Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 12
Emilia llegó a la torre de Grupo Mendoza a la una de la tarde con una lonchera térmica y la sensación de estar entrando a un país extranjero.
El lobby era de mármol oscuro con el logo del grupo en acero cepillado: una M estilizada que parecía más monumento que letra. Un guardia de seguridad revisó su identificación, llamó por teléfono, y le asignó una escolta que la llevó al elevador ejecutivo — uno que no tenía botones intermedios y subía directo al piso treinta y dos.
Ramón la esperaba arriba.
—Señorita Velasco. —La saludó con una inclinación mínima—. El señor Mendoza está en junta. ¿Desea esperarlo en su oficina?
—No quiero molestar. Solo vine a dejarle el almuerzo. Lo olvidó en la barra.
—No es molestia. Sígame.
La oficina de Sebastián era exactamente lo que Emilia habría imaginado y al mismo tiempo lo contrario. Espaciosa, minimalista, con un escritorio de madera oscura que no tenía nada encima excepto una laptop, un vaso de agua y un portarretratos. Emilia se acercó al portarretratos. La foto era de los dos patriarcas — Don Augusto y Don Alberto — jóvenes, de traje, levantando una copa en lo que parecía una inauguración de los años ochenta.
No había foto de ella. No había foto de nadie más.
Ramón le ofreció café. Ella aceptó. Se sentó en el sillón de visitas y esperó, con la lonchera en las piernas, sintiéndose absurdamente fuera de lugar entre tanto mármol y tanto silencio.
A los diez minutos, la puerta de la sala de juntas se abrió al fondo del pasillo. Voces. Pasos. Hombres de traje saliendo con carpetas bajo el brazo y expresiones de haber sobrevivido algo.
La voz de Sebastián llegó antes de que él apareciera.
—El plazo es viernes. Si no está listo, busquen a alguien que sepa terminarlo.
El tono era irreconocible. No era la voz que le decía "ve a dormir" o "no comas tan rápido." Era un instrumento de precisión — frío, filoso, sin un gramo de emoción que no fuera intencional. Emilia se asomó al pasillo.
La sala de juntas tenía paredes de cristal. Sebastián estaba de pie a la cabecera de una mesa larga rodeado de ejecutivos que le doblaban la edad. Un hombre de cabello gris intentó objetar algo — Emilia no escuchó qué — y Sebastián lo miró. Solo lo miró. Sin hablar. Cinco segundos. El hombre cerró la boca, asintió, y tomó sus papeles.
Ramón apareció a su lado.
—Siempre es así —dijo en voz baja, como si leyera su expresión—. Hasta los herederos de otras familias se agachan cuando habla.
Emilia tragó saliva. El hombre que le ataba los zapatos cada mañana, que le cocinaba pasta sin picante, que guardaba un tejocote en el bolsillo de su camisa — ese hombre hacía callar ejecutivos con una mirada.
La junta terminó. Los hombres de traje salieron como soldados después de una revista — aliviados, apurados, sin mirarse entre sí. Sebastián salió al último. Caminó por el pasillo con la corbata perfecta y la mandíbula relajada de alguien que no había necesitado esforzarse.
Entonces la vio.
La transformación fue instantánea. No dramática — Sebastián no era dramático — pero visible para cualquiera que supiera mirarlo. La línea de los hombros bajó un milímetro. La tensión de la mandíbula se aflojó. Los ojos perdieron el filo quirúrgico y se volvieron… otra cosa. Algo que solo aparecía cuando la miraba a ella.
—¿Comiste? —dijo, como si no acabara de hacer temblar a una sala llena de ejecutivos.
—Vine a traerte TU almuerzo —dijo Emilia, levantando la lonchera—. Lo olvidaste en la barra.
—Comemos juntos entonces.
Le quitó la lonchera de las manos con una y la tomó del brazo con la otra. La llevó a su oficina. Cerró la puerta. Un asistente que pasaba por el pasillo se detuvo en seco — había visto al CEO caminar del brazo de una joven con tenis y una cola de caballo y sonreír. Sonreír. El asistente decidió que probablemente lo había imaginado.
Comieron en el escritorio de Sebastián. Emilia sentada en el sillón ejecutivo — él insistió — y él en la silla de visitas, con la lonchera entre los dos sobre el escritorio de madera oscura que valía más que un semestre de la ANBA.
—Tu oficina es aterradora —dijo Emilia, masticando un trozo de pollo.
—¿Por qué?
—Porque no tiene nada. Es como un quirófano con vista al Periférico.
—No necesito cosas para trabajar.
—Ni una planta. Ni un cuadro. Nada.
Sebastián la miró. Algo se movió detrás de sus ojos — una idea, un cálculo, algo que decidió guardarse.
—Puedo poner una planta —dijo.
—¿En serio? ¿Sebastián Mendoza con una planta en la oficina? No te creo.
—Si tú lo pides, pongo una planta.
La frase fue simple. Directa. Sin adorno. Pero el peso de lo que implicaba — que él reorganizaría un espacio que llevaba años siendo exactamente como quería solo porque ella se lo pidiera — se quedó flotando entre los dos como el olor del pollo tibio.
—Pon un cuadro también —dijo Emilia, bajando la mirada al plato—. Algo con color. Esto parece una cárcel de lujo.
A la semana siguiente, Ramón le mencionaría a Emilia por mensaje que el señor Mendoza había mandado instalar un cuadro en su oficina. Un grabado japonés ukiyo-e de Hokusai — olas azules sobre fondo dorado. Y una planta de jade en la esquina del escritorio.
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Esa noche, Emilia estaba en el taller a las dos de la mañana. El fénix de cedro rojo exigía su atención — la cola tenía diecisiete plumas y cada una necesitaba una curvatura diferente. La gubia Pfeil número siete entraba en la madera como si conociera el camino, y Emilia se perdía en ese diálogo entre acero y fibra, olvidando la hora, el cansancio, las reglas.
La luz del pasillo se encendió.
—¿Qué hora es? —dijo Sebastián desde la puerta del taller. Bata, pelo revuelto, los ojos todavía medio cerrados de sueño.
Emilia miró el reloj de su teléfono. Las 2:17 AM.
—Ay.
—¿Cuál era la tercera regla?
—Dormir antes de la una —dijo, con voz de niña atrapada robando galletas.
—Son las dos. Es la segunda vez esta semana.
Emilia sostuvo la gubia con más fuerza, como si la pieza de cedro pudiera protegerla del sermón que venía. Sebastián cruzó el taller, le quitó la gubia de las manos con una suavidad que contradecía la severidad de su expresión, y la guardó en el estuche. Cerró el estuche. Le puso la mano en el hombro.
—La pieza puede esperar. Tu salud no.
No era una sugerencia. Era una sentencia disfrazada de cariño. Emilia se dejó guiar fuera del taller, por el pasillo, hasta la puerta de su habitación. Sebastián la miró hasta que entró, hasta que la puerta se cerró, hasta que la luz de adentro se apagó.
En su cama, Emilia miró el techo. Se preguntó en qué momento había dejado de molestarle que alguien le dijera cuándo dormir. Se preguntó en qué momento la voz de Sebastián Mendoza se había convertido en algo que obedecía sin pensarlo — no por miedo, no por costumbre, sino por algo más difícil de nombrar.
Se durmió antes de encontrar la respuesta. En el pasillo, la luz se apagó quince minutos después — cuando Sebastián finalmente se convenció de que esta vez sí iba a dormir.