Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 2
Los ojos de Madeline volvieron a abrirse.
Sin embargo, ya no eran los mismos.
La tristeza silenciosa que había habitado en ellos durante años había desaparecido, reemplazada por una mirada confundida, alerta y llena de vida que observaba todo a su alrededor con desconcierto.
Parpadeó varias veces.
El techo.
Las cortinas.
La habitación.
Nada le resultaba familiar.
Un instante antes había estado saliendo de la oficina después de una larga jornada de trabajo. Recordaba el cansancio en sus piernas, el ruido de la ciudad, las luces de los vehículos reflejándose sobre el asfalto mojado.
Y luego...
El sonido de una bocina.
Un camión fuera de control.
Un golpe.
Oscuridad.
Entonces, ¿por qué estaba allí?
La joven se incorporó lentamente mientras una punzada atravesaba su cabeza.
—¿Qué está pasando...?
Su voz sonó extraña.
Incluso su propia voz era diferente.
Confundida, dirigió la mirada hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo al otro lado del cristal, golpeando suavemente los ventanales de la habitación.
Durante unos segundos solo observó las gotas deslizarse por el vidrio.
Y entonces ocurrió.
Un torrente de recuerdos invadió su mente sin previo aviso.
Imágenes.
Voces.
Emociones.
Momentos que jamás había vivido.
O al menos eso creía.
El dolor fue tan intenso que tuvo que sujetarse la cabeza.
Su respiración se volvió irregular.
Podía ver a una niña practicando etiqueta.
A una joven sonriendo tímidamente al escuchar el nombre de Elías Ashford.
A una mujer esperando cartas que nunca llegaban.
Sintió la soledad.
La decepción.
La tristeza.
La esperanza.
Y finalmente el agotamiento.
Era como si cada emoción perteneciera a alguien más y, al mismo tiempo, le perteneciera a ella.
Cuando todo terminó, permaneció inmóvil durante varios minutos.
El pecho le dolía.
Los ojos le ardían.
Y una sensación de tristeza difícil de explicar se instaló en su corazón.
—Pobre chica... —murmuró.
Si hubiera podido, le habría dado un abrazo.
Sin darse cuenta de cuándo había comenzado a llorar, volvió a recostarse lentamente sobre el sillón.
Los recuerdos seguían acomodándose dentro de su mente.
Demasiadas emociones.
Demasiada información.
Y antes de poder ordenar sus pensamientos, terminó quedándose dormida en el mismo lugar.
Los días transcurrieron con sorprendente tranquilidad.
Aún no comprendía cómo había terminado en aquel mundo ni qué clase de milagro o desgracia la había llevado hasta allí, pero poco a poco comenzó a adaptarse a su nueva realidad.
Quizás era gracias a los recuerdos de Madeline.
Conocía los nombres de las personas.
Sabía cómo comportarse.
Reconocía los pasillos de la mansión.
Incluso podía recordar acontecimientos de su infancia que jamás había vivido.
Era una sensación extraña.
Como si estuviera viviendo una vida prestada.
Durante esos días habló muy poco con su padre, el conde Julián Fairchild.
La relación entre ambos seguía siendo distante, tal como indicaban los recuerdos.
—Madeline, otra vez estás perdida en tus pensamientos.
La voz femenina la sacó de su ensimismamiento.
Alzó la vista y encontró a una mujer de cabello castaño claro observándola desde el otro lado de la mesa.
La condesa Celia Fairchild.
Su madre.
—Madre —saludó con una pequeña sonrisa.
La condesa le devolvió el gesto.
Era una mujer amable y elegante, aunque no especialmente cercana a su hija. Sus conversaciones siempre habían sido breves y superficiales.
Aun así, resultaba infinitamente más cálida que el serio e intimidante conde.
—¿Has hablado con Elías? —preguntó de repente.
Madeline sintió un leve dolor de cabeza al escuchar aquel nombre.
Todavía no conocía al famoso duque Ashford.
Todo lo que sabía de él provenía de los recuerdos de la antigua Madeline.
Y sinceramente...
No estaba demasiado impresionada.
—No, madre. Al parecer salió por trabajo nuevamente.
La condesa asintió.
—Ya veo.
Y la conversación terminó ahí.
Como casi todas las conversaciones dentro de aquella casa.
Cortas.
Educadas.
Distantes.
Cuando su madre se marchó, Madeline apoyó la barbilla sobre una mano y soltó un pequeño suspiro.
A decir verdad, aquellos días habían sido bastante tranquilos.
Ya no tenía que levantarse antes del amanecer para correr hacia un trabajo agotador.
Ya no debía preocuparse por pagar facturas.
Ni por sobrevivir con un salario que apenas alcanzaba para llegar a fin de mes.
La vida de una noble definitivamente tenía algunas ventajas.
—Señorita Madeline.
La voz del mayordomo la hizo levantar la cabeza.
César permanecía de pie junto a la puerta con su habitual expresión imperturbable.
—Dime, César.
—El duque Elías Ashford ha llegado.
Las palabras provocaron una inesperada punzada en su pecho.
Una emoción que no le pertenecía.
O quizá sí.
Madeline llevó una mano a su corazón y respiró profundamente.
Los recuerdos de la antigua dueña de aquel cuerpo seguían reaccionando cada vez que escuchaba ese nombre.
—Ya veo...
Se puso de pie y alisó las arrugas inexistentes de su vestido.
—Llévame con él.
Por primera vez desde que despertó en aquel mundo...
Iba a conocer al hombre que había ocupado cada rincón del corazón de Madeline Fairchild.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada