Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
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Capítulo 20
Capítulo 20
La sombra de Nico
Entonces, ¿quién estaba usando el cuerpo de su hermana?
Valentina no encontró respuesta.
Leonardo sí encontró otra clase de respuesta en Grupo Montero.
El informe de auditoría llegó a las nueve de la mañana: los registros de cámaras del piso de Recursos Humanos habían sido alterados. No borrados con torpeza, sino cortados con precisión quirúrgica. La manipulación apuntaba al subdirector administrativo, un hombre que llevaba seis años saludando a Leonardo con la misma sonrisa sudada.
Gabriel Ochoa estaba en la sala de juntas con la espalda recta y los ojos hundidos.
—Yo no toqué esos archivos —dijo.
—Ya lo sé —respondió Leonardo.
Gabriel tragó saliva.
No era alivio.
Era el cuerpo intentando creer en el alivio.
Nicolás Sierra dejó una carpeta sobre la mesa.
—El subdirector afirma que recibió instrucciones por correo interno. Estamos rastreando la cuenta.
Leonardo no miró la carpeta.
Miró a Nicolás.
—Sal.
Nicolás se detuvo.
—¿Señor?
—Todos salen.
La sala se vació en silencio. Gabriel fue el último en levantarse, pero Leonardo lo detuvo con un gesto.
—Tú te quedas.
Nicolás sonrió apenas.
—Por supuesto.
La puerta se cerró.
Sofía, sentada junto a la ventana con un vaso de café, levantó una ceja.
—Qué dramático. Me gusta cuando las juntas parecen interrogatorio.
Leonardo abrió el expediente.
El subdirector tardó doce minutos en quebrarse por videollamada.
No conocía al autor intelectual.
Solo recibió instrucciones desde una cuenta temporal, pagos en criptomonedas y una promesa de ascenso si Gabriel caía. Había alterado cámaras, firmado informes falsos y apuntado todo hacia Recursos Humanos.
—¿Quién te contactó? —preguntó Leonardo.
—No lo sé, señor. De verdad. Solo decía que venía de arriba.
—Todo cobarde dice eso.
Sofía bebió café.
[No sabe porque es peón. El protagonista masculino no se ensucia las manos al principio. Primero se esconde en Grupo Montero, gana la confianza de Leo, usa a empleados intermedios, destruye a Gabriel y luego, cuando vuelve a la familia Carranza con apellido nuevo, actúa como si siempre hubiera nacido para mandar.]
Leonardo no se movió.
Carranza.
Apellido nuevo.
Hombre infiltrado.
De confianza.
Nicolás Sierra.
Su asistente.
El hombre cuya madre enferma había recibido ayuda de Leonardo años atrás.
El hombre que conocía sus horarios, su firma digital, sus puntos ciegos.
Gabriel miraba la pantalla con los puños apretados.
—Yo casi pierdo todo por esto.
—No lo vas a perder —dijo Sofía.
Leonardo cerró la laptop.
—El subdirector queda denunciado. Gabriel, recuperas tu puesto con auditoría externa durante noventa días.
Gabriel se puso de pie.
—Señor Montero...
—Trabaja bien.
—Sí, señor.
Cuando Gabriel salió, Nicolás esperaba en el pasillo.
Perfecto.
Paciente.
Como si no hubiera sido expulsado de una sala donde antes entraba sin tocar.
—¿Todo resuelto? —preguntó.
Leonardo pasó junto a él.
—Temporalmente.
—Si necesita que revise comunicaciones antiguas...
—No.
Nicolás inclinó la cabeza.
El gesto fue impecable.
La voz también.
—Entiendo. Señor Montero, sé que estos días han sido difíciles. Solo quiero recordarle que mi lealtad está con usted. Si no fuera por usted, mi madre no habría recibido tratamiento cuando yo no tenía nada.
Leonardo se detuvo.
Había una época en que esa frase habría funcionado.
Ahora solo sonó ensayada.
—Tómate una semana de descanso.
Nicolás levantó la vista.
—¿Descanso?
—Pagado.
—No hace falta. Puedo seguir...
—Fue una instrucción.
Nicolás bajó la cabeza.
—Sí, señor.
Sofía salió detrás de Leonardo y miró a Nicolás con una sonrisa amable.
[Ay, Nico. Qué feo cuando el benefactor empieza a cerrar puertas. Debe doler. Aunque supongo que no tanto como vivir pensando “¿por qué Leo nació con todo y yo tuve que agradecer migajas?”. Tranquilo, ya casi llega tu papá biológico a ofrecerte apellido Carranza y veneno a partes iguales.]
Nicolás sintió que el mundo se estrechaba aunque no hubiera oído nada.
Leonardo sí lo oyó.
Y dejó de dudar.
En el estacionamiento, Sofía caminaba hacia el coche cuando una mujer se separó de una columna.
Traje color vino.
Tacones precisos.
Sonrisa profesional.
Lorena Campos.
—Señorita Reyes.
Sofía suspiró.
—Lirio Entertainment debería invertir en hobbies.
Lorena no perdió la sonrisa.
—Vengo por un asunto contractual.
Leonardo se colocó a un lado de Sofía.
—Habla con jurídico.
—Este contrato lo firmó la señorita Reyes antes de su compromiso con Grupo Montero. Tiene una cláusula de exclusividad artística, penalización por incumplimiento y daños de imagen. Tres millones de pesos.
Sofía tomó el documento.
La firma era suya.
La memoria del cuerpo la reconoció antes que ella.
[Ah, claro. Vale me llevó a “firmar papeles para una audición benéfica”, puso hojas en blanco entre formularios y me dijo que era trámite familiar. Yo, la Sofía original, firmé como idiota porque mi hermana perfecta no podía hacerme daño. Tres millones por respirar sin permiso. Qué bonito.]
Leonardo leyó el contrato sobre su hombro.
Su rostro se volvió de piedra.
—Eso no se sostiene.
—Puede discutirlo un juez —dijo Lorena—. Mientras tanto, podemos volver a poner a la señorita Reyes en tendencias.
Sofía levantó la vista.
—Qué ganas de repetir errores.
Lorena inclinó la cabeza.
—La diferencia es que ahora tenemos papel.
Sofía dobló el contrato con cuidado.
—Perfecto.
Leonardo la miró.
—¿Perfecto?
—Sí. Si Vale usó a Lirio para amarrarme, entonces Lirio me debe pertenecer por daños emocionales, estéticos y de paciencia.
Lorena parpadeó.
—Eso no existe.
—Todavía.
Sofía le devolvió el contrato.
—Dile a Valentina que prepare a Joaquín. Tres millones no los voy a pagar yo. Los va a pagar el amor no correspondido.
Lorena frunció el ceño.
—No entiendo.
—Mejor. Así se te nota menos el miedo.
Leonardo abrió la puerta del coche.
Antes de subir, Sofía miró a Lorena por encima del hombro.
—Y si vuelves a amenazarme con tendencias, recuerda que yo también sé publicar videos a las tres de la mañana.
Lorena se quedó sola en el estacionamiento, con el contrato doblado en la mano.
En el piso ejecutivo, Nicolás entró a una sala vacía.
Cerró la puerta.
Sacó otro teléfono, uno que no estaba registrado a su nombre.
Escribió a un número sin guardar:
'Ya no confía en mí.'
La respuesta llegó casi de inmediato:
'Entonces acelera.'