y sonrió.
—Sí.
Llévame a casa.
Continuará en la Parte II: El Imperio Demoníaco.
El viaje duró cinco días.
Cinco días en los que Selene descubrió una faceta de Astaroth que nadie más conocía.
Cuando no estaba haciendo bromas...
Se convertía en un hombre atento.
Si el carruaje pasaba por un camino difícil, él era el primero en preguntar si estaba cómoda.
Si notaba que tenía frío durante la noche, sin decir una palabra colocaba su capa sobre sus hombros.
Y cada mañana...
Le robaba un beso antes de que pudiera darle los buenos días.
—¡Astaroth!
—Buenos días para ti también, esposa.
—Algún día dejarás de sorprenderme.
—Ese día estaré muerto.
Selene terminó riéndose.
Al sexto día...
El carruaje llegó a la frontera del Imperio Demoníaco.
Selene esperaba encontrar un lugar oscuro, lleno de volcanes, castillos lúgubres y demonios aterradores.
Pero la realidad era completamente distinta.
Desde la cima de una colina observó inmensos bosques de árboles de hojas negras y plateadas que brillaban con la luz del sol. Ríos cristalinos cruzaban los valles y enormes montañas protegían ciudades construidas con piedra oscura y torres elegantes.
El paisaje era imponente.
Hermoso.
—¿Sorprendida? —preguntó Astaroth con una sonrisa.
Selene asintió.
—Pensé que sería... diferente.
—Todos creen que vivimos rodeados de fuego y caos.
Ella lo miró divertida.
—¿Y no es así?
—Solo cuando mi padre se enfada.
Al acercarse a la capital, el sonido de miles de trompetas llenó el aire.
Las enormes puertas negras comenzaron a abrirse.
Una multitud esperaba al otro lado.
Miles de demonios se habían reunido para recibir a su príncipe.
Y a su nueva emperatriz.
Cuando el carruaje cruzó la entrada, un silencio absoluto se apoderó de la ciudad.
Todos observaban a Selene.
Ella sintió un ligero nudo en el estómago.
—Están... mirándome.
Astaroth tomó su mano.
—Porque sienten curiosidad.
No porque te rechacen.
El carruaje se detuvo frente al gigantesco palacio imperial.
El emperador demonio dio un paso al frente.
—¡Pueblo del Imperio Demoníaco!
Su voz retumbó por toda la plaza.
—Hoy les presento oficialmente a la mujer que, además de ser la esposa de mi hijo, será la futura emperatriz de estas tierras.
Durante unos segundos nadie habló.
Selene respiró hondo.
Entonces...
Una anciana salió de entre la multitud.
Se acercó lentamente hasta quedar frente al carruaje.
Todos guardaron silencio.
La mujer tomó las manos de Selene y sonrió con dulzura.
—Gracias...
Por traer paz a nuestros hijos.
Selene sintió un nudo en la garganta.
Después de la anciana...
Un niño demonio corrió hasta ella.
Le entregó una pequeña flor negra.
—Bienvenida, emperatriz.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Toda la plaza comenzó a aplaudir.
Los aplausos se convirtieron en vítores.
—¡Larga vida al príncipe!
—¡Larga vida a la futura emperatriz!
Selene sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Había tenido miedo de no ser aceptada.
Pero aquellos aplausos disiparon todas sus dudas.
Astaroth se inclinó hacia ella y susurró:
—Te lo dije...
Ya estás en casa.
Más tarde, mientras recorrían el inmenso palacio, Selene no dejaba de mirar todo con curiosidad.
Los salones eran enormes.
Las bibliotecas aún más grandes que las del Imperio Solar.
Los jardines estaban llenos de flores negras y plateadas que desprendían un suave aroma.
—¿Todo esto... será nuestro?
—Nuestro hogar.
Corrigió Astaroth.
Ella sonrió.
—Nunca imaginé vivir aquí.
—Yo tampoco imaginé compartirlo con alguien.
Caminaron hasta llegar al balcón principal.
Desde allí se veía toda la capital.
Miles de luces comenzaban a encenderse con el atardecer.
Selene apoyó la cabeza sobre el hombro de Astaroth.
—Es hermoso.
—Todavía no conoces mi lugar favorito.
—¿Cuál es?
Astaroth sonrió con picardía.
—Nuestra habitación.
Selene lo golpeó suavemente en el brazo.
—¡Ni se te ocurra!
Él soltó una carcajada.
—Ya volvió mi esposa gruñona.
—Y no dejaré de serlo.
—Menos mal...
Así me enamoras todos los días.
Ella rodó los ojos, aunque terminó sonriendo.
Sin embargo, mientras ambos contemplaban la ciudad, una figura los observaba desde la torre más alta del palacio.
Era un anciano de túnica negra y ojos completamente blancos.
El Gran Oráculo del Imperio Demoníaco.
Su expresión era grave.
—La paz por fin ha llegado...
Pero también ha despertado un destino que permanecía dormido.
Porque la nueva emperatriz lleva una marca que ni siquiera ella conoce...
Y muy pronto...
Todo el continente la descubrirá.
muchas gracias, bendiciones...