Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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La propuesta.
El verano llegó, y con él una calma que no habían experimentado desde hacía mucho tiempo. Sin exposiciones, sin discos, sin operaciones, Diego y Alicia se encontraron de repente con algo que casi habían olvidado: tiempo libre.
—Deberíamos hacer un viaje —propuso Alicia—. Como el del año pasado, a Cadaqués. Pero más largo.
—¿Adónde?
—A Italia. Siempre he querido ir a Italia. Toscana, Florencia, Venecia... ¿Te imaginas? Yo pintando los paisajes, tú componiendo música inspirada en ellos. Sería como nuestra exposición, pero en tiempo real.
—Italia suena bien. Pero, ¿y Max?
—Max viene con nosotros. Los perros guía pueden viajar en avión sin problema.
Dicho y hecho. En julio, los tres —Diego, Alicia y Max— volaron a Florencia, donde alquilaron un pequeño apartamento en el casco histórico. Durante dos semanas, se dedicaron a pasear sin rumbo por las calles empedradas, visitar museos y galerías —Alicia describiéndole a Diego cada cuadro, cada escultura, cada rincón— y degustar la gastronomía local.
—Este helado —dijo Alicia, lamiendo una cucharada de stracciatella— es la mejor cosa que he probado en mi vida.
—Descríbemelo.
—Es cremoso, frío, dulce pero no empalagoso. Tiene trocitos de chocolate negro que se deshacen en la boca. Sabe a felicidad.
—La felicidad sabe a stracciatella. Toma nota.
Una noche, mientras cenaban en una terraza con vistas al Ponte Vecchio, Diego se puso serio de repente.
—Alicia, tengo algo que preguntarte.
—¿Qué? —ella dejó los cubiertos, intrigada por el tono de su voz.
—Estos dos años han sido los mejores de mi vida. A pesar de los problemas, de la operación, de todo. Porque los he vivido contigo. Y no quiero que se acaben nunca.
—Yo tampoco quiero que se acaben.
—Entonces... —Diego metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña cajita de terciopelo—. Alicia, ¿quieres casarte conmigo?
El mundo se detuvo. Alicia se quedó mirando la cajita, que contenía un anillo de plata con una pequeña esmeralda engarzada. La esmeralda, le explicaría luego Diego, era porque Elena le había dicho que sus ojos eran verdes, y él quería que el anillo tuviera algo que ver con ella.
—Diego... —Alicia sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas—. Sí. Sí, quiero.
—¿De verdad?
—Claro que de verdad, tonto. Llevo esperando esto desde el día del chocolate.
Se besaron en la terraza, con el Ponte Vecchio iluminado al fondo y Max moviendo la cola debajo de la mesa. Los comensales de las mesas cercanas aplaudieron, y el camarero, emocionado, les trajo una botella de prosecco por cuenta de la casa.
—Esto hay que celebrarlo —dijo—. Auguri!
—Auguri! —respondieron ellos.
El resto de la noche fue una nebulosa de risas, llamadas a España —Elena chilló; Clara lloró; Laura prometió cerrar el café para la celebración— y planes de futuro. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo sería la boda? Nada estaba decidido, y todo estaba por decidir.
—Quiero una boda sencilla —dijo Alicia—. En el jardín botánico, quizás. O en la playa de Cadaqués. Con poca gente, solo los más cercanos.
—Y con música en directo —añadió Diego.
—Eso dalo por hecho.
Regresaron a España con el corazón rebosante y un montón de ideas en la cabeza. La noticia del compromiso corrió como la pólvora entre sus amigos y conocidos. Todos querían ayudar, opinar, participar.
Fueron meses de preparativos, pero no del tipo estresante. Alicia y Diego se tomaron la organización con calma, disfrutando de cada paso del proceso. Elegir las invitaciones —Alicia las diseñó, por supuesto—, seleccionar el menú, decidir la lista de invitados, buscar la música.
—Para el vals nupcial, quiero «Luz en tus manos» —dijo Alicia—. Es la pieza que compusiste cuando empezamos a salir. No concibo bailar otra cosa.
—Entonces tendré que tocarla yo.
—No puedes tocar y bailar a la vez.
—Entonces la grabo. O le pido a un amigo músico que la interprete. Pero quiero que suene en directo.
La boda se celebró a finales de septiembre, en el jardín botánico donde habían tenido su primera cita. El lugar estaba engalanado con flores silvestres y luces colgantes, y el olor a lavanda y jazmín lo envolvía todo. Los invitados —apenas cuarenta personas— ocupaban unas sillas blancas dispuestas en semicírculo alrededor de un pequeño altar adornado con hojas de eucalipto.
Alicia apareció radiante, vestida con un sencillo traje blanco de encaje y un ramo de margaritas silvestres. Caminó hacia el altar del brazo de Clara, que no podía dejar de llorar. Diego esperaba al otro lado, con Max —que también llevaba un lazo blanco en el arnés— y Elena como madrina de honor.
La ceremonia fue emotiva, breve y llena de significado. Intercambiaron votos escritos por ellos mismos, en los que hablaban de música y dibujo, de luces y sombras, de cómo el amor podía construir puentes donde antes solo había muros. Cuando llegó el momento del beso, Max ladró, y todo el mundo rió.
El banquete fue en el propio jardín, bajo una carpa decorada con guirnaldas. La música corrió a cargo de un cuarteto de cuerda —amigos del conservatorio— que interpretó piezas de Diego arregladas para la ocasión. El vals nupcial fue «Luz en tus manos», y cuando los novios salieron a la pista, no hubo un solo ojo seco en toda la celebración.
—¿Estás llorando? —preguntó Diego, notando la respiración entrecortada de Alicia.
—Un poco. De felicidad.
—Yo también.
Bailaron abrazados, con Max echado a un lado de la pista y las estrellas asomando sobre sus cabezas. No necesitaban ver el cielo para saber que estaba despejado. Lo sentían en el aire templado, en el silencio cómplice de la noche, en el latido de sus corazones acompasados.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Alicia.
—Lo que quieras. Todo.
—Pues quiero más de esto. Más viajes, más música, más dibujos. Más vida juntos.
—Entonces eso tendremos.