Sebastián es el confidente incondicional de toda la vida, el refugio al que ella corre tras cada desamor. Pero lo que ella ve como una amistad perfecta es, para él, una tortura silenciosa: la lleva amando en secreto desde hace años.
Ella busca consuelo en el lugar equivocado, sin saber que su "hogar" es en realidad la condena de un hombre que se desmorona por no poder confesar su verdad. ¿Qué sucede cuando el refugio se vuelve insoportable y el secreto amenaza con romperlo todo?
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"A toda marcha"
Sophia
Me pasé la mano por los ojos mientras esperaba a que la cafetera terminara de filtrar. El insomnio de la noche anterior me estaba pasando factura, y mi única meta a las siete de la mañana era meterle cafeína a mi cerebro para aplastar, de una vez por todas, el ridículo cosquilleo que me había dejado el momento en el recibidor. «Borrón y cuenta nueva», me repetí como un mantra. «Hoy todo vuelve a la normalidad».
En ese momento, el sonido de la puerta del baño abriéndose me hizo girar la cabeza. Y todo mi mantra se fue directo al demonio.
Sebas salió envuelto en una nube de vapor. No llevaba una camiseta suelta ni el pantalón largo de pijama con el que solía andar por casa. Solo vestía un short pequeño de algodón gris que se asentaba bajo en sus caderas. Tenía el torso completamente al descubierto y a medio secar; las gotas de agua brillaban contra su piel, resbalando por el relieve marcado de sus abdominales y perdiéndose en la línea de su cintura. Tenía los hombros todavía húmedos y el cabello muy corto salpicado de cristales de agua.
Sentí un golpe de calor tan violento que juraría que las mejillas me ardieron en un segundo. Me quedé petrificada, con la taza a medio levantar, incapaz de apartar la vista de su pecho.
«¿Pero qué demonios te pasa?», me grité internamente, sintiendo una punzada de culpa y pánico mezclados. «¡Es Sebas! Tu mejor amigo. Lo has visto en traje de baño mil veces».
Pero mi cerebro no procesaba lógica. El bicho de la incertidumbre mutó en algo mucho más físico y peligroso. Mis ojos, traidores y rebeldes, siguieron el camino de una gota que bajaba por su clavícula. Jamás en dos décadas de amistad me había fijado en lo peligrosamente ancho que era su pecho, ni en la forma en que sus músculos se tensaban al moverse. Me obligué a clavar la mirada en el suelo de la cocina, tragando saliva, sintiéndome la persona más pecadora del mundo por tener pensamientos que jamás, ni en un millón de años, debieron cruzar mi mente.
Sebastian
Entré en la cocina buscando una taza, fingiendo una calma que me había costado ensayar frente al espejo del baño. Sabía que Sophy estaba ahí; había escuchado el tintineo de las tazas desde que estaba bajo la ducha. Decidir salir así, sin camiseta y con el agua a medio secar, había sido un movimiento calculado. Una provocación silenciosa para medir el terreno.
Y valió cada maldito segundo de riesgo.
En cuanto di dos pasos hacia la encimera, noté cómo se congelaba. La miré de reojo con total naturalidad, como si no me diera cuenta de nada, pero mi mirada captó de inmediato el rubor encendido que tiñó sus mejillas y el cuello en un instante. Sophy se había quedado de piedra, con los ojos increíblemente abiertos, fijos en mi torso desnudado. Vi cómo tragaba saliva y cómo intentaba, desesperadamente, mirar hacia cualquier otra parte, fallando en el intento durante varios segundos.
La tensión en el aire se volvió tan densa que casi se podía respirar.
—Buenos días, Sophy —le dije con voz tranquila, pasando a su lado lo suficientemente cerca como para que el calor de mi cuerpo, todavía húmedo por la ducha, la rozara—. ¿Queda café?
Me apoyé contra la encimera, cruzándome de brazos deliberadamente para marcar los bíceps, sosteniéndole la mirada con una sonrisa floja y divertida. Su incomodidad y su sonrojo eran la confirmación perfecta. El impacto de la noche anterior no se había disipado con el amanecer; al contrario, verla desarmada y nerviosa por mi simple cercanía física me demostró que el fuego ya estaba encendido. Y yo no tenía ninguna intención de apagarlo.