Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 8: Carne de subasta
Ignoré las advertencias de Damián. Me vestí con la misma seda verde de la noche anterior, que ahora se sentía como una armadura oxidada, y volví a la mansión. No iba a dejar que se quedaran con mis cosas, con los recuerdos de mi abuela, con mi dignidad. Pero en cuanto puse un pie en el vestíbulo, el silencio sepulcral me dio el primer golpe.
—Mírenla, ahí llega la gran puta de los Valente —la voz de Bianca goteaba un veneno que nunca antes le había escuchado. Estaba apoyada en la barandilla de mármol, con una copa de champán en la mano y una sonrisa de triunfo que me dio náuseas.
—Cerrá la boca, Bianca —siseé, tratando de subir las escaleras.
—¿Por qué? ¿Te duele que te digan la verdad? —bajó los escalones, rodeándome como un buitre—. Te abriste de piernas para el primer animal que te miró con ganas. Sos una zorra desgraciada, Alessandra. Ni siquiera esperaste a que el contrato se secara. Te vendiste gratis, como una barata de esquina, y ahora esperás que te recibamos con alfombra roja.
—¡Me fui porque ustedes me tratan como a una mercancía! —grité, el nudo de mi garganta a punto de estallar.
—¡Porque ES lo que sos! —la voz de mi padre tronó desde el despacho. Salió caminando con paso pesado, su rostro rojo de pura furia—. Una mercancía defectuosa. Una gorda estúpida que no entiende de negocios.
Se detuvo frente a mí y sentí el miedo instintivo de mi infancia, pero esta vez no bajé la mirada.
—¿Tenés idea de lo que me costó negociar tu matrimonio con los Rossi? —rugió él, acercándose tanto que pude oler el coñac en su aliento—. Millones, Alessandra. Millones en rutas de envío que ahora se perdieron porque decidiste revolcarte con esa basura de Smirnov. No sos más que una traidora, una desgraciada que prefirió un polvo sucio antes que el honor de su propia sangre.
—¿Honor? ¿Me hablas de honor cuando querías venderme a un hombre que me dobla la edad solo por un par de puertos? —le escupí las palabras en la cara.
—¡Callate! —mi padre me agarró del brazo con una fuerza que me dejaría marcas moradas durante semanas—. No tenés derecho a hablar. Sos una vergüenza. Sos carne de subasta que se pudrió antes de la puja. A partir de hoy, para este mundo y para este apellido, no existís. Sos una zorra que eligió el bando equivocado.
Bianca soltó una carcajada estridente desde el fondo.
—Ni siquiera te queda bien el vestido, hermana. Ahora que Smirnov te use y te tire, que es lo que hacen los hombres como él, no vengas a llorar a nuestra puerta. Quizás en algún burdel de mala muerte te acepten, aunque con ese cuerpo, vas a tener que cobrar poco.
El dolor fue tan agudo que por un segundo no pude respirar. Mi propia hermana, mi propia sangre, me estaba llamando prostituta mientras mi padre me miraba como si fuera un bicho que quería aplastar bajo su zapato italiano.
—Ya se llevaron tus cosas —dijo mi madre, apareciendo por fin, impasible, como si estuviera hablando del clima—. Lo que no quemamos, lo donamos a la caridad. No queremos nada que huela a vos en esta casa. Salí de acá ahora mismo, antes de que llame a seguridad para que te saquen como la basura que sos.
—Son unos monstruos —susurré, sintiendo las lágrimas calientes finalmente corriendo por mis mejillas.
—No, Alessandra —mi padre me empujó hacia la puerta con un desprecio total—. Somos empresarios. Y vos sos un mal negocio del que ya nos deshicimos. Andate con tu mafioso. Vamos a ver cuánto tiempo le duran las ganas de una mujer que solo sabe traer problemas y deshonra.
Me tropecé al salir, cayendo sobre la grava del jardín mientras la puerta de la mansión se cerraba con un estruendo final. Me quedé ahí, en el suelo, con el vestido roto y el alma destrozada, escuchando las risas de Bianca desde adentro.
Me habían quitado todo. No tenía ropa, ni fotos, ni pasado. Solo tenía el ardor de los insultos grabados en la piel y la certeza de que, si alguna vez volvía a esa casa, sería para verla arder.
Lo que ellos no sabían, y yo tampoco, es que dentro de mí ya empezaba a latir una vida que les cobraría cada una de esas palabras con sangre.