La Chica que Compró al Príncipe Esclavo
Elena Valmont solo quería entregar un paquete, cobrar unas monedas y volver a casa.
Pero una noche terminó en una subasta clandestina… y compró a un esclavo condenado a morir al amanecer.
Lo que no sabía era que aquel hombre herido, silencioso y cubierto de cadenas no era un esclavo cualquiera, sino Adrien Asteria, el heredero perdido del imperio más poderoso del continente.
Desde ese momento, Elena queda atrapada en una guerra por el trono, perseguida por asesinos, nobles traidores y secretos enterrados durante años.
Salvarlo fue un acto de compasión.
Amarlo podría costarle la vida.
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CAPÍTULO 17 El amanecer de la libertad
El sol apenas comenzaba a elevarse sobre los tejados de Elaris cuando Elena llegó frente al edificio de piedra negra.
Había imaginado aquel momento incontables veces durante las últimas veinticuatro horas.
En algunas versiones, llegaba demasiado tarde.
En otras, Lord Varek cambiaba de opinión.
En las peores, encontraba las celdas vacías y descubría que Adrien había sido llevado lejos durante la noche.
Pero la realidad era mucho más extraña.
Había soldados.
Muchos soldados.
La entrada principal estaba rodeada por hombres vestidos con armaduras negras decoradas con una estrella de ocho puntas. Sus capas se agitaban con el viento matutino y sus expresiones eran tan serias que incluso los guardias habituales del edificio parecían incómodos.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Elena.
Uno de los comerciantes que observaba la escena desde la distancia respondió en voz baja.
—Nadie lo sabe. Llegaron hace menos de una hora.
—¿Quiénes son?
—Eso es lo preocupante. Nadie parece reconocerlos.
Elena sintió un escalofrío.
Instintivamente, apretó con más fuerza la bolsa que contenía las trescientas siete monedas de plata.
Había llegado demasiado lejos para detenerse ahora.
—Voy a entrar.
—¿Estás loca? —preguntó Lyra.
—Sí. Creo que ya quedó bastante claro desde el capítulo cuatro.
Sin esperar respuesta, Elena atravesó la multitud.
Uno de los soldados inmediatamente le bloqueó el paso.
—El edificio está cerrado.
—Tengo asuntos pendientes con lord Varek.
—Nadie entra.
—Entonces dígale que Elena Valmont está aquí.
El soldado dudó durante unos segundos al escuchar aquel nombre.
Era evidente que incluso los recién llegados habían escuchado los rumores.
—Espere aquí.
Minutos después, las enormes puertas de madera se abrieron lentamente.
—Lord Varek la recibirá.
Elena respiró profundamente antes de entrar.
El interior era un caos.
Guardias corriendo de un lado a otro.
Sirvientes susurrando nerviosamente.
Y en el centro del gran salón principal, Lord Varek discutía acaloradamente con tres hombres vestidos de negro.
—¡Hice un trato y pienso cumplirlo! —declaró el noble golpeando el suelo con su bastón.
—Está rechazando una orden directa —respondió uno de los desconocidos.
—¡Estoy respetando una apuesta!
—¿Desde cuándo las apuestas tienen prioridad sobre los asuntos imperiales?
Aquella última palabra hizo que Elena se detuviera.
Imperiales.
—¡Señorita Valmont! —exclamó Lord Varek al verla—. Justo a tiempo.
Todos los presentes volvieron la mirada hacia ella.
—¿Qué está pasando?
—Eso mismo me gustaría saber.
Uno de los hombres de negro la observó atentamente.
—¿Esta es la joven?
—La única e inigualable —respondió Varek—. La muchacha que ha puesto de cabeza a toda mi ciudad.
El hombre frunció ligeramente el ceño.
—¿Trajiste el dinero?
Sin decir una palabra, Elena colocó la pesada bolsa sobre una mesa cercana.
El sonido de las monedas al caer fue suficiente para silenciar la habitación.
—Trescientas siete monedas de plata.
Lord Varek permaneció completamente inmóvil.
—Lo lograste...
—Le dije que no me rendía fácilmente.
Incluso los hombres de negro parecían sorprendidos.
—Eso es imposible —murmuró uno de ellos.
—Yo también lo pensé —admitió Elena.
Durante varios segundos, nadie dijo nada.
Finalmente, Lord Varek comenzó a reír.
Primero fue una pequeña carcajada.
Luego otra.
Y otra.
Hasta que terminó limpiándose una lágrima del ojo.
—¡Treinta años dedicándome a los negocios y jamás había perdido una apuesta tan gloriosamente!
—Entonces...
—Entonces un trato es un trato.
El noble tomó la bolsa y la levantó frente a todos los presentes.
—Ante todos los aquí reunidos, declaro que Adrien deja de ser mi propiedad a partir de este momento.
Las palabras apenas habían abandonado sus labios cuando uno de los hombres de negro dio un paso al frente.
—Me temo que eso ya no es posible.
La temperatura de la habitación pareció descender varios grados.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elena.
—Significa que el hombre que intentas liberar pertenece a asuntos que superan ampliamente tu comprensión.
—No me importa.
—Debería importarte.
—No.
La respuesta fue tan inmediata que incluso Lord Varek pareció impresionado.
—Escuche, señorita...
—Elena.
—Señorita Elena. El hombre que está intentando salvar es extremadamente peligroso.
—No parece peligroso.
—Eso es porque no conoce la verdad.
—Entonces explíquemela.
El hombre permaneció en silencio.
No podía hacerlo.
No allí.
No todavía.
En ese momento, las puertas del salón volvieron a abrirse.
Dos guardias escoltaban a Adrien.
Sus manos seguían encadenadas, pero su expresión permanecía tan tranquila como siempre.
Sin embargo, en cuanto vio a Elena sosteniendo una bolsa vacía de monedas, algo cambió en sus ojos.
—No...
Fue la primera vez que Elena lo escuchó perder la compostura.
—Buenos días —dijo ella sonriendo—. Parece que oficialmente eres un hombre libre.
Adrien permaneció inmóvil.
—¿Qué hiciste?
—Comprarte.
—Eso ya lo había deducido.
—Me alegra saber que las cadenas no afectaron tu inteligencia.
Nadie se atrevió a interrumpir aquel momento.
—¿Vendiste el collar, verdad? —preguntó finalmente.
La sonrisa de Elena vaciló por una fracción de segundo.
—¿Cómo...?
—Lo hiciste.
No era una pregunta.
Era una afirmación.
—Valió la pena.
Por primera vez desde que se conocieron, Adrien pareció incapaz de encontrar las palabras adecuadas.
Porque después de quince años huyendo, escondiéndose y sobreviviendo...
Alguien finalmente había elegido quedarse.
Y aquello lo aterraba.
—Esto cambia las cosas —dijo uno de los hombres de negro.
—No. —Lord Varek golpeó el suelo con su bastón—. Un trato es un trato.
—No entiende en qué se está involucrando.
—Tal vez no. Pero sé reconocer una historia extraordinaria cuando la tengo frente a mí.
El noble sonrió mientras observaba a Elena y Adrien.
—Y tengo la sospecha de que esta apenas está comenzando.
Fuera del edificio, las campanas de la ciudad comenzaron a sonar.
Una.
Dos.
Tres veces.
El amanecer había llegado.
El príncipe perdido acababa de recuperar su libertad.
Y el continente estaba a punto de descubrir que seguía vivo.