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Desprecié al ciego que hoy es millonario

Desprecié al ciego que hoy es millonario

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Doctor / Maltrato Emocional / Malentendidos / Reencuentro / Enfermizo / Completas
Popularitas:41.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.

Seis años después, todo se invirtió.

Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.

—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.

Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.

Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.

Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?

Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?

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Capítulo 8

Capítulo 8: El perro de la fiesta

El salón de eventos resplandecía de candelabros y dinero. Meseros de guante blanco circulaban con charolas de plata, y el aire olía a perfume caro y a negocios cerrándose en voz baja. Renata avanzaba del brazo de Rodrigo con un vestido prestado y una sonrisa pintada que le costaba la vida sostener, contando los minutos para que terminara la hora que había negociado. Cada mujer de ese salón llevaba encima el sueldo de un año suyo. Ella había sido de ese mundo, alguna vez. Ahora lo cruzaba como una intrusa, otra vez, midiendo la salida más cercana por costumbre.

—Recuerda —le murmuró Rodrigo al oído, sin dejar de saludar a derecha e izquierda—. Sonríes, eres encantadora, y no abres la boca a menos que yo te lo diga. Hoy me firman el contrato y tú eres parte del decorado. Ahí está. Vamos.

La condujo hacia el centro del salón, donde un grupo de hombres de traje rodeaba a uno solo.

Max.

Renata sintió que el piso se inclinaba. Él la vio acercarse del brazo de Rodrigo, y algo se endureció en su mandíbula, algo peligroso, aunque la cara siguió siendo de mármol.

—Señor Montenegro. —Rodrigo extendió la mano, untuoso—. Rodrigo Bracamonte. Es un honor. Permítame presentarle a mi… acompañante.

—Nos conocemos. —Max no le estrechó la mano. Sus ojos estaban en Renata—. Doctora Salas.

Rodrigo parpadeó, descolocado.

—¿Se conocen?

—Es mi médica de cabecera. —Max dejó caer la frase como una piedra—. Trabaja para mí.

El rostro de Rodrigo pasó por tres colores. Trabaja para él. Su exmujer, la mujer que él creía tener amarrada con una deuda y un divorcio, trabajaba para el hombre más poderoso de la mesa. Las cifras empezaron a girarle detrás de los ojos: si Renata tenía acceso a Montenegro, si Montenegro la protegía, entonces todos sus planes de volver a someterla se complicaban. Y, peor aún, una sospecha vieja le clavó la uña: ¿qué tan de cabecera era esa doctora?

Antes de que pudiera digerirlo, una mano de uñas rojas se enredó en el brazo de Max.

—Maxi, amor, te estaba buscando. —Ariadna apareció de la nada, pegándosele al costado, marcando territorio para todo el salón—. No me dejes sola tanto rato. —Le dirigió a Renata una sonrisa de cuchillo—. Ay, pero si es la doctora. Qué sorpresa encontrarte aquí. ¿También vienes de adorno?

Renata esperó. Esperó a que Max se quitara esa mano de encima, a que aclarara, a que dijera algo.

Max no dijo nada. Dejó que Ariadna se le colgara del brazo y la miró a ella, a Renata, fijamente, midiendo su reacción con una frialdad calculada.

Y a Renata se le clavó una astilla de celos tan absurda, tan injusta, que casi se le escapó en la cara. Porque no tenía ningún derecho. Porque ella misma lo había empujado a los brazos de cualquiera. Pero el cuerpo no entendía de razones: recordó, de golpe, las manos de ese hombre en su cintura hacía seis años, su risa contra su cuello, las noches en que no tenían nada y lo tenían todo, cuando compartían un solo plato de tacos en la banqueta y eran más ricos que nadie en esa mesa de candelabros. Y verlo ahora dejarse abrazar por Ariadna, prestarle el brazo a otra como si fuera lo más natural del mundo, le revolvió algo viejo y doloroso que creía enterrado.

"No es tuyo", se dijo. "Tú lo regalaste. No tienes derecho a esto." Pero el nudo en la garganta no le hizo caso.

Lo peor fue darse cuenta de que Max la miraba. Que había montado todo aquello —la mano de Ariadna, su propio silencio— para ver exactamente eso: si todavía le dolía. Y le dolía. Y él lo había visto.

—Con permiso. —La voz le salió tensa—. No me siento bien. Necesito aire.

Se dio la vuelta y caminó rápido hacia las puertas que daban al jardín, antes de que alguien viera lo que tenía en los ojos.

Ariadna la siguió con la mirada, y luego se inclinó hacia Rodrigo con una sonrisa nueva.

—¿Quieres saber un secreto, Bracamonte? —murmuró—. Tu exmujercita y Maximiliano fueron novios. Hace años. Estuvo loca por él, y él por ella, hasta que ella lo dejó tirado. Por eso él anda así de raro contigo. No es la doctora. Es ella.

Rodrigo apretó la copa. Así que era cierto lo que había sospechado. No era solo trabajo. Había historia. Y la historia, en su experiencia, siempre podía volver a encenderse.

—Lo había notado —dijo entre dientes—. Cómo la mira.

—Por eso te lo digo. —Ariadna le deslizó una tarjeta entre los dedos—. Tú y yo queremos lo mismo, ¿no? Tú la quieres de vuelta, con todo y deuda. Yo lo quiero a él, libre de esa cualquiera. Y esa mujer nos estorba a los dos. Solos no podemos. Juntos… —sonrió— juntos somos otra cosa. Llámame.

Rodrigo miró la tarjeta. Después miró hacia el jardín, hacia la silueta de Renata recortada contra la noche, sola, vulnerable, y una sonrisa lenta y fea se le extendió por la cara. Toda la rabia de sentirse menos esa noche, de que le restregaran que su exmujer pertenecía al mundo de los Montenegro y no al suyo, se le condensó en un solo deseo: hacerla pagar.

—Va a ser un placer hacer negocios contigo, Ariadna.

Sellaron el pacto con un brindis. Y ninguno de los dos vio que, al otro lado del salón, Max ya no encontraba a Renata por ninguna parte, y empezaba a buscarla con los ojos.

Afuera, el aire de la noche le devolvió a Renata algo de cordura. Se apoyó en el barandal de piedra, lejos del ruido, respirando hondo, ordenándose a sí misma no sentir lo que sentía. "Una hora. Solo una hora más. Por las medicinas de la abuela." Se frotó las sienes.

No oyó los pasos del mesero. No vio que Ariadna, desde la puerta, le deslizaba unos billetes en el bolsillo del uniforme y le señalaba con el mentón la reja del fondo, donde un perro de guardia, enorme, de mandíbula ancha, tiraba de su cadena.

Solo oyó el chasquido del candado al soltarse. Y luego el gruñido.

Cuando se giró, el animal ya venía hacia ella a toda carrera, los ojos en blanco, los dientes desnudos. Renata alcanzó a levantar el brazo para proteger la cara —puro instinto de médica, salvar lo vital— y los colmillos se le cerraron en la muñeca con un dolor blanco, cegador. Sintió el desgarro de la piel, el calor de su propia sangre corriéndole por el antebrazo, y el peso de la bestia tirándola contra el suelo de piedra.

Gritó. El perro apretó más, sacudiendo la cabeza, y un dolor nuevo le subió hasta el hombro. A unos metros, el mesero miraba sin moverse, los billetes de Ariadna todavía calientes en el bolsillo. Nadie más salió. La música seguía sonando adentro, ajena, brillante, mientras a ella la destrozaban en la oscuridad del jardín.

Y entonces, entre el zumbido del dolor, oyó su nombre rugido por una voz que ella conocía mejor que la suya propia.

—¡RENATA!

Max cruzó el jardín como una tromba. Arrancó de cuajo un soporte de hierro de una de las antorchas decorativas y lo descargó sobre el lomo del animal, una vez, dos, con una furia que no tenía nada de calculada, hasta que el perro la soltó con un aullido y se desplomó.

Después cayó de rodillas junto a ella.

—Rena. Rena, mírame. —Le sostenía el brazo sangrante con las dos manos, y por primera vez en seis años toda la máscara se le había caído de la cara; era puro pánico, puro amor sin disfraz—. Mírame, por favor. Estoy aquí. Ya estoy aquí.

—Max… —Le castañeteaban los dientes—. La muñeca…

—No hables. —Se quitó el saco, le envolvió el brazo con él, apretando para cortar la hemorragia con una precisión que la sorprendió, y la levantó del suelo en vilo, pegándola a su pecho como quien carga lo único que le importa en el mundo—. Te tengo. No te voy a soltar. Nunca más te voy a soltar, ¿me oyes?

—Vas a estar bien —seguía diciendo él, más para sí mismo que para ella, con la voz quebrada—. Es la muñeca, no tocó la arteria, lo revisé, vas a estar bien. Aguanta. Mírame y aguanta.

Y Renata, mareada por el dolor, con la mejilla contra su pecho y el corazón de él golpeando desbocado bajo su oído, pensó una sola cosa, una cosa terrible y prohibida: que en seis años nadie la había sostenido así. Que se había olvidado de lo que era que alguien tuviera miedo de perderla.

La llevó en brazos hacia la salida, atravesando el jardín a grandes zancadas, mientras la sangre de ella le manchaba la camisa blanca y a él no le importaba en lo más mínimo. Detrás quedaron los candelabros, los inversionistas, el contrato sin firmar; Max lo había abandonado todo en mitad del salón sin volver la vista, y los empresarios murmuraban, porque acababan de ver al hombre de hielo derretirse delante de doscientas personas.

Y bajo el marco de la puerta, oculta entre las sombras, Ariadna levantó el teléfono.

El flash parpadeó una sola vez en la oscuridad, congelando la imagen: Maximiliano Montenegro, el hombre de hielo, cargando entre sus brazos a la exmujer de Rodrigo Bracamonte, con la cara descompuesta de un hombre enamorado.

Ariadna sonrió, adjuntó la foto y empezó a escribir el mensaje para Rodrigo:

"Mira cómo carga a TU exmujer. ¿Todavía crees que es solo su doctora? Te dije que nos estorbaba. Hora de movernos, socio."

El envío se marcó como entregado. Y al otro lado de la ciudad, en algún coche con chofer, un teléfono empezó a vibrar.

1
Maria E Benitez
hay no ya me aburrí de lo mismo , no leo más al menos que sea diferente
Noris Edith Moreno Labastide
Ya esto se volvió una monotonía /Awkward/
Noris Edith Moreno Labastide
Ya me kbrie otra ves lo mismo
Graciela Mauchiere
la verdad media novela tirada al tacho....ahora de nuevo ja
Zoila
This!!! Tan real
Zoila
Mujer ya, me desesperas 🥹
Zoila
Pinche Gabriel venenoso, Renata no le hagas caso.
Blanca Ordaz
ya trilla en lo mismo y la protagonista no tiene el valor de decirle la verdad se repite lo mismo y el que no puede soltarla
Blanca Ordaz
creo que la escritora secuatrapio toda porque se supone que ya veía. cuando se volvieron a ver no entiendo está trama
Cliente anónimo
Inmadura.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭
Cliente anónimo
No entiendo ! Ya no veía pues ! Cuando la vio con el ex esposo ! Luego en su casa ! Después cuando Pelio con los 7 hombres ! No sé cómo sale ahora que la ve después de 6 años ciego !!
matyy
omggg
Graciela Saiz
pero si el ya veía! no es que estuvo seis años años , si verla , o peleo con siete hombres estando ciego 🤔
Graciela Saiz
Ay no ! que estrés! se les viene el cielo abajo?😭
Graciela Saiz
Ay no autora 🥺los vas a separar 😭
Graciela Saiz
no me digas que está enferma 🥺
Graciela Saiz
interesante 😉
Xochitl Rayas
Excelente
Carmen Malpica
Espectacular
MaReyanaga Maldonado
disculpen como se llamó la primera historia por favor me dicen 05 / 06/26
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