Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
NovelToon tiene autorización de Yazz García para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
...AITANA...
Henrry la mantuvo abrazada por unos largos segundos, dejando que los sollozos de Mía bajaran de intensidad.
La enfermera Teresa salió discretamente de la habitación, dejándonos el espacio privado que tanto necesitábamos. Ruby se quedó custodiando la puerta por dentro, con los ojos fijos en la alfombra, visiblemente afectada.
Cuando Mía finalmente dejó de temblar, Henrry la tomó de los hombros y la apartó suavemente, obligándola a mirarlo a la cara. El trapo de lágrimas que tenía por camisa estaba completamente arruinado, pero a él no le importó.
—Mía, mírame —le ordenó Henrry, con la voz grave y tensa—. Los exámenes ya salieron. Ya no hay espacio para mentiras, ni berrinches. Me vas a explicar, de una vez por todas, ¿qué hacían esas pastillas en tu cartuchera? Habla.
Mía se sorbió la nariz, pasándose la manga del uniforme por el ojo hinchado. Por un segundo, pensé que el susto la haría doblegarse, que la vulnerabilidad del abrazo la haría confesar todo.
Pero me equivoqué.
El apellido Montenegro no solo venía con cuentas bancarias de infinito dinero, también venía con una dosis patológica de orgullo y terquedad.
En un parpadeo, la niña regresó a su fase rebelde y grosera. Se soltó del agarre de su hermano con un manotón brusco, cruzándose de brazos y clavándole una mirada cargada de resentimiento.
—¡No te tengo que explicar nada a ti! —le gritó Mía, con la voz chillona y desafiante—. ¡Tú no eres mi papá, Henrry! No actúes como si te importara lo que hago. Te pasas la vida viajando, de fiesta en fiesta, saliendo con modelos y metido en tu bendita oficina. ¿Y ahora vienes a darme sermones de moral? ¡Por favor!
Vaya... La niña sabe dónde golpear.
Vi a Henrry con la mandíbula apretada, ojos entrecerrados. La furia irracional amenazaba con volver a poseerlo.
—Mía, no me cambies el maldito tema —siseó Henrry, dando un paso hacia la camilla, imponente—. Estamos hablando de una sustancia controlada. ¿Desde cuándo estás consumiendo eso? ¿Por qué? ¡Contéstame, carajo!
—¡Que no te voy a decir nada! —bramó ella, dándole la espalda por completo y pegando la cara a la pared de la enfermería—. Déjenme en paz. No voy a hablar. Llamen a mi papá en Dubái si quieren. Tú no existes para mí.
Henrry levantó una mano, frustrado, como si quisiera golpear la camilla, conteniendo una maldición que se le quedó atrapada en la garganta.
Estaba perdiendo los estribos, cayendo redondo en la trampa del berrinche de una adolescente manipuladora. Si seguían así, Mía se cerraría en banda y el trato de diez días con la directora Vance se iría directo al basurero.
Me adelanté un paso, apartando a Henrry con firmeza hacia atrás.
—Montenegro, sal de la habitación —le ordené en un tono que no admitía réplicas.
—¿Qué? ¡Ni loco, Vega! Es mi hermana y...
—Es tu hermana y te está usando de saco de boxeo emocional porque sabe exactamente qué botones tocar para hacerte perder el control —lo corté, mirándolo fijamente a los ojos, transmitiéndole toda la seguridad que a él le faltaba en ese instante—. Sal. Déjame a mí. Ruby, acompáñalo afuera antes de que rompa algo.
Henrry me miró con rabia y desesperación, buscando una excusa para quedarse, pero al ver mi postura decidida, entendió que no tenía más cartas que jugar.
Soltó un bufido ruidoso, se acomodó el saco arrugado con brusquedad y salió de la enfermería a grandes zancadas, haciendo temblar las puertas batientes. Ruby lo siguió de inmediato, cerrando la puerta detrás de sí.
Me quedé a solas con Mía.
Caminé despacio, agarré una silla metálica y la arrastré hasta colocarla justo al lado de la camilla.
Me senté, crucé las piernas y me quedé mirándole la espalda doblada. Mía seguía estática, intentando evitar decir algo, ignorándome con la esperanza de que yo también me alterara.
—Tu hermano es un idiota predecible, Mía, en eso tienes toda la razón —empecé a decir con total tranquilidad, ganándome su atención de inmediato—. Pero la diferencia entre él y yo, es que a mí tus groserías no me afectan. Así que puedes quedarte muda todo el fin de semana si quieres, pero de aquí no nos vamos hasta que me mires a la cara.
Mía se tensó al escucharme. El silencio duró apenas unos segundos antes de que se girara bruscamente en la camilla, con los ojos encendidos en una furia caprichosa y los labios apretados.
—¡Tú no me vas a decir qué hacer! —escupió Mía, señalándome con un dedo tembloroso—. ¿Quién te crees que eres? Solo eres una empleada más a la que mi padre le paga para que venga a fastidiarme la vida. Eres una entrometida. ¡Nadie te pidió que vinieras a meter tus narices en mis cosas!
—Soy la persona que acaba de evitar que pases el fin de semana en un centro de detención de menores, Mía —le respondí, manteniendo mi voz en un tono plano, glacial, sin mover un solo músculo—. Así que un poco más de respeto.
—¡Me importa un bledo! —gritó, perdiendo los estribos al ver que no lograba alterarme—. ¿Por qué no te largas de una vez? Devuélvete a tu barrio de quinta y déjame en paz. No perteneces aquí, ni en este colegio, ni en mi casa.
Sentí una punzada de indignación en el pecho, pero no dejé que se me notara en la cara. Estaba acostumbrada al clasismo de Henrry, pero escuchar esas palabras saliendo de la boca de una niña de catorce años era otra cosa.
Sin embargo, Mía no había terminado.
—Y no me vas a engañar, Vega. Ya te vi cómo miras a mi hermano. Se nota a leguas que le tienes unas ganas impresionantes a Henrry —soltó con veneno, barriéndome con la mirada—. ¿Qué pasa? ¿Estás detrás de nuestro dinero? ¿Crees que te vas a asegurar el futuro metiéndote en su cama? Eres una interesada.
Me quedé completamente congelada en la silla. La sorpresa me golpeó de lleno en el estómago, dejándome sin palabras por unos segundos.
Estaba realmente horrorizada. Una niña de su edad no debería estar hablando de esa manera, ni manejando esos términos, ni destilando esa malicia tan retorcida.
La madurez con la que hablaba de sexo, dinero e intereses no era la de una adolescente normal; era el reflejo de haber crecido sola en un entorno donde todo, absolutamente todo, se medía con dinero y desconfianza.
Me dio una profunda lástima, pero también una rabia inmensa.
Si Mía creía que me iba a rebajar a su nivel de berrinche o que me iba a echar a llorar por sus insultos, estaba muy equivocada.
Me puse de pie despacio. La silla metálica chilló contra el suelo de linóleo. Me acerqué a la camilla paso a paso, obligándola a levantar la cabeza para sostenerme la mirada.
—Es una lástima que pienses así, Mía —le dije, con una voz pausada, madura y sumamente contundente—. Habla muy mal de ti que uses argumentos tan bajos para intentar defenderte de tus propios errores. A mí no me vas a provocar con tus complejos de superioridad ni con tus amenazas. Mi única prioridad aquí es cumplir con el trabajo que me encomendó tu padre, y en este momento, eso significa evitar que destruyas tu vida.
Mía parpadeó, desconcertada. Esperaba que le gritara o que me alterara como Henrry, pero mi tranquilidad la desarmó por completo. La sonrisa maliciosa se le empezó a borrar de la cara.
—Y si crees que tu dinero me interesa —continué, apoyando ambas manos en el borde de la camilla, invadiendo su espacio hasta que se vio obligada a retroceder un poco—, estás muy equivocada. Pero ahora mismo, la que tiene la soga al cuello eres tú. Tienes una suspensión de tres días. Y si creías que te ibas a ir a encerrar a la mansión a ver series, a pedir comida al cuarto y a usar el jacuzzi, estás muy equivocada. Para ti eso sería un premio.
Me incliné un poco hacia ella, esbozando una pequeña sonrisa que la hizo ponerse alerta.
—El señor Montenegro me dio la autoridad total para manejar tu plan de estudios y tu disciplina durante su viaje. Así que estos tres días de suspensión no los vas a pasar en tu burbuja de lujo. Los vas a pasar conmigo, en mi casa, en ese "barrio de quinta" del que tanto hablas. Vas a ver cómo vive la gente como yo, vas a estudiar bajo mis reglas y no vas a tener un solo empleado que te cumpla los caprichos. ¿No te parece genial?
La cara de Mía pasó del fastidio al horror absoluto en un milisegundo. Abrió los ojos de par en par, como si le acabara de decir que la iba a mandar a un campo de trabajos forzados.
—¡Estás loca! —exclamó, retrocediendo en la camilla—. ¡Mi papá nunca va a permitir que me lleves a ese lugar! ¡Henrry tampoco!
—Como ya dije, tu padre me dio autoridad total por escrito antes de subirse al avión—sentencié, agarrando mi portafolio con seguridad—. Así que borra esa cara de reina del drama, bájate de la camilla y camina hacia la camioneta. Tu nueva realidad empieza ahora.