Durante tres años, Adrián creyó encontrar la familia que soñó. Huérfano, se casó con Valeria y permitió que su suegra Rosa y su cuñado Diego vivieran en su penthouse. Les dio comodidad, dinero y estuvo dispuesto a regalarles una propiedad. Pero la gratitud desapareció cuando Diego anunció su boda y la familia decidió echar a Adrián de casa, tratándolo como un esposo inútil.
El robo de la reliquia de jade de su madre rompe la ilusión de Adrián. En silencio, reúne pruebas, activa a su abogado y deja de proteger a quienes durante años se aprovecharon de él. Lo que sigue será una caída, una batalla legal y la revelación de una verdad que cambiará sus vidas.
Pero la venganza no puede devolverle los años perdidos. Después de destruir las mentiras de los Vega, Adrián deberá enfrentar una batalla más difícil: aprender a vivir sin miedo a estar solo.
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La nueva amenaza
Pasaron seis meses. Mateo no solo recuperó su vida: tomó las riendas de la empresa de su padre con mano firme y visión clara. Las tiendas se multiplicaron, su fortuna creció, pero lo más valioso que recuperó fue su paz. La pulsera de zafiro brillaba siempre en su muñeca, recordándole de dónde venía y quién era.
Mientras tanto, los Vega se hundían en la miseria que ellos mismos se buscaron. Sin el dinero de Mateo, sin techo, sin contactos, vivían hacinados en un cuarto alquilado en las afueras de Arequipa. Camila trabajaba de limpieza, Leo no conseguía empleo, Sofía maldecía su suerte todos los días. Y en medio de esa desesperación, se les ocurrió la idea más ruin de todas.
Una tarde, Mateo estaba revisando cuentas en su oficina cuando la puerta se abrió de golpe. Entró Camila. Y al verla, Mateo frunció el ceño: llevaba una mano sobre su vientre, y se notaba claramente embarazada, con una barriga prominente.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, sin levantarse.
Ella se acercó despacio, con una mezcla de sufrimiento fingido y desafío.
—Vengo a decirte algo que no podrás ignorar. Esto que llevo aquí es tuyo. Es tu hijo. Mateo, vamos a ser padres. Y no puedes negarnos. Nos debes todo. Una casa, dinero, un apellido... ¡lo que le corresponde a mi hijo!
Mateo la observó en silencio, sin alterarse, sin asombro. La miró de arriba abajo, deteniéndose en esa barriga que de repente apareció cuando ya no tenía nada más que sacarle.
—¿Mío? —dijo con voz serena, fría—. ¿Y cómo estás tan segura?
—¡Porque lo sé! —gritó ella, golpeando el escritorio—. ¡Es tuyo! ¡Nadie más que tú! ¡Y vas a cumplir con tu deber! ¡Vas a volver conmigo! ¡Vamos a ser una familia!
Mateo negó con la cabeza, sin rastro de duda.
—No te creo nada, mujer. Eres capaz de cualquier mentira con tal de conseguir dinero. Ya te conozco. Y no voy a caer en tu juego.
—¡No es mentira! —lloró ella, fingiendo desesperación—. ¡Es tu hijo! ¡Tienes que creerme!
—Hagámoslo claro —dijo él, firme—. Cuando nazca ese niño, nos haremos la prueba de ADN. Y si es mío, asumiré mi responsabilidad. Pero si no lo es... olvídate de mi nombre, de mi dinero y de mi vida. Porque esta vez, la mentira te costará carísimo.
Camila palideció un instante, pero su codicia fue más fuerte.
—¡Bien! ¡Haz la prueba! ¡Y cuando salga positivo, te arrepentirás de haberme dudado! ¡Nos vas a dar todo! ¡Todo lo que nos quitaste!
Se dio la vuelta y salió de la oficina, convencida de que había ganado. Mateo la vio irse y susurró para sí mismo:
—No sabes quién es el padre de ese niño, ¿verdad? Pero de algo estoy seguro... no soy yo.
Al cerrar la puerta, Mateo permaneció unos segundos en silencio. No sabía qué estaba tramando Camila, pero ya no sentía miedo. Había aprendido que cada amenaza escondía una elección: creer o comprobar. Y esta vez no cometería el mismo error. Si realmente había un niño, él conocería la verdad. Y si todo era otra mentira, sería la última que permitiría entrar en su vida.