Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Mansion Nilsson
El viaje hasta la mansión de los Nilsson duró poco más de tres horas.
Tiempo suficiente para que Elia revisara sus documentos.
Tres veces.
Luego una cuarta.
Y una quinta.
Porque aparentemente morir, reencarnar y obtener una segunda oportunidad de vida no había solucionado su costumbre de verificar todo compulsivamente.
[¿Y si olvidé algo?]
[¿Y si calculé mal?]
[¿Y si hice una proyección incorrecta?]
[¿Y si...]
Se detuvo.
Suspiró.
Y cerró la carpeta.
—No.
Se dijo a sí misma.
—Ya está hecho.
Su terapeuta imaginaria parecía aprobar la decisión.
Al llegar, la mansión de los Nilsson resultó ser elegante sin ser ostentosa.
Piedra clara.
Jardines bien cuidados.
Y una sensación de orden que le gustó inmediatamente.
Fue recibida por un mayordomo que la condujo hasta un salón privado.
Y allí conoció al joven conde Nilsson.
Era más joven de lo que esperaba.
Alto.
Cabello claro.
Ojos oscuros.
Vestido de manera impecable.
Y sorprendentemente amable.
Lo cual fue un alivio.
Porque Elia había preparado planes de contingencia para negociar con una persona razonable.
Con una persona arrogante.
Con una persona desconfiada.
Con una persona hostil.
Incluso con una persona completamente incompetente.
Pero no había preparado nada para alguien simplemente agradable.
—Lady Russ.
El joven hizo una ligera inclinación de cabeza.
—Conde Nilsson.
—Gracias por venir.
—Gracias por recibirme.
Ambos tomaron asiento.
Y la reunión comenzó.
Al principio hablaron de cosas generales.
Clima.
Comercio.
Las montañas.
La situación del reino.
La reciente expansión de la magia.
Luego pasaron a los negocios.
Y entonces apareció la verdadera Elia.
Bueno.
La versión ansiosa, obsesiva y excesivamente preparada de Elia.
El conde planteó una duda.
Ella ya tenía la respuesta.
Luego hizo una segunda pregunta.
También tenía la respuesta.
Una tercera.
La misma situación.
El joven noble comenzó a levantar ligeramente una ceja.
—Ya había considerado esa posibilidad.
Respondió ella mostrando una hoja.
—Y esta también.
Otra hoja.
—Y esa también.
Una tercera.
Hubo un breve silencio.
Elia comenzó a preocuparse.
[Oh no.]
[Lo estoy haciendo mal.]
[Estoy siendo rara.]
[Estoy siendo muy rara.]
[Definitivamente piensa que estoy loca.]
Mientras tanto, el conde Nilsson observaba la montaña de documentos con una mezcla de sorpresa y admiración.
Porque honestamente... aquello era impresionante.
Ella había considerado fluctuaciones comerciales.
Posibles problemas climáticos.
Variaciones en la producción.
Costos de transporte.
Impuestos.
Riesgos de inversión.
Incluso escenarios extremadamente improbables.
—¿También analizó una posible interrupción de la ruta norte?
Preguntó él.
Elia abrió otra carpeta.
—Sí.
El silencio volvió.
—¿Y una disminución de la producción minera?
Otra carpeta.
—También.
—¿Y un aumento del costo de la mano de obra?
Otra carpeta.
—Por supuesto.
El joven conde la observó durante varios segundos.
—¿Durmió durante esta última semana?
La pregunta salió tan espontáneamente que Elia se congeló.
[...eso fue un ataque personal.]
Tosió.
—Lo suficiente.
Mentira.
Una mentira descarada.
El conde parecía poco convencido.
Pero decidió dejarlo pasar.
La negociación continuó durante más de una hora.
Y poco a poco ambos llegaron a una conclusión.
El terreno que los Russ poseían cerca de las montañas no estaba siendo utilizado.
No generaba ingresos.
Y aunque tenía potencial futuro, los Russ tenían otras prioridades más urgentes.
Por otro lado, los Nilsson sí podían aprovecharlo inmediatamente.
Era una operación beneficiosa para ambos.
Finalmente llegaron a un acuerdo.
Un buen acuerdo.
Uno muy bueno.
Cuando las firmas terminaron de secarse sobre los documentos, Elia sintió una enorme ola de alivio.
Lo había logrado.
Su primera negociación.
Su primer negocio.
Su primer éxito en aquella vida.
No era una fortuna.
No era una revolución económica.
Pero era un comienzo.
Y era suyo.
Completamente suyo.
Al despedirse, el joven conde sonrió.
—Debo admitir algo.
—¿Sí?
—Cuando me informaron que Lady Russ quería hablar de negocios, esperaba algo completamente diferente.
Elia sintió curiosidad.
—¿Diferente?
—Mucho.
Ella comprendió inmediatamente lo que significaba.
La antigua reputación de Elia.
Y sinceramente... no podía culparlo.
—Entiendo.
El joven pareció notar algo en su expresión.
Y sonrió con suavidad.
—Me alegra haber estado equivocado.
Aquellas palabras la acompañaron durante todo el camino de regreso.
Y para cuando el carruaje apareció frente a la mansión Russ... ya no podía ocultar su felicidad.
Bajó prácticamente corriendo.
Los documentos abrazados contra el pecho.
Y antes siquiera de llegar a la entrada principal, las puertas se abrieron.
Sus padres estaban allí.
Esperándola.
Elia se detuvo.
Sorprendida.
—¿Qué hacen afuera?
—Esperarte.
Respondieron ambos al mismo tiempo.
La joven no pudo evitar reír.
—Salió bien.
Y aquello fue suficiente.
Absolutamente suficiente.
Porque los ojos de los condes se iluminaron.
Como si acabaran de escuchar la mejor noticia del mundo.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Lograste venderlo?
—Sí.
—¿A buen precio?
—Sí.
—¿Y estás contenta?
La pregunta la tomó desprevenida.
Porque ellos no preguntaron cuánto dinero había ganado.
Ni qué porcentaje obtuvieron.
Ni los detalles financieros.
Lo primero que preguntaron fue si ella estaba feliz.
Y lo estaba.
Muchísimo.
Así que sonrió.
Una sonrisa enorme.
Brillante.
Sincera.
—Sí.
La respuesta apenas había salido de sus labios cuando la condesa pareció emocionarse.
Y el conde se veía tan orgulloso que casi parecía haber ganado una guerra.
Elia observó aquella reacción.
Y nuevamente sintió ese extraño dolor cálido en el pecho.
Porque para ellos el dinero era secundario.
El negocio era secundario.
Incluso el terreno era secundario.
Lo importante era verla regresar sonriendo.
Verla ilusionada.
Verla emocionada por algo.
Verla crecer.
Y mientras sus padres celebraban su pequeño éxito como si hubiera logrado una hazaña legendaria, Elia comprendió algo.
Había pasado toda una vida intentando cumplir expectativas imposibles.
Pero estos dos...
Estos dos parecían felices simplemente porque existía.
Y quizás por eso, mientras los seguía hacia el interior de la mansión contando todos los detalles de la reunión, se sorprendió pensando algo que nunca había esperado sentir.
[Quiero proteger esta felicidad.]
Porque por primera vez en mucho tiempo.. sentía que tenía una familia.