Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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El duque 2
Mientras Harriet recorría los jardines con Ellie en brazos y Eric en brazos de Mary, el despacho ducal permanecía lleno de documentos.
El duque Edward Montagu llevaba horas trabajando sin descanso.
Sobre el enorme escritorio de roble se acumulaban informes de impuestos, cosechas, comercio y administración.
Terminó de firmar el último documento y levantó apenas la vista.
—Mayordomo.
El hombre dio un paso al frente.
—Su Excelencia.
—Entrégueme los informes de la administración de la mansión durante mi ausencia.
El mayordomo sonrió con un orgullo difícil de ocultar.
—No serán necesarios todos, Su Excelencia.
Edward levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque Su Gracia la duquesa se encargó personalmente de la administración durante este último mes.
El duque permaneció en silencio unos segundos.
Luego habló con absoluta calma.
—Aun así... Quiero revisarlos.
—Como ordene.
El mayordomo colocó una pila perfectamente ordenada de carpetas sobre el escritorio.
Edward abrió la primera.
Su expresión seguía siendo completamente seria.
[Veremos qué tan grande fue el desastre.]
Comenzó a leer.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Pasó a otra carpeta.
Luego otra.
Su ceño comenzó a fruncirse lentamente.
No por enojo.
Sino por sorpresa.
Los gastos de la cocina habían disminuido.
No porque compraran menos alimentos.
Sino porque se reorganizaron las compras y dejaron de desperdiciar ingredientes.
El consumo de velas también había bajado.
Las reparaciones menores ya no esperaban meses para realizarse, evitando daños mayores.
Incluso los horarios del servicio doméstico habían sido redistribuidos para evitar que algunos sirvientes trabajaran el doble mientras otros permanecían casi sin tareas.
Edward siguió leyendo.
[Tiene sentido.]
Pasó otra página.
Había una lista de inventario completamente actualizada.
Otra con las reservas para el invierno.
Otra con las necesidades del personal.
Y otra donde incluso proponía pequeñas mejoras para ahorrar recursos sin afectar la calidad del servicio.
El duque cerró lentamente la carpeta.
Permaneció en silencio.
El mayordomo observaba discretamente desde un lado.
Finalmente, Edward habló.
—Está... bien hecho.
El mayordomo sonrió.
—Sí, Su Excelencia.
Edward volvió a abrir otro documento.
No encontraba errores importantes.
Todo estaba ordenado.
Claro.
Eficiente.
Levantó la vista.
—Ha reducido gastos. Y ha reorganizado recursos. La administración es más eficiente que hace un mes.
El mayordomo asintió orgulloso.
—Así es.
Edward permaneció pensativo.
[No era eso lo que esperaba.]
Guardó silencio unos instantes antes de preguntar.
—¿Algo más ocurrió durante mi ausencia?
El mayordomo sonrió ligeramente.
—La duquesa mandó llamar al médico de la familia.
Edward levantó inmediatamente la cabeza.
Por primera vez desde que había regresado, su expresión mostró una emoción evidente.
—¿Los niños estaban enfermos?
El mayordomo negó con tranquilidad.
—No, Su Excelencia.
El duque relajó apenas los hombros.
—Entonces... ¿Por qué llamó al doctor?
—La duquesa quiso que fueran revisados por precaución.
Edward no dijo nada.
El mayordomo continuó.
—El médico confirmó que ambos estaban sanos. Sin embargo, recomendó mejorar su alimentación y estimular un poco más su desarrollo.
Edward escuchaba atentamente.
—Lady Harriet ordenó controles mensuales para ambos pequeños.
El duque entrelazó las manos.
—¿Mensuales?
—Sí.
—Dijo que los herederos Montagu debían recibir siempre los mejores cuidados.
Edward permaneció en silencio.
El mayordomo continuó hablando.
—Además... Los visita todos los días. Les habla. Juega con ellos. Pregunta constantemente por su salud. Incluso reorganizó parte del personal encargado de cuidarlos.
El despacho quedó completamente silencioso.
Edward apoyó lentamente un dedo sobre el escritorio.
[Todo eso...]
[En un solo mes.]
Recordaba perfectamente el informe que había recibido sobre Harriet antes del matrimonio.
Una noble orgullosa.
Vanidosa.
Interesada únicamente en el lujo.
Nada de aquello coincidía con lo que acababa de escuchar.
Finalmente rompió el silencio.
—Esa mujer...
El mayordomo levantó la vista.
—...está haciendo bien las cosas.
Aquellas palabras sorprendieron incluso al viejo sirviente.
Edward continuó.
—Administra correctamente la mansión. Se preocupa por los niños. Y hasta el momento...
Miró nuevamente los informes.
—No encuentro motivo alguno para corregir sus decisiones.
Cerró la última carpeta.
—A partir del próximo mes... Asígnele una manutención acorde a su posición.
El mayordomo sonrió.
—¿Una asignación personal, Su Excelencia?
—Sí.
—Es la duquesa de esta casa. Debe disponer de dinero propio sin depender de solicitar autorización para cada gasto personal. Será lo adecuado.
El mayordomo hizo una reverencia.
—Me encargaré de ello.
Cuando estaba a punto de retirarse, se detuvo.
—Su Excelencia.
Edward levantó apenas la vista de un nuevo documento.
—¿Qué ocurre?
El anciano sonrió con discreción.
—¿Irá a ver a Lady Harriet?
El despacho quedó en silencio.
Edward respondió sin siquiera pensarlo.
—No es necesario.
El mayordomo parpadeó.
El duque volvió a concentrarse en los papeles.
—Mientras continúe cumpliendo correctamente con sus responsabilidades... No hay nada que hablar.
El anciano permaneció unos segundos inmóvil.
Después hizo una pequeña reverencia.
—Como ordene, Su Excelencia.
Abandonó el despacho cerrando la puerta con suavidad.
Edward continuó leyendo documentos como si aquella conversación hubiera terminado.
Sin embargo... Su mano permaneció varios segundos inmóvil sobre una hoja.
[Parece...]
[Que el informe que recibí sobre Harriet...]
[No era del todo correcto.]
Pero apenas terminó de pensar aquello...
Sacudió ligeramente la cabeza y tomó la siguiente carpeta.
Los documentos volvieron a ocupar toda su atención.
Muy lejos de allí, en el jardín, Harriet reía mientras Ellie intentaba quitarle una cinta del cabello y Eric aplaudía con entusiasmo.
Ninguno de los dos imaginaba que acababan de tener su primera conversación sobre el otro.
Y, curiosamente...
Ambos habían terminado exactamente igual.
Con una misma conclusión.
[Qué persona tan extraña.]