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El Año En Que Dejamos De Respirar

El Año En Que Dejamos De Respirar

Status: Terminada
Genre:Romance / Maldición / Romance paranormal / Completas
Popularitas:565
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.

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Capítulo 7: El reloj de arena

Los padres de Nicolás volvieron una hora después.

Yo estaba sentada en el borde de la cama, con la cabeza apoyada en el hombro de Nicolás y los dedos enredados en los suyos. Habíamos estado en silencio la mayor parte del tiempo, escuchando el ruido del hospital al otro lado de la puerta. Era un silencio cómodo, de esos que no necesitan palabras.

Pero cuando Elena y Javier entraron, supe que algo había cambiado.

Elena tenía los ojos rojos. No había llorado, pero estaba a punto de hacerlo. Javier, por su parte, mantenía una expresión seria y contenida, con la mandíbula apretada y las manos temblorosas.

—¿Qué ha dicho el médico? —preguntó Nicolás, con una voz que intentaba sonar tranquila.

Elena abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. Fue Javier quien respondió.

—Han adelantado el pronóstico. —Se sentó en la silla con un suspiro que parecía pesar más que todo su cuerpo. —Dicen que el trasplante no es viable. Que tus pulmones están demasiado dañados.

—Ya lo sabía.

—Y que te queda un mes. Quizás dos. —La voz de Javier se quebró. —No más, hijo. Lo siento.

El silencio que siguió fue tan absoluto que se podía oír el zumbido de las luces fluorescentes.

Nicolás no dijo nada. Solo apretó mi mano con más fuerza, y yo sentí cómo sus dedos temblaban contra los míos.

—Está bien —dijo al final, con una calma que no le creía. —Ya lo sabía.

—Nicolás... —empezó Elena.

—Mamá, no pasa nada. —Su sonrisa fue valiente, pero sus ojos estaban llenos de algo que no podía ocultar. —He tenido mucho tiempo para prepararme.

—Nadie se prepara para esto.

—Yo sí. —Se incorporó en la cama, con un esfuerzo que le costó toda su energía. —He vivido veintitrés años sabiendo que esto llegaría. Y he tenido la suerte de conocer a alguien que ha hecho que estos últimos días valgan la pena.

Me miró.

Y en sus ojos vi todo lo que no decía. Todo lo que no podía decir delante de sus padres.

—Valeria, ¿puedes quedarte un momento a solas con él? —preguntó Elena, con la voz temblorosa. —Nosotros tenemos que hacer unos trámites.

—Claro.

Ella me dedicó una sonrisa agradecida y salió con Javier. La puerta se cerró, y nos quedamos solos.

El silencio duró varios segundos.

Y entonces, sin poder evitarlo, empecé a llorar.

No fueron lágrimas silenciosas. Fue un sollozo profundo, desgarrador, que llevaba tres años contenido. Todo el miedo, toda la culpa, toda la rabia que había acumulado desde que mi padre murió, salió en ese momento.

—Valeria... —Nicolás me abrazó con todas sus fuerzas. —No llores.

—¿Cómo quieres que no llore? —grité, entre sollozos. —Te vas a morir. Te vas a morir y no puedo hacer nada para evitarlo.

—Lo sé.

—Es culpa mía. Es culpa de mi maldición.

—No es culpa tuya.

—Sí lo es. —Me separé de él y lo miré con los ojos llenos de lágrimas. —Si no me hubieras conocido, si no te hubieras enamorado de mí, quizás habrías tenido más tiempo.

Nicolás me agarró por los hombros con una fuerza que no sabía que tenía.

—Escúchame, Valeria. —Su voz era firme, segura. —Yo ya estaba enfermo antes de conocerte. Ya sabía que me iba a morir. Pero conocerte ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. ¿Entiendes eso?

—No es suficiente.

—Es todo lo que necesito. —Apoyó su frente contra la mía. —Tú me has enseñado a vivir. Me has enseñado que el amor no duele. Que el amor salva. Y aunque solo me quede un mes, quiero pasarlo contigo. ¿Me lo prometes?

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque duele demasiado.

—Lo sé. —Su voz se volvió un susurro. —Pero el dolor también es parte del amor. No puedes tener uno sin el otro. Y yo quiero tenerlos los dos. Quiero sentir todo lo que pueda sentir antes de irme. Incluso el dolor. Sobre todo el dolor. Porque eso significa que he vivido.

—Nicolás...

—Solo un mes, Valeria. —Sonrió, con lágrimas en los ojos. —Dame un mes. Uno. Y luego, cuando me vaya, podrás llorar todo lo que quieras. Pero ahora, mientras estoy aquí, quiero que estés a mi lado.

No pude decirle que no.

Así que asentí, con la garganta cerrada y el corazón roto.

—Un mes —susurré.

—Un mes. —Me besó la frente. —Y va a ser el mejor mes de mi vida.

Y entonces, sin soltarme, cogió un lápiz y una hoja de papel de la mesilla. Empezó a dibujar un mandala, con trazos lentos y precisos.

—Mira —dijo, señalando el centro del círculo. —Aquí empieza todo. Y aquí termina. Pero el camino entre el principio y el final es lo que importa. No el destino.

—Eso es muy filosófico para alguien que está a punto de morir.

—Es la única manera de verlo. —Sonrió, y me dio el lápiz. —Ahora dibuja tú. Dibuja nuestro camino.

Tomé el lápiz con mano temblorosa.

Y empecé a dibujar.

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