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El Último Refugio De Las Montañas De Gangwon

El Último Refugio De Las Montañas De Gangwon

Status: En proceso
Genre:Aventura / Apocalipsis / Fantasía LGBT
Popularitas:150
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Durante diecisiete años, Woo-jin ha vivido sin salir casi nunca de su propiedad, cumpliendo cada enseñanza y promesa que le dejó su padre antes de fallecer: cuida los huertos, prepara remedios con hierbas de la zona, mantiene las defensas y nunca revela que puede transformarse. Cree que el mundo sigue igual hasta que empieza a ver humo en el horizonte, encuentra animales muertos con marcas extrañas y descubre visitantes que no deberían estar ahí. Al abrir por fin la zona sellada del sótano, lee los informes completos: el virus de la Niebla Gris se extendió hace meses, la corporación Hanbiotech busca apoderarse de su investigación y él lleva todo este tiempo completamente aislado sin saberlo. Ahora deberá poner a prueba todo lo que aprendió, usar su secreto por primera vez y proteger su hogar con sus propias manos.

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Capítulo 4: El humo en el horizonte

La noche había sido larga y casi sin descanso. Cuando el sol comenzó a asomar tímidamente entre las cumbres, Choi Woo-jin ya estaba de pie frente a la ventana que daba hacia el sur, la dirección por donde bajaban los caminos que conectaban la montaña con los pueblos y ciudades de la zona. Después de lo que vio ayer, no podía quedarse quieto esperando sin hacer nada.

Esta vez decidió que no saldría tal como era habitualmente. Se fue al rincón apartado del jardín, respiró profundo, se concentró y sintió cómo su cuerpo cambiaba poco a poco: sus rasgos se suavizaron, su largo cabello se alargó aún más y su apariencia se transformó en la de aquella chica que también era él. Su padre le había enseñado que a veces esa forma servía mejor: para pasar inadvertido, para que los animales no desconfiaran tanto, o para sorprender a quien intentara hacerle daño. Conservaba exactamente la misma fuerza, la misma puntería y la misma destreza, solo que con otro aspecto.

Se preparó con mucho cuidado: revisó que su arco estuviera bien tensado, contó las flechas una por una, metió en su bolsa un frasco con agua, un poco de pan seco, su navaja más afilada y el pequeño cuaderno donde anotaba todo lo que observaba. Salió sin hacer el menor ruido. Su intención era subir hasta el punto más alto de la cresta que dominaba toda la vista: desde allí, si algo ocurría a lo lejos, podría verlo sin necesidad de acercarse peligrosamente.

El camino cuesta arriba era empinado y lleno de raíces y piedras resbaladizas, pero él lo conocía de memoria, lo había recorrido cientos de veces junto a su padre mientras le enseñaba a reconocer el clima y las distancias. Estando así, se movía con una agilidad distinta, esquivando ramas y piedras casi sin tocarlas. Sin embargo, esa mañana el trayecto se sintió diferente: el silencio seguía siendo pesado, solo roto por el crujir de sus propios pasos y el viento que soplaba con un olor extraño, a ceniza y algo quemado que no lograba identificar del todo.

Cuando finalmente llegó a la cima, se detuvo un momento para recuperar el aliento y luego alzó la mirada hacia el valle que se extendía kilómetros más abajo. Lo que vio le hizo dar un paso atrás, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.

A lo lejos, en el lugar donde debían verse los techos y las luces del pueblo más cercano, no había nada más que tres grandes columnas de humo negro y espeso que subían lentamente hacia el cielo gris. No parecía el humo de una chimenea ni de un incendio pequeño: parecía que todo el lugar llevaba mucho tiempo ardiendo. Y no era solo allí: si miraba con atención, podía distinguirse otras manchas oscuras más lejos, dispersas por toda la extensión del terreno que antes conocía tranquilo y habitado.

Se sentó en una roca plana y fría, sacó su vieja radio de mano que siempre llevaba consigo y la encendió con manos que temblaban levemente. Giró el dial despacio, una y otra vez, deteniéndose en cada frecuencia, esperando escuchar una voz, una orden, un mensaje de auxilio, cualquier cosa que le explicara qué estaba pasando. Pero lo único que recibía eran ruidos fuertes, chasquidos, estática y de vez en cuando palabras cortadas, ininteligibles: *...aislamiento obligatorio... no salgan... contaminación... no dejen entrar a nadie...*. Nada más claro, nada más completo.

Mientras observaba y esperaba, vio entre los arbustos un jabalí que también parecía actuar de forma extraña, torpe y agresivo. Al notarlo, el animal corrió hacia él. En lugar de volver a su apariencia, decidió actuar tal como estaba: tensó el arco con la misma firmeza de siempre, apuntó con calma y soltó la flecha que dio justo en el sitio necesario. Su padre tenía razón: en esta forma también sabía cazar y defenderse perfectamente, y a veces el enemigo o la presa no esperan ver esa figura preparada para la lucha.

Permaneció allí mucho tiempo, esperando que el humo se disipara o que alguna señal llegara, pero nada cambió. Al contrario, mientras pasaban las horas, el viento traía de vez en cuando ese olor a quemado y desolación con más fuerza. Recordó las enseñanzas de su padre: *“Si ves el humo sin ver fuego, si escuchas voces sin entenderlas, mantente alerta y no te confíes. Y recuerda: ninguna de tus dos formas es débil, ambas son tu escudo y tu espada”*. Pero esta vez era distinto: esto no era una tormenta ni un incendio forestal. Algo terrible había sucedido y nadie había venido a avisarle, nadie había subido hasta su refugio.

Bajó la montaña mucho más preocupado de lo que había subido. Al llegar a un lugar seguro y apartado, volvió poco a poco a su apariencia habitual y entró en casa guardando bien la presa que había conseguido. Se sentó frente al escritorio de su padre, marcó con un trazo oscuro el lugar donde había visto el humo y escribió detalladamente lo que había escuchado en la radio y lo que acababa de vivir. Trató de buscar alguna explicación en los libros que tenía a su alcance, pero nada coincidía con lo que sus ojos acababan de ver.

Por la tarde, cuando el sol ya empezaba a caer, volvió a mirar hacia el horizonte. El humo seguía allí, firme y oscuro. Se dio cuenta de que su aislamiento, que durante tantos años había sido su mayor protección, ahora se estaba convirtiendo en su mayor problema: mientras él seguía sin saber la verdad, el mundo fuera ya no existía tal como lo conocía. Y también entendió más que nunca que su capacidad de cambiar no era solo un secreto, sino la herramienta más importante que tenía para mantenerse vivo.

Colocó la radio cerca de su cama y la dejó encendida toda la tarde y toda la noche, con la esperanza de que en algún momento una voz clara le dijera qué debía hacer. Pero la radio solo seguía soltando ruidos, y el silencio de la montaña seguía rodeándolo todo.

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😈 Hunter. 😈
¡Me encantó!
¡Quiero más capitulos!. 🥰
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