Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.
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El amor Imposible
La corte era un escenario de sonrisas cuidadosamente ensayadas.
Cada reverencia ocultaba una ambición.
Cada elogio escondía una intención.
Y yo, reina de Inglaterra, me había convertido en la mejor actriz de todas.
Sonreía cuando debía hacerlo. Caminaba con la cabeza erguida. Escuchaba a los embajadores, asistía a banquetes y acompañaba al rey en interminables ceremonias. Sin embargo, bajo la pesada corona, mi corazón se sentía cada vez más solo.
Fue en uno de aquellos días cuando volví a reparar en Thomas Culpeper.
Ya lo había visto antes entre los caballeros del séquito real. Era un hombre de presencia serena, observador y prudente. No destacaba por hablar más que los demás, sino por la forma en que parecía comprender el silencio.
Nuestros ojos se encontraron apenas un instante durante una recepción.
Fue un gesto fugaz.
Lo suficiente para que ambos apartáramos la mirada de inmediato.
No debía significar nada.
Y, sin embargo, durante el resto de la noche descubrí que volvía a buscarlo entre la multitud.
Los días siguientes coincidimos varias veces en los jardines del palacio, en las galerías y durante las cacerías organizadas por el rey.
Nunca estábamos solos.
Siempre había damas, guardias o consejeros alrededor.
Pero bastaban unas pocas palabras para romper la monotonía de mi vida.
—Vuestra Majestad parece disfrutar de los rosales —comentó una tarde mientras caminábamos junto al resto del séquito.
—Las rosas tienen espinas. Me recuerdan que incluso la belleza necesita defenderse.
Thomas sonrió con discreción.
—Quizá también recuerdan que las flores más admiradas suelen ser las más frágiles.
Aquellas palabras permanecieron conmigo mucho después de que la conversación terminara.
Nadie me había hablado de aquella manera desde hacía años.
No veía únicamente a la reina.
Parecía mirar a la mujer que existía detrás del título.
Comencé a esperar aquellos encuentros casuales.
Si coincidíamos en un corredor, intercambiábamos unas pocas frases.
Si el rey organizaba un paseo, mi corazón se aceleraba al descubrir que Thomas formaba parte del grupo.
No había promesas.
No había confesiones.
Solo una cercanía silenciosa que crecía con cada conversación.
Una tarde de lluvia nos refugiamos bajo la galería cubierta que daba al jardín interior.
Las demás personas habían seguido caminando.
Durante unos breves minutos permanecimos observando cómo las gotas golpeaban las fuentes de mármol.
—¿Sois feliz, Majestad? —preguntó con voz tranquila.
La pregunta me sorprendió.
Todos me preguntaban si estaba cansada, si necesitaba algo o si deseaba organizar otro banquete.
Nadie me preguntaba aquello.
Guardé silencio.
Finalmente respondí con sinceridad.
—Algunas veces lo intento.
Thomas no añadió nada.
Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si comprendiera que existían respuestas demasiado dolorosas para decirlas en voz alta.
Fue entonces cuando entendí que aquel vínculo era peligroso.
No porque hubiera ocurrido algo prohibido.
Sino porque comenzaba a confiar en él.
Y una reina no podía permitirse confiar tan fácilmente.
Aquella noche escribí en mi diario.
"El corazón es un traidor silencioso. Se acerca a quien le ofrece comprensión, aunque la razón le ordene mantenerse distante."
Sabía perfectamente quién era.
Era la esposa del rey de Inglaterra.
El destino me había colocado junto a Enrique VIII, un hombre que me colmaba de honores y esperaba de mí lealtad absoluta.
No podía permitirme alimentar sentimientos que jamás tendrían un futuro.
Sin embargo, cuanto más intentaba ignorar a Thomas, más presente estaba en mis pensamientos.
A veces bastaba escuchar su nombre para sentir un extraño temblor.
Otras veces era suficiente recordar una conversación para que el peso de la corona pareciera un poco menos insoportable.
Pero aquella esperanza nacía bajo el peor de los presagios.
La corte observaba cada gesto.
Los rumores crecían con rapidez.
Y yo comenzaba a comprender que algunos sentimientos, por inocentes que fueran al principio, podían convertirse en la ruina de una reina.
Sin saberlo, estaba dando el primer paso hacia un camino del que ya no sería posible regresar.