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Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Arrogante / CEO
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA MEJOR AMIGA DE MI ENEMIGA

El veneno más eficaz no se administra por la fuerza; se ofrece en una copa de cristal fino, entre risas compartidas y secretos a media voz.

Para destruir a una mujer como Patricia, la esposa del CEO Kang, Ela no necesitaba usar la violencia física. Necesitaba convertirse en su espejo. Patricia era una mujer consumida por la paranoia de la edad, la inseguridad de un matrimonio gélido y el desprecio apenas disimulado de las arpías de la alta sociedad que fingían ser sus amigas. Solo hacía falta una mujer con la suficiente clase, misterio y aparente sumisión para ganarse su confianza absoluta.

El centro de operaciones de la academia El Compás de Seda parpadeaba en la penumbra. Ela observaba las pantallas. Patricia estaba en su vestidor, gritándole a una de sus sirvientas por haber colocado mal un juego de sábanas. La violencia verbal de Patricia era el reflejo de su propia frustración. Segundos después, la pantalla del despacho de Kang mostró al CEO revisando unos documentos, completamente ajeno al drama doméstico, pero con la mirada fija por momentos en el espacio vacío, como si reviviera el roce de la tarde anterior en la pista de baile.

Ela apagó las pantallas. Hoy tocaba actuar fuera del búnker.

El club de golf Lomas de Oro era el epicentro del chisme de la élite. Ela había reservado una mesa en la terraza exterior, justo al lado de donde el comité de damas benéficas del Saint Michel solía reunirse a tomar el té de las cinco.

Victoria estaba sentada frente a ella, actuando como la madre refinada y protectora. Ambas vestían tonos pastel que inspiraban pureza y tranquilidad.

—Ahí viene la hiena —susurró Victoria, apenas moviendo los labios mientras fingía dar un sorbo a su té de manzanilla.

Por el sendero de adoquines apareció Patricia, rodeada por tres mujeres de la junta directiva del colegio. Patricia vestía un conjunto deportivo de diseñador exageradamente llamativo y unas gafas de sol que cubrían su rostro tenso. Se notaba a leguas que la conversación no era amistosa. Las otras mujeres intercambiaban miradas de burla a sus espaldas.

—Es patética —comentó Ela en voz baja, manteniendo la sonrisa—. Su padre le compró un imperio, pero no pudo comprarle clase.

—No te confíes, Ela —advirtió Victoria, con un tono helado—. Esa mujer tiene la misma sangre podrida que el hombre que mató a tu padre. Mírala bien. Es tu objetivo.

Ela respiró hondo, ajustándose la máscara de Susana. Se levantó de la mesa simulando ir hacia el tocador, calculando el recorrido para cruzarse exactamente en el camino de Patricia, justo cuando las otras mujeres la dejaban sola para ir a pedir sus bebidas.

—¿Señora Patricia? —llamó Ela, con una voz suave, cargada de una fingida timidez que contrastaba con la arrogancia del lugar.

Patricia se detuvo en seco, bajando ligeramente las gafas de sol con un gesto de fastidio que se transformó en sorpresa al reconocer a la mujer de la gala.

—¿Susana, verdad? La maestra de tango de la que todos hablan —dijo Patricia, midiéndola con la mirada de arriba abajo. Buscaba cualquier defecto, pero el aspecto de Ela era impecable—. No sabía que frecuentabas este club.

—Mi madre, Victoria, es miembro desde hace poco —explicó Ela, sonriendo con dulzura—. Yo solo la acompaño. La verdad es que estos lugares me abruman un poco. No soy muy buena para la falsedad de la alta sociedad.

Esa última frase fue el anzuelo perfecto. Patricia dejó salir un bufido de amargura y se quitó las gafas por completo.

—Vaya, al fin alguien con un poco de cerebro en este nido de víboras —dijo Patricia, cruzando los brazos—. Esas hipócritas que acaban de dejarme solo saben hablar de sus viajes a París y de lo mal que visten las demás. Me tienen harta.

—La entiendo perfectamente —asintió Ela, dando un paso más hacia su espacio personal, transmitiendo una calidez reconfortante—. A veces es difícil encontrar personas reales en estos círculos. Mi padre siempre decía que la verdadera elegancia es la honestidad.

Al mencionar a su "padre" de manera abstracta, una sombra de satisfacción recorrió el interior de Ela. Estaba usando la memoria de su progenitor fallecido para cavar la fosa de la hija de su asesino.

—Tu padre era un hombre sabio —comentó Patricia, suspirando—. El mío... bueno, mi padre solo piensa en negocios y mi esposo, Kang, parece una máquina de calcular. A veces me siento completamente sola en esa inmensa casa.

—No debería sentirse así, señora Patricia. Una mujer como usted merece tener amigas de verdad. Si alguna vez necesita despejar la mente o simplemente tomar un café sin que nadie la juzgue, mi academia de baile siempre tiene las puertas abiertas para usted. Un poco de tango ayuda a liberar las tensiones del alma.

Patricia la miró con una mezcla de sospecha y alivio. En su mundo de apariencias, la oferta de una mujer tan refinada y aparentemente desinteresada como "Susana" era un oasis.

—Llámame Patricia, por favor —dijo, esbozando una sonrisa que pretendía ser amigable, pero que a Ela le pareció una mueca grotesca—. Y acepto ese café. De hecho, mi cumpleaños es el próximo fin de semana. Estoy organizando una cena íntima aquí en el club para callarles la boca a esas estúpidas del comité. Me encantaría que tú y tu madre asistieran.

—Sería un honor, Patricia —respondió Ela, sintiendo el frío sabor de la victoria en la punta de la lengua—. Estaremos allí sin falta.

De regreso a la mansión de Julián, la realidad la golpeó de nuevo. Julián la esperaba en el recibidor con una botella de vino abierta y dos copas. Lucía ya estaba durmiendo en su habitación.

—¿Cómo te fue con Victoria en el club? —preguntó él, sirviendo el vino con entusiasmo—. ¿Lograste averiguar algo más sobre los movimientos del holding?

—Mucho más de lo que imaginas, Julián —dijo Ela, quitándose el abrigo de lana y entregándoselo—. Me encontré con Patricia, la esposa de Kang. Me invitó a su fiesta de cumpleaños la próxima semana.

Julián abrió los ojos de par en par, casi dejando caer la botella.

—¿La esposa de Kang? ¿Te invitó a su cumpleaños privado? Susana, esto es increíble. Si logras hacerte amiga íntima de esa mujer, tendré acceso directo a las decisiones familiares del viejo. ¡Es una mina de oro!

Él se acercó y la abrazó por la cintura, intentando besarla con pasión. Ela cerró los ojos, visualizando la noche del asesinato para alimentar su odio y aguantar el contacto de su cuerpo contra el de Julián. Se apartó sutilmente fingiendo un ataque de tos y tomó la copa de vino.

—Todo a su tiempo, mi amor —dijo ella, con voz ronca—. Hay que jugar las cartas con cuidado. Patricia es una mujer muy inestable. Si presionamos demasiado rápido, se asustará.

—Tienes razón, tienes razón. Eres una genia, Susana. Por eso te amo —dijo Julián, mirándola con una devoción ciega y estúpida.

Ela bebió un sorbo de vino, sintiendo que el líquido le quemaba la garganta.

Esa misma noche, después de que Julián cayera en un sueño profundo inducido por el alcohol, Ela se deslizó fuera de la cama y bajó al sótano de la casa, donde guardaba un maletín con herramientas electrónicas que Victoria le había proporcionado.

Abrió su computadora y se conectó al servidor de la academia. Entró en el sistema de vigilancia de la oficina de Kang. El CEO seguía allí, a pesar de que eran más de las once de la noche. Se le veía cansado, frotándose las sienes. De pronto, Kang abrió el cajón de su escritorio y sacó una pequeña agenda de cuero. Anotó algo, y luego, con los dedos, rozó la página donde había escrito el nombre de "Susana".

Ela observó la pantalla en la oscuridad del sótano, con una sonrisa helada dibujada en su rostro.

—Ya casi es hora de tu cumpleaños, Patricia —susurró Ela para sí misma, mirando la otra pantalla que mostraba el vestidor vacío de la esposa del CEO—. Y te prometo que será un día que jamás vas a olvidar.

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