✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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El mundo entero se vuelve gris si no existe su sonrisa
El silencio del sótano de la curtiduría abandonada se sentía como una tregua bendecida. El aire, perfumado con el aroma dulce del sándalo y la lavanda, calmaba el ardor en los músculos de los guerreros. A través de las gruesas vigas de madera del techo, el eco de las trompetas de la guardia de Yalnizlik y los gritos de los hombres de Armoton se escuchaban distantes, como truenos lejanos de una tormenta que no lograba romper el suelo.
Los quince concubinos del harén real permanecían sentados en círculo sobre las mantas de lana. Sus túnicas de colores pastel, aunque manchadas por el polvo del escondite, brillaban debidamente bajo la titilante luz de la lámpara de aceite. En el rincón más apartado, Lin terminó de limpiar la hoja de su espada corta con un lienzo limpio. Guardó el tintero de piedra y la pluma en su morral, cerrando el diario chamuscado de Norman con un cuidado casi sagrado.
El joven príncipe Vetmi, que se había sentado en un saco de greda cerca del capitán y Ettore, no había apartado la vista de sus movimientos. El chaleco de cuero viejo le quedaba grande, pero su postura ya no tenía la fragilidad del prisionero. Sus ojos oscuros reflejaban una curiosidad limpia, la de un muchacho que acababa de presenciar cómo la lealtad y el acero del norte podían doblegar a la tiranía de sus hermanos mayores.
—Capitán Lin —dijo Vetmi en un susurro, rompiendo el murmullo del sótano—. Dijiste que marchan hacia el sur en una misión sagrada. Dijiste que este cuaderno que guardas contra tu pecho es el registro de una leyenda del norte. ¿Qué es exactamente lo que buscan en las tierras lejanas? ¿Qué poder tiene ese hechicero del que tanto escribes en la penumbra?
Lin se tensó levemente. Su mano derecha, donde la marca dorada latía con un calor suave y constante, se apoyó sobre el bolsillo de su chaleco. Miró a Vetmi, luego paseó sus ojos por los rostros cansados de las concubinas y concubinos que se inclinaban hacia adelante, ansiosos por escuchar una historia que no supiera a las mentiras de la Orden de la Luz. Ettore y Marcos guardaron silencio, dejando que su líder hablara.
—No buscamos un poder para conquistar reinos, Vetmi —respondió Lin, y su voz profunda adoptó esa suavidad poética que siempre desarmaba,sin querer, a sus hombres—. Buscamos un alma. Buscamos la luz que nos fue arrebatada en el valle del norte. El dueño de este diario se llama Norman. Era un simple hechicero de la tierra, un granjero que amaba el olor del trigo y que tenía el don de hacer reír a las piedras con sus travesuras.
Lin cerró los ojos por un segundo, y la imagen de Norman flotando en el Manantial se dibujó en su mente con una claridad que le dolió en el pecho.
—Hace un tiempo, la Orden de la Luz nos atacaron con sus caballeros que jugaban sucio—continuó Lin, con una fijeza que hizo que el aire del sótano se volviera más denso—. El Sumo Sacerdote Quirno estaba poseído por un demonio de las sombras antiguas, una entidad que bloqueó el rubí carmesí de nuestro Rey Lucien y debilitó el corazón del Rey Vampiro Alaric. Estábamos perdidos, rodeados de veneno y hierro frío. Pero Norman… Norman no conoció el miedo. Él entendió que para que el Rey Lucien pudiera reclamar su corona, el valle necesitaba una explosión de pureza que barriera la interferencia.
Mirta, la mujer de la cicatriz en la frente, se llevó una mano a los labios, cautivada por la cadencia de las palabras del capitán.
—¿Qué hizo ese hechicero, señor? —preguntó un joven del harén, con los ojos muy abiertos.
—Hizo un sacrificio supremo —dijo Lin, y una pequeña sonrisa de orgullo melancólico cruzó su rostro—. Dirigió toda su magia, toda su esencia vital, hacia adentro. Rompió las amarras de su propio espíritu y se convirtió en un pilar de luz dorada tan potente que hizo estallar los estandartes de plata de la Orden. Rompió la oscuridad del demonio y nos dio la victoria, pero el precio fue su propia vida. Su cuerpo se desplomó inerte en el barro. No está muerto; su madre, Alma, su madre, lo cuida en un Manantial místico donde el agua sagrada mantiene su carne intacta y hermosa. Pero su conciencia, su espíritu, se dispersó y fue arrastrado al Mar del plano astral.
Lin extendió su palma derecha, permitiendo que las concubinas y el príncipe vieran el hilo de luz dorada que vibraba bajo su piel como un hilo invisible conectado al infinito.
—Esta marca es el lazo que él dejó en mis manos, cuando me salvó, luego de que un monstruo intentara matarme —susurró Lin, mirando fijamente a Vetmi—. Alma me reveló que Norman desciende de los antiguos Hechiceros del Sol, y que en las tierras del sur hay un artefacto llamado el Faro. Viajo hacia ese Altar, pero prometí que escribiría cada día de su sueño en este cuaderno, y que cuando active el faro, su luz creará un puente por el que su conciencia regresará a su cuerpo. No me importa si tengo que enfrentarme a toda la Guardia de Hierro o si tengo que romper las piedras del continente con mis propias manos; voy a traer a mi hechicero de vuelta a casa, porque el mundo entero se vuelve gris si no existe su sonrisa.
Un silencio absoluto se instaló en el sótano de la curtiduría. Mirta dejó escapar un sollozo ahogado, y varias de las concubinas se limpiaron las lágrimas de las mejillas con las mangas de sus túnicas. Nunca en sus vidas, en esa corte de Yalnizlik donde los cuerpos eran mercancía y los hombres solo hablaban de posesión y cadenas, habían escuchado a un guerrero hablar del amor con esa devoción tan pura y eterna. Lin no hablaba como un general; hablaba como un caballero que adoraba a su dios.
—Es lo más hermoso que he escuchado en mi vida —murmuró el joven de túnica rosa, llorando en silencio—. El norte debe ser un lugar sagrado si los hombres de armas están dispuestos a cruzar el infierno solo por el alma de un granjero. Por favor, capitán… no deje de buscar ese faro. Su historia nos da la fuerza para respirar aquí abajo.
Vetmi se quedó mudo, mirando la marca dorada de Lin con un respeto que rayaba en la devoción. Sintió que el chaleco de cuero viejo ya no le quedaba grande; ahora le pesaba con el honor de la verdad.
—Yo te ayudaré a encontrar ese Altar, Lin —dijo Vetmi con una firmeza real que asombró a Marcos—. Conozco las rutas del sur que los inspectores de la Orden ocultan en los archivos de mi padre. Si la luz de Norman necesita un camino, el Este y el Oeste de esta meseta se abrirán para nosotros.
Mirta se puso en pie de golpe, caminó hacia Lin y cayó de rodillas sobre las mantas, tomándole las manos toscas al capitán con una desesperación que rompió el ambiente.
—Capitán Lin… le ruego por lo más sagrado que se lleve al príncipe Vetmi con ustedes —suplicó Mirta, con las lágrimas corriendo por su rostro—. Él ya no tiene un hogar en Kala-Zul. Su vida corre peligro en cada esquina. Su madre, la concubina más hermosa del harén, murió hace tres años, envenenada con hongos por otra mujer que buscaba el favor del Rey Erke. Vetmi está solo en ese palacio de víboras. Si Armoton lo captura mañana, su cabeza será el regalo que Val usará para consolidar su poder en la meseta. Por favor, lléveselo al norte cuando su misión termine. Proporciónele una vida donde no tenga que temer al agua que bebe.
Ettore se acercó de inmediato, colocando su mano sobre el hombro del joven príncipe.
—No tienes que rogar por eso, Mirta —dijo el joven arquero, con su sonrisa tornándose en una seriedad de acero—. Este bastardo real ya es uno de los nuestros. Se ganó el derecho de usar una capa gris cuando le estrelló esa piedra en la rodilla al espía de las alcantarillas. Nadie lo va a tocar mientras mi ballesta tenga saetas.
Marcos dio un paso adelante, desenvainando su machete pesado y apoyando la punta en la tierra del sótano en señal de un juramento marcial.
—Damos nuestra palabra de guardia del Rey Lucien y Alaric, Mirta. El príncipe Vetmi cabalgará en el centro de nuestra unidad. Si la Guardia de Hierro quiere su cabeza, tendrá que pasar primero por encima de nuestros aceros.
Lin levantó a Mirta con suavidad, obligándola a ponerse en pie. Sus ojos brillaron con la autoridad del monarca que representaba.
—Escúchenme bien, todos ustedes —dijo Lin, y su voz profunda resonó con el peso de los cuatro tronos del norte—. No solo me llevaré a Vetmi. Les doy mi palabra de honor de que intercederá personalmente ante el Rey Lucien, el Rey Vampiro Alaric, el Rey Caelen del Este y el Rey Aravid del Sur. Cuando recuperemos el alma de Norman y el norte consolide sus líneas, la gran alianza de los cuatro tronos marchará hacia el sur. No vendremos como invasores; vendremos como libertadores. Derribaremos las murallas de arcilla de Kala-Zul, destruiremos las bóvedas negras de Erke y limpiaremos este continente de la podredumbre del Consejero Val. Su harén será ceniza, y cada uno de ustedes caminará libre bajo el sol del norte. Se los juro por la memoria de los Blackshield.
Un murmullo de victoria y esperanza salvaje llenó el sótano de la curtiduría. Los concubinos se abrazaron entre sí, llorando ya no de tristeza, sino de la certeza de que el infierno de Yalnizlik tenía los días contados. El pacto de honor entre las capas grises y los concubinos fugitivos se había sellado en la penumbra.
El amanecer llegó a Kala-Zul con una claridad dorada que rompió la neblina de la meseta. En el piso superior, el bullicio del mercado de los tintoreros se transformó de golpe en un estruendo de metal, gritos y madera rompiéndose.
Mirta bajó corriendo por la escalera de la trampilla, con el rostro encendido por la adrenalina.
—¡Es el momento, capitán! ¡El plan se ha puesto en marcha! —excló Mirta, entregándole a Lin su morral protector—. Los obreros del tinte, los tejedores de lana y los esclavos del mercado han iniciado una revuelta masiva en la plaza central. Están quemando las carretas de los tributos que la Orden de la Luz pretendía llevarse a la capital. El mercado entero es un caos de humo de colores y piedras. Armoton y sus jinetes de hierro han tenido que correr hacia la plaza para contener el motín, dejando la puerta del oeste completamente desprotegida.
Lin se colocó el embozo de su túnica, ajustando el diario de Norman contra su pecho.
—¡Muévanse, muchachos! Vetmi, mantén la cabeza baja. Marcos, lidera la línea hacia los establos ocultos de la cueva.
El grupo subió por la trampilla, emergiendo en un callejón que era un escenario de guerra civil urbana. El aire estaba saturado de un humo denso de color azul y violeta, proveniente de los calderos de tinte que los obreros habían volcado sobre las fogatas para cegar a los guardias. Cientos de granjeros y tejedores se enfrentaban a los lanceros de Erke con herramientas de labranza y fustas de madera, creando un escudo humano de pura rebeldía que Lin y sus hombres usaron con una maestría de cazadores.
Se deslizaron entre las sombras de las calles de arcilla, corriendo con el anonimato que el lino les otorgaba. Al llegar a la puerta del oeste, los dos únicos centinelas que quedaban vigilando las barreras de bronce estaban tan distraídos mirando el humo de la plaza que Ettore y Marcos los desarmaron con dos golpes secos de sus pomos antes de que pudieran dar la alarma.
Las inmensas puertas se abrieron el espacio justo, y los cuatro viajeros salieron disparados hacia los riscos exteriores, corriendo por el sendero de piedra gris hasta llegar a la cueva donde los veloces caballos los esperaban limpios y descansados.
Lin montó su semental negro, mirando hacia atrás, hacia las murallas de arcilla de Kala-Zul que se recortaban contra el cielo de la mañana. Sabía que en el sótano de la curtiduría, el harén fugitivo permanecía oculto, esperando con fe la promesa del regreso de los cuatro tronos.
—Hemos dejado a Kala-Zul en llamas, capitán —dijo Ettore, espoleando su caballo al lado de Vetmi con su sonrisa pícara intacta—. Armoton va a pasar una semana buscando culpables en el lodo de la plaza central.
Vetmi miró hacia su ciudad natal, y por primera vez, no sintió el asco del pasado, sino la fuerza del mañana. Su mirada se desvió hacia Lin con un respeto inquebrantable.
—Volveremos, Lin. Volveremos con el ejército del norte para abrir esas puertas para siempre.
Lin apretó las riendas de su montura, sintiendo cómo la marca dorada de su palma vibraba con un calor abrasador, un latido que parecía empujarlo con fuerza hacia las tierras del sur.
—Sí, Vetmi. Volveremos —sentenció Lin con una voz de acero—. Pero ahora, nuestro camino es el Altar.
La cacería por el alma de Norman ha roto su primer cerco urbano, y ninguna ley de Erke va a detener la marcha de los hombres libres. ¡Cabalguen, muchachos! ¡La meseta profunda nos espera!
Las cuatro monturas partieron a toda velocidad por el desfiladero del sur, levantando una nube de polvo que el viento de la mañana esparció sobre las rocas de Yalnizlik. El grupo avanzaba con un príncipe protegido, un diario cargado de promesas y el eco de una revolución que acababa de encender su primera chispa en el corazón del enemigo.
Mientras el palacio de piedra gris de Yalnizlik entraba en pánico por la revuelta y el Consejero Val empezaba a temer por la seguridad de sus arcas de oro, el capitán de acero cabalgaba con el mapa de un amor eterno, listo para arrancar el Faro del fondo del mismo desierto.