Liam Volkov es un CEO implacable que cree que el dinero puede comprarlo todo, excepto la salud de su único heredero, el pequeño Ian, quien padece una enfermedad cardíaca degenerativa. Desesperado y tras haber despedido a diez especialistas, se cruza con la Dra. Elena Ríos, una cardióloga brillante, extrovertida y sin filtros que no le teme a sus gritos ni a su fortuna.
Mientras la villana, Sabrina Valois (la ambiciosa prometida de Liam), planea la "muerte accidental" del niño para heredar la fortuna Volkov, Elena se convierte en el escudo de Ian. Pero en el proceso de salvar la vida del pequeño, Elena terminará operando el órgano más difícil de tratar: el corazón de piedra de su padre.
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Capitulo 24
El trayecto de regreso a la mansión Volkov fue un torbellino de adrenalina y pavor. Elena apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, casi tanto como su rostro. En su bolso, el teléfono móvil se sentía como una brasa ardiente; contenía la voz de Sabrina negociando la vida de un niño, la prueba irrefutable que finalmente rompería las cadenas de Liam y salvaría a Ian.
—Solo un poco más —se repetía Elena, con la voz quebrada por la urgencia—. Solo tengo que llegar a él.
Al cruzar el umbral de la mansión, el ambiente se sentía pesado, como si las paredes mismas estuvieran al tanto de la traición que se gestaba. Elena no se detuvo a saludar. Corrió por el gran vestíbulo de mármol, buscando desesperadamente la figura de Liam. Sabía que Sabrina no tardaría en mover su siguiente ficha.
—¡Liam! —gritó al llegar a la puerta del despacho—. ¡Liam, tienes que escuchar esto!
En ese momento, un guardaespaldas alto y de rostro inexpresivo, llamado Petrov, se interpuso en su camino. Era uno de los hombres que Sabrina había estado "supervisando" personalmente en las últimas semanas.
—El señor Volkov está ocupado, doctora —dijo Petrov con una voz monótona—. Por favor, espere en la estancia.
—¡Es una emergencia! ¡Quítate de mi camino! —Elena intentó esquivarlo, pero el hombre la sujetó por el brazo con una fuerza innecesaria.
En el forcejeo, el bolso de Elena cayó al suelo. Antes de que ella pudiera reaccionar, Petrov lo pateó hacia la sombra del pasillo y, con un movimiento rápido y ensayado, se agachó para "ayudarla". Cuando Elena recuperó su bolso segundos después, sintió un vacío gélido. Metió la mano frenéticamente: la billetera estaba allí, sus llaves también, pero el teléfono había desaparecido.
—Mi teléfono... —susurró, mirando al guardaespaldas con horror—. ¡Me has robado el teléfono! ¡Dámelo ahora mismo!
—No sé de qué habla, doctora. Solo la ayudé con sus pertenencias —Petrov retrocedió un paso, manteniendo la mirada fría.
En ese instante, la puerta del despacho se abrió. Liam salió, pero no tenía la mirada de aliado que le había mostrado la noche anterior. A su lado, Sabrina estaba de pie, con un pañuelo de seda en la mano y una expresión de profunda decepción.
—¿Qué es este escándalo, Elena? —preguntó Liam. Su voz era un latigazo de decepción.
—¡Liam, Sabrina intentó sobornarme! —exclamó Elena, ignorando el protocolo—. Me ofreció cinco millones para matar a Ian en la cirugía. ¡Lo tenía grabado! ¡Pero este hombre me acaba de quitar el teléfono!
Liam miró a Petrov, quien simplemente negó con la cabeza. Luego, Liam miró a Sabrina. Ella soltó un suspiro trémulo y se acercó a él, apoyando una mano en su brazo.
—Liam, amor... esto es más triste de lo que pensaba —dijo Sabrina con una voz cargada de una falsa compasión—. Sabía que la doctora Ríos estaba bajo mucha presión, pero no creí que llegara a inventar algo tan atroz para ocultar sus propios pasos.
—¿De qué estás hablando, Sabrina? —preguntó Liam, aunque su mirada ya empezaba a endurecerse hacia Elena.
—Me dolió mucho tener que investigar esto —continuó Sabrina, sacando su propia tableta—. Pero después de verla actuar de forma tan extraña, pedí a seguridad que revisara sus movimientos fuera de la casa. Elena no fue a ninguna cafetería privada a verme a mí. Fue a reunirse con alguien más.
Sabrina giró la pantalla hacia Liam. Elena se acercó, sintiendo que el mundo se desmoronaba. En la pantalla no había grabaciones, sino fotos de alta resolución tomadas desde un ángulo engañoso. En ellas se veía a Elena en la cafetería, pero el encuadre hacía parecer que estaba sentada frente a Víctor Marek, el rival de negocios de Liam que Sabrina había contactado previamente.
En una de las fotos, Marek le entregaba un sobre a una mujer que, de espaldas y con la misma ropa que Elena, parecía estar recibiendo un pago.
—Es un montaje... —susurró Elena, sintiendo que las lágrimas de rabia le nublaban la vista—. ¡Yo nunca hablé con ese hombre! ¡Era Sabrina quien estaba allí!
—Las fotos no mienten, Elena —dijo Liam, y el tono de su voz era el de un juez que acaba de dictar sentencia—. Marek es el hombre que ha intentado destruir mi empresa durante años. Y aquí pareces estar vendiéndole los protocolos logísticos de la cirugía de mi hijo... o peor, secretos industriales que solo tú y yo conocíamos.
—¡Liam, mírame! —Elena lo agarró de las solapas de la chaqueta, obligándolo a ver la desesperación en sus ojos—. ¡Ella robó mi teléfono porque ahí está la verdad! ¿Por qué crees que no lo tengo ahora? ¡Búscalo en Petrov!
—Petrov ha trabajado para mi familia por diez años, Elena —respondió Liam, apartando las manos de ella con una frialdad que dolió más que un golpe—. Tú has estado aquí apenas unas semanas. ¿Y pretendes que crea que mi prometida, la mujer que se unirá a mi linaje, es una asesina, mientras tú te reúnes con mis enemigos en la víspera de la operación más importante de mi vida?
Sabrina sollozó suavemente. —Lo que más me duele es que puso la vida de Ian en su boca para chantajearme. Dijo que si no le pagaba, dejaría que "algo pasara" en el quirófano para culparme a mí. Es un monstruo, Liam. Una mercenaria con bata blanca.
Elena sintió un vacío absoluto en el pecho. La soledad de la verdad era el sentimiento más desgarrador que había experimentado jamás. Había arriesgado su carrera, su seguridad y su corazón por ellos, y ahora estaba allí, despojada de sus pruebas, siendo señalada como la villana por la misma mujer que planeaba un infanticidio.
—Fuera —dijo Liam. Fue una palabra pequeña, pero cargada de un desprecio infinito.
—Liam, por favor, el maletín... —intentó decir Elena, recordando los medicamentos que Sabrina había plantado—. Revisa mi maletín, ella puso cosas ahí...
—Ya lo hicimos, doctora —intervino Sabrina con una sonrisa gélida tras su pañuelo—. Encontramos los fármacos prohibidos. Liam no quería creerlo, pero las pruebas son abrumadoras. Estaba preparando el terreno para que Ian fallara y así poder cobrar la recompensa de Marek.
Liam cerró los ojos un segundo, como si estuviera intentando contener un dolor físico. Cuando los abrió, el "CEO de Hierro" había vuelto por completo.
—No te entregaré a la policía todavía por respeto a lo que creí que eras —dijo Liam, su voz vibrando de una furia gélida—. Pero no volverás a tocar a mi hijo. Otros cirujanos se encargarán mañana. Vete de esta casa ahora mismo, antes de que cambie de opinión y te asegure una vida en prisión.
Elena lo miró una última vez. Vio al hombre que amaba, ahora convertido en un extraño de piedra, manipulado por la mujer que le susurraba veneno al oído. Vio a Sabrina, cuya mirada triunfal le gritaba que había ganado.
Sin decir una palabra más, con la dignidad que le quedaba y el corazón hecho pedazos, Elena se dio la vuelta. Caminó hacia la salida, sintiendo las miradas de los guardaespaldas clavadas en su espalda como dagas. Al salir a la lluvia, que ahora caía con fuerza, Elena se dio cuenta de que lo había perdido todo: su teléfono, su credibilidad, su amor y, lo más importante, la oportunidad de estar en ese quirófano para proteger a Ian del verdadero peligro.
Se quedó bajo el aguacero, empapada y sola, dándose cuenta de que la evidencia había sido destruida, pero su voluntad no. Si Liam no quería ver la verdad, ella tendría que encontrar otra forma de entrar en ese hospital. Porque mañana, Ian entraría en una trampa mortal, y ella era la única que sabía cómo desactivarla, con o sin teléfono.
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Demuestra que es una persona fiel a sus principios y a sí misma.
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