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Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 15: EL RUIDO QUE ROMPIÓ EL SILENCIO
Nos quedamos así mucho tiempo, mirando cómo las llamas crecían y menguaban al ritmo del crujir suave de la madera, escuchando solo el fuego y la respiración pausada y tranquila de Mia desde la habitación del fondo. Por unos instantes todo pareció estar realmente en paz, como si el mundo entero de afuera, Victoria, los rumores, el dinero, el apellido y el poder simplemente hubieran dejado de existir para nosotros. Pero muy en el fondo, en el lugar más callado del pecho, ambos sabíamos la verdad que ninguno dijo en voz alta en toda la noche. Habíamos logrado escondernos muy bien, sí, pero la señora Valente no era mujer que se rindiera ni que olvidara ofensas, y por muy profundo que estuviéramos metidos en aquel bosque antiguo, su sombra fría y calculadora todavía nos seguía muy de cerca, esperando solo el descuido más pequeño para volver a atacarnos con toda su fuerza.
No supe cuánto tiempo transcurrió antes de que el sueño empezara a pesarme los párpados con fuerza pesada, ni en qué momento exacto fue que Dante me levantó con todo cuidado entre sus brazos sin despertarme del todo y me llevó despacio hasta la cama ancha de madera donde Mia seguía profundamente dormida. Solo conservo recuerdos borrosos y suaves: el tacto grueso y cálido de las mantas de lana, el calor de su cuerpo tendido pegado a mi espalda y la forma en que rodeó mi cintura con el brazo, apoyando con mucha delicadeza la palma abierta de su mano grande sobre mi vientre, como si quisiera convertirse también en un escudo físico para el pequeño que crecía dentro mientras descansábamos.
Amanecí antes que los dos, despertado no por ruidos, ni portazos ni sustos, sino por ese dolor sordo y constante que ya vivía instalado en la parte baja de mi espalda y que se hacía cada semana un poco más intenso y presente. La luz que entraba oblicua por la única ventana de la habitación era grisácea, suave y muy difusa, propia de un amanecer entre árboles tan altos y frondosos que apenas dejan pasar los rayos del sol. Afuera solo se oía el viento moviendo las ramas con suavidad, el canto muy lejano de varios pájaros y el crujir leve de las brasas que todavía conservaban algo de calor dentro de la chimenea. Me moví con muchísima lentitud para no despertar a nadie, me senté despacio en el borde del colchón grueso y conté hasta diez en silencio esperando que pasara el mareo ligero que siempre me daba al incorporarme de golpe. Me llevé ambas manos a la curva redonda y firme que se marcaba bien visible bajo la camisa de dormir, y de inmediato sentí por dentro un movimiento lento, perezoso y circular, como si el bebé también estuviera despertando poco a poco y estirándose a su manera. Todavía faltaban cuatro meses exactos para el nacimiento, y sin embargo cada mañana al despertar tenía la certeza física de que había crecido un poquito más, que pesaba un poco más y que mi cuerpo de omega se iba adaptando sin prisa pero sin pausa a llevar esa vida nueva con todo lo que implica.
Miré a mi lado derecho: Mia seguía profundamente dormida, acurrucada sobre sí misma en forma de media luna, con el osito de peluche apretado fuerte contra la mejilla y el dibujo de la familia doblado con mucho cuidado metido debajo de la funda de la almohada. Tenía el cabello oscuro y lacio desparramado por todas partes, la piel extremadamente pálida y traslúcida que siempre delataba lo débil y delicado que estaba su corazón desde el nacimiento, y respiraba muy lento y muy suave, sin hacer el menor esfuerzo ni ruido. Al otro lado, Dante dormía boca arriba con un brazo extendido por encima de la cabeza y el ceño todavía ligeramente fruncido, incluso descansando, como si ni siquiera en sueños pudiera bajarse del todo la guardia y relajarse por completo. Era el hombre más alto, ancho de hombros, fuerte y temido que mucha gente en la ciudad había conocido jamás, y sin embargo allí, en aquella cama rústica en medio de la nada, se veía solo como un ser humano cansado que por fin se había permitido parar de correr, aunque solo fueran unas pocas horas.
Me levanté muy despacio, apoyándome primero en la pared fría y luego en el marco grueso de la puerta para no tropezar ni hacer fuerza de más, y salí poco a poco hasta la estancia principal. El aire todavía estaba fresco, casi frío, y olía igual que la noche anterior: a leña quemada, a tierra húmeda, a resina de pino y a silencio guardado. Caminé hasta la chimenea de piedra, me agaché lo máximo que me permitía el tamaño y el peso del embarazo y avivé las brasas rojas y brillantes con un palo largo y liso hasta que volvieron a encenderse con luz propia, y luego eché encima tres trozos pequeños de madera seca que estaban apilados ordenadamente en un rincón alto construido expresamente para eso entre dos vigas. Mientras veía cómo crecían de nuevo las primeras llamas suaves y doradas, pasaron por mi cabeza de golpe todas las imágenes de las últimas horas: la casa grande y luminosa de la ciudad que habíamos tenido que abandonar sin casi tiempo ni siquiera de mirar atrás una última vez, la voz helada, cortante y llena de desprecio absoluto de la madre de Dante, el camino interminable y oscuro entre árboles inmensos, y cómo de pronto todo lo que habíamos soñado con construir y tener se había reducido a cuatro paredes de troncos, un fuego encendido y nosotros tres solos contra el resto del mundo. Y por muy contradictorio que pudiera parecerle a cualquiera que lo viera desde afuera, nunca en toda mi vida me había sentido tan en paz y tan en el lugar correcto como en ese instante.
Te levantaste demasiado temprano para lo que tu cuerpo necesita ahora —dijo de pronto una voz ronca, grave y todavía empañada por el sueño justo detrás de mí.
Me giré con toda la lentitud que me era posible y lo vi apoyado con el hombro en el marco de la puerta de la habitación, con el cabello negro totalmente despeinado en todas direcciones y la camisa de dormir arrugada por haber descansado encima, mirándome con una ternura tan inmensa y profunda en los ojos negros que casi dolía recibirla de frente. Dio solo dos pasos largos y ya estaba a mi lado, y antes de que yo pudiera articular palabra alguna ya me tenía rodeada la cintura por completo con sus brazos fuertes, teniendo muchísimo cuidado de no apretar ni rozar fuerte mi vientre, y me besó la frente muy despacio, dejando los labios posados allí varios segundos como si necesitara tocarme y sentir mi calor para asegurarse por sí mismo de que todo era real, de que estábamos realmente a salvo y no era solo otro sueño bueno del que volvería a despertar asustado y solo. Me dijo con voz muy baja que no debía hacer esfuerzos de ninguna clase, que él se encargaba de absolutamente todo: de avivar bien el fuego hasta que calentara bien toda la madera, de bajar hasta el manantial cristalino que corría un poco más abajo del sendero para traer agua fresca y potable que guardábamos en dos tinajas de barro grandes en la esquina más fresca, de revisar todo el perímetro alrededor de la cabaña por si hubiera huellas, ramas rotas o cualquier señal mínima de que alguien nos hubiera podido seguir el rastro durante la noche. Le respondí en el mismo tono suave que solo quería ayudar en lo poquito que podía, que no me gustaba nada sentirme inútil o una carga solo por el hecho de estar embarazado, y él me tomó entonces la cara entre ambas manos grandes y me explicó muy bajito, mirándome fijamente, que mi único y verdadero trabajo en el mundo era estar bien, descansar y dejar que nuestro hijo creciera fuerte, sano y tranquilo dentro de mí, y que absolutamente todo lo demás, sin excepción, correría siempre por su cuenta.
Poco después salió afuera con el hacha pequeña de mango corto y dos cubos de madera vacíos en las manos, y se perdió de la vista entre los troncos altos y las sombras verdes que el sol todavía no lograba del todo penetrar. Fue justo en ese momento cuando Mia salió caminando muy despacio de la habitación, frotándose los ojos hinchados de sueño con los dos puños y arrastrando por el suelo de tierra apisonada su osito de una pata. Se acercó despacio hasta donde yo estaba y se abrazó con mucha fuerza a mis piernas, sin decir nada al principio, solo buscando calor, contacto y seguridad como había hecho desde que era muy bebé y nuestros padres ya no estaban. La levanté con todo el cuidado del mundo, haciendo fuerza solo con las piernas y manteniendo la espalda lo más recta posible para no lastimarme la zona lumbar que tanto me dolía últimamente, y la senté estable sobre mis rodillas en el banco ancho de madera maciza que había colocado justo frente al fuego que ya empezaba a echar calor de verdad por toda la estancia. Me preguntó con la voz todavía entrecortada y ronca por el descanso si la señora fea ya nos había encontrado, si por fin podíamos bajar la guardia del todo y respirar tranquilos sin miedo a que apareciera nadie. Le acaricié el cabello oscuro y lacio con la mano libre mientras le explicaba muy suavemente, sin mentirle pero sin asustarla más de la cuenta, que por ahora estábamos muy bien escondidos y nadie sabía con certeza que estábamos allí, pero que debíamos seguir tranquilos, sin gritos ni ruidos fuertes ni juegos bruscos, por si acaso alguien se acercara demasiado por casualidad o por error. Asintió con la cabeza muy seria y pensativa, se quedó callada unos instantes mirando las llamas bailar, y luego sacó de debajo del dobladillo de la camisa de dormir el dibujo doblado en cuatro partes muy iguales, lo abrió despacio con muchísimo cuidado sobre la mesa tosca de madera sin barnizar que ocupaba el centro de la sala y dijo con toda la convicción del mundo que quería ponerlo en la pared, justo al lado de la chimenea y a la altura exacta de sus ojos, para que el bebé también lo viera claro cuando naciera y supiera desde el primer día de su vida que los cuatro éramos una familia atada para siempre por encima de cualquier cosa.
Cuando Dante volvió, traía los dos cubos llenos hasta el borde de agua cristalina, fría y brillante que reflejaba la poca luz que entraba, y los brazos cargados de leña gruesa, larga y muy seca que había cortado, partido y apilado con rapidez y orden perfecto. Tenía las mejillas un poco sonrosadas por el frío de la mañana y el esfuerzo físico, y el aroma profundo del bosque se le había impregnado por completo en la ropa, la piel y cada mechón de su cabello. En cuanto Mia le contó entusiasmada y moviendo mucho las manitas lo que quería hacer con su dibujo, él se secó las manos en el delantal de lona que colgaba de un clavo en la pared, buscó entre las cosas que habíamos traído en las maletas de lona un trocito de cinta adhesiva fuerte y tres clavitos muy pequeños y delgados que guardaba por si alguna reparación urgente, y con infinita paciencia, midiendo varias veces la altura y la posición con el dorso de la mano, lo fue colocando y ajustando despacio hasta que quedó perfectamente derecho, centrado y en el sitio exacto que ella había elegido desde el principio. Dijo en voz muy baja, casi solo para sí mismo y para el fuego, que aquel dibujo hecho por manos de niña con lápices de colores era lo más valioso y preciado que había en toda la cabaña, mucho más que cualquier oro, joya, tierra o fortuna que hubiera podido tener alguna vez o que pudiera llegar a tener en toda su vida dentro de la ciudad.
Pasamos el resto de la mañana con total calma, sin horarios estrictos, sin obligaciones escritas, sin citas que cumplir, sin teléfonos sonando a cada rato ni nadie reclamando atención, dinero o favores. Dante preparó la comida despacio sobre la estufa de hierro fundido negro que había instalado en la esquina más protegida de las corrientes, calentó el agua en la olla grande de cobre e hizo una sopa espesa y nutritiva con las verduras, legumbres y un poco de carne seca que habíamos podido traer bien guardada entre la ropa para que no se estropeara, y nos la sirvió bien caliente en tres platos de loza sencilla y gruesa que habían quedado allí de hacía muchísimos años. Comimos los tres juntos sentados muy cerca del fuego, apretados unos contra otros sobre el banco largo, sin mesas formales ni modales rígidos que cumplir ni reglas de buena educación que seguir, solo hablando de cosas muy simples y livianas que no trajeran recuerdos malos ni miedos nuevos: de cómo cambiaba la intensidad y el color de la luz entre las ramas según pasaban las horas y se movía el sol por encima del techo de hojas, de los sonidos distintos que hacía el viento al pasar por unas hojas u otras, de los tonos grises, dorados y azulados que tomaba el humo al salir despacio por el cañón de la chimenea y perderse muy arriba entre las copas de los árboles más altos. Varias veces mientras comíamos sentí dentro de mí movimientos fuertes, rápidos y muy claros, como si el pequeño también quisiera participar de la charla o simplemente estuviera muy despierto y activo aquella mañana, y cada vez que ocurría Dante dejaba el plato y la cuchara de madera un instante para apoyar la palma ancha y caliente de su mano sobre mi vientre redondo y sonreír sin poder evitarlo, como si cada pequeña patada, cada giro o cada estirón fuera el regalo más grande, más inesperado y más hermoso que le hubieran dado en toda su existencia.
Hacia el mediodía, cuando el sol ya estaba mucho más alto en lo más alto del cielo y lograba por fin colar algunos rayos rectos, gruesos y dorados a través de los huecos más grandes entre las ramas más altas y entrelazadas, él salió otra vez fuera solo unos minutos con la excusa de revisar que todo estuviera bien alrededor, y al regresar traía en las manos tres ramas largas, flexibles y de corteza lisa que había elegido con mucho cuidado entre cientos. Se sentó en el escalón bajo de madera de la entrada principal, con las piernas separadas y la espalda recta, y empezó a darles forma poco a poco, doblando con paciencia y atando con tiras delgadas de cuero curtido que guardaba en el bolsillo, sin decirnos todavía para qué las quería ni qué pensaba construir con ellas. Mia se sentó en el suelo de tierra y piedras pequeñas a su lado, cruzando las piernas delante suyo, y se quedó observándolo todo con muchísima atención, sin quitarle los ojos de encima ni un segundo a lo que hacían sus manos grandes, ásperas, fuertes y al mismo tiempo increíblemente hábiles y delicadas. Yo me quedé dentro recostada cómodamente en el sofá bajo forrado de cuero curtido muy oscuro, con una almohada gruesa de relleno de paja seca bien acomodada detrás de la espalda baja para aliviarme el dolor y ambas manos puestas siempre con suavidad sobre la curva dura y caliente de mi embarazo, mirándolos a los dos por la ventana ancha sin cristales que daba al pequeño claro delantero, y por primera vez en muchísimos años sentí en el pecho una sensación extraña, nueva, dulce y muy grande: la certeza absoluta de que por fin habíamos llegado al principio de todo lo bueno, y no al final de nada.
Sin embargo, justo cuando la calma parecía haber venido para quedarse de verdad y el tiempo parecía haber olvidado por completo cómo correr, el viento cambió de dirección de golpe afuera, soplando ahora con un poco más de fuerza y desde el camino de entrada, y con él llegó flotando muy débil, muy lejano y casi imperceptible al principio un sonido que heló la sangre en mis venas de golpe y me puso todo el cuerpo en alerta máxima desde la punta de los pies hasta la raíz del cabello: el ruido grave, ronco y continuo del motor de un vehículo pesado acercándose poco a poco, cada vez más fuerte, cada vez más nítido, cada vez más cerca, avanzando sin prisa pero sin detenerse nunca camino directo hacia donde estábamos escondidos.
Me enderecé de golpe sobre los cojines con un movimiento brusco que me hizo doler la espalda con fuerza y me faltó el aire un instante, y en el mismo segundo vi cómo Dante se puso de pie de un salto sobre el escalón, todo su cuerpo se tensó de golpe como el de un animal que huele al depredador muy cerca, todo el aire cálido y suave que nos había rodeado hasta entonces se volvió denso, pesado y cargado de la esencia fuerte, dominante y protectora de alfa que él soltaba sin darse cuenta cada vez que el peligro aparecía. Dio la vuelta a la esquina de la pared de madera en dos zancadas largas y silenciosas, se agachó detrás de un tronco grueso caído y se quedó completamente inmóvil escuchando con toda su atención, los ojos fijos en la dirección de la que venía el ruido. Mia, que lo había visto moverse tan rápido y cambiar la expresión de la cara por completo, se puso de pie de un tirón, abrazó con todas sus fuerzas su osito contra el pecho y corrió despacio pero con los pies temblando hasta donde yo estaba, trepó por el borde del sofá y se metió debajo de mi brazo, encogida lo más pequeña que pudo, sin soltar ni una sola palabra pero sintiéndole el corazón latiéndole desordenado y muy fuerte contra mi costado a través de la ropa. Le acaricié la espalda con una mano muy despacio para calmarla, y con la otra me aferré fuerte a la madera del respaldo, sin poder apartar la mirada de la puerta abierta por donde acababa de salir él, sin atreverme ni siquiera a respirar muy hondo por miedo a hacer demasiado ruido.
Pasaron minutos que se hicieron eternos, cada segundo parecía durar una hora entera, y el motor no dejaba de crecer en volumen, de fuerza y de cercanía, hasta que estuvo tan junto a nosotros que sentí que las vigas del techo vibraban levemente con el paso de las ruedas sobre la tierra suelta y las piedras. Se detuvo por fin a no más de doscientos o trescientos metros, muy cerca de la curva cerrada donde el camino se divide y uno de los brazos baja directo hasta la cabaña oculta entre la vegetación espesa. Se hizo entonces un silencio tan denso que se podía casi tocar con las manos, roto solo por el ralentí del motor funcionando al mínimo y luego, muy claras, nítidas y cortadas por el viento, dos voces de hombres hablando fuerte entre sí, demasiado cerca para nuestra tranquilidad. No alcanzábamos a distinguir las palabras exactas ni de qué hablaban, pero el tono era serio, decidido y de búsqueda, y solo con eso bastó para que me entrara un frío helado por la planta de los pies y me subiera despacio por toda la columna vertebral hasta dejarme la cabeza vacía y las manos heladas. Dante seguía inmóvil en su puesto de observación, sin mover ni un músculo, sin hacer el menor ruido, convertido en una sombra más entre las sombras grandes del bosque, y solo cuando las voces callaron y el motor volvió a acelerar suavemente, alejándose poco a poco, cada vez más débil, cada vez más lejano hasta perderse del todo en el silencio otra vez, fue que soltó el aire que llevaba retenido en los pulmones desde el primer instante y regresó caminando muy despacio hacia adentro, con el ceño profundamente fruncido y una expresión de preocupación muy grande que no intentó ocultarnos en absoluto.
Entró, cerró despacio la puerta pesada de tablas cruzadas y corrió el grueso travesaño de madera que hacía de cerradura por dentro, apoyando todo su peso contra ella un momento antes de girarse hacia nosotras. Se acercó hasta el sofá, se arrodilló en el suelo frente a mí y a Mia, que seguía escondida temblando contra mi costado sin querer mirar a nadie, y nos tomó una mano a cada una entre las suyas, que ahora estaban un poco frías a pesar de lo fuerte y caluroso que siempre era su cuerpo. Nos dijo muy bajito, despacio y eligiendo bien cada palabra para no asustar más a la niña, que eran dos vehículos, no uno solo como habíamos creído al principio, que iban muy despacio mirando bien a ambos lados del camino, que se detuvieron justo en la bifurcación y estuvieron allí casi diez minutos hablando y estudiando el terreno, y que por suerte la vegetación estaba tan cerrada, alta y espesa en esa época del año que ni siquiera desde el punto más alto se alcanzaba a ver ni el techo de tejas ni el humo que habíamos tenido saliendo toda la mañana, porque él mismo había apagado casi por completo el fuego en cuanto escuchó el primer ruido lejano para que no delatara nuestra posición. Me miró solo a mí entonces, a los ojos, y admitió en voz muy baja, con una culpa enorme pesándole en la mirada, que creyó que aquel lugar era inexpugnable, invisible para absolutamente todo el mundo, y que nunca pensó ni remotamente que alguien se atreviera a adentrarse tanto en el bosque ni que pudieran llegar tan lejos buscándonos, pero que ahora ya no cabía duda: su madre los había enviado, o al menos había dado la orden de registrar toda la zona norte poco a poco, cuadro por cuadro, camino por camino, hasta dar con nosotros o con la menor señal que indicara por dónde habíamos podido huir.
Pasó el resto de la tarde y buena parte de la noche explicándonos, mientras íbamos tomando medidas una tras otra para reforzar la seguridad y camuflar aún más todo rastro de presencia humana, todo lo que nunca antes había dicho a nadie sobre aquel lugar: que la compró con dinero en efectivo y a nombre de un hombre que ya había muerto hacía años, para que ningún papel, ningún registro ni ninguna cuenta bancaria lo ligara jamás a aquellas tierras, que la mandó reparar y acondicionar él mismo solo, sin ayuda de albañiles, carpinteros ni nadie que pudiera hablar después, que ni siquiera le contó su existencia a su mejor amigo ni a las personas que más le habían ayudado en la vida, porque siempre quiso que fuera su único lugar verdaderamente libre, sin apellidos, sin obligaciones, sin máscaras que ponerse. Dijo que durante años fue solo su refugio para ir solo cuando el peso del apellido, la empresa y las expectativas de todo el mundo se hacían demasiado grandes para llevarlas sobre los hombros, y que jamás en la vida imaginó que algún día lo usaría para esconder y proteger a las tres personas que se habían convertido de golpe en todo su universo entero. Mientras hablaba, íbamos trabajando sin prisa pero sin parar: cubrimos la ventana grande por dentro con gruesas mantas de lana oscura para que ninguna luz de la chimenea ni de las velas se viera desde afuera después de la puesta del sol, retiramos del claro delantero toda la leña apilada a la vista y la guardamos toda dentro en el rincón más alejado, barrimos con ramas de pino todo el sendero que habíamos pisado repetidamente para borrar huellas de pisadas y de ruedas, tapamos bien la salida del humo con una rejilla de ramas entrelazadas que dispersaba el vapor hacia arriba mezclándolo con la niebla baja que suele formarse entre los árboles, y revisamos una por una todas las pertenencias para asegurarnos de que no hubiera nada con el apellido Valente, logotipos de la empresa o cualquier cosa que pudiera delatarnos si alguien entraba por la fuerza.
Mia, que ya se había calmado bastante y recuperado un poco el color en las mejillas, ayudaba en lo poquito que podía sin hacer esfuerzos que le hicieran daño al corazón: doblaba ropa muy despacio, ordenaba los cubiertos de madera, guardaba los lápices y todo lo que era suyo, y de vez en cuando se acercaba a tocarme la barriga suavemente con la manita, como si también ella quisiera decirle al bebé que todo iba a estar bien y que entre los tres lo íbamos a proteger de cualquier cosa que viniera de afuera. Varias veces durante esas horas sentí contracciones muy leves, indoloras, solo un endurecimiento breve de la pared del útero que el médico del pueblo me había dicho que eran totalmente normales a esta etapa, sobre todo cuando hay emociones fuertes, miedo o cansancio acumulado, y cada vez que me pasaba Dante se detenía en lo que estuviera haciendo, se acercaba corriendo sin hacer ruido, me hacía sentar o recostar de inmediato, me mojaba la frente con un paño fresco y no se movía de mi lado hasta que volvía todo a la normalidad y el pequeño volvía a moverse despacio y tranquilo otra vez. Me recordó una y otra vez que todavía faltaban cuatro meses completos para la fecha prevista del nacimiento, que debía cuidarme muchísimo más que antes, que el estrés fuerte y sostenido era lo peor que le podía hacer tanto a mí como al niño, y que por más que vinieran cien vehículos más o cien personas buscando, él se encargaría de que ninguno siquiera pusiera un pie dentro de los primeros cien metros alrededor de la cabaña sin que él lo supiera con mucho tiempo de antelación.
Cuando por fin se puso el sol por completo y la oscuridad cerró fuerte y densa por todas partes, solo iluminada débilmente por la luna menguante y millones de estrellas que en el bosque se ven mucho más grandes, brillantes y cerca que en la ciudad, nos sentamos los tres muy juntos otra vez frente al fuego, que ya solo eran brasas rojas y calientes sin llama abierta que pudiera delatarnos. No hablamos casi nada durante un buen rato, solo escuchábamos los ruidos naturales de la noche: el viento muy suave, grillos, algún animal pequeño moviéndose entre la hojarasca seca, el agua del manantial corriendo muy lejos. Dante tenía el brazo fuerte puesto por detrás de mis hombros, apretándome suavemente contra su costado caliente, y con la otra mano descansaba abierta y firme sobre mi vientre redondo, sin quitarla de allí ni un instante. Mia estaba dormida ya profundamente recostada sobre mis piernas, con la cabeza sobre mi muslo izquierdo y el dibujo de la familia apretado de nuevo contra el pecho, respirando lento y parejo, por fin tranquila otra vez.
Me dijo entonces muy bajito, casi al oído, para que solo yo lo oyera, que sabía que ya no podíamos estar del todo tranquilos ni confiados como lo estuvimos esas primeras horas, que el peligro ya había entrado oficialmente en el bosque y que solo era cuestión de tiempo antes de que volvieran, más despacio, más organizados y mirando mucho más cerca y con más cuidado que esta vez. Me dijo también que no nos iríamos de allí, que no volveríamos a correr ni a mudarnos otra vez a menos que fuera estrictamente inevitable y la vida corriera peligro real, porque aquel era ya nuestro lugar, nuestro hogar de verdad, y que huir una y otra vez sin parar solo los desgastaría a todos, especialmente a Mia y al embarazo. Me explicó que desde el día siguiente empezaría a hacer trampas de aviso sin daño para nadie, camufladas y muy bien escondidas por todo el perímetro, que cortaría ramas estratégicamente para ver mejor desde dentro sin que nos vieran a nosotros, que vigilaría por turnos toda la noche todas las noches y que haría todo lo humanamente posible y lo imposible también para que, si volvían, se fueran de allí con la certeza absoluta de que aquella zona estaba totalmente deshabitada, olvidada y vacía hacía muchísimos años.
Cerró los ojos un momento, apretó con muchísima ternura la mano que yo tenía puesta encima de la suya sobre la barriga, y susurró con toda la sinceridad, el amor y la fuerza que tenía dentro, que por muy poderosa, rica, influyente y decidida que fuera su madre, por muy lejos que llegara su mano y por mucha gente que pudiera poner a caminar buscándonos por todos los bosques, caminos y rincones del país, ella nunca, jamás en la vida, iba a poder contra el amor de una familia que ya había pasado por demasiado y que ya no tenía ninguna intención de volver a separarse ni de esconderse para siempre. Afuera el silencio seguía siendo grande, profundo y antiguo, y muy a lo lejos, casi en el límite de lo que se puede oír, volvió a sonar por unos segundos el eco lejano de un motor, recordándonos que la sombra todavía andaba merodeando muy cerca, que la prueba más difícil todavía no había llegado del todo, pero también que allí, dentro de aquellas cuatro paredes de madera oscura, atados los tres por el mismo corazón y el mismo destino, ya nada ni nadie podría rompernos por completo nunca más.
FIN DEL CAPÍTULO 15