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No Estoy Adaptado A Ser Padre

No Estoy Adaptado A Ser Padre

Status: En proceso
Genre:Comedia / Padre soltero
Popularitas:238
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 13: "La leche que no sale"

El problema con la leche empezó en el hospital, pero no lo supimos hasta que llegamos a casa.

Ana había amamantado al bebé las primeras veces con una naturalidad que me pareció milagrosa. El bebé se prendía al pecho como si hubiera nacido sabiendo hacerlo, y yo, desde mi silla de acompañante, observaba aquel ritual con una mezcla de asombro y admiración. Era como ver a dos personas que hablaban un idioma que yo no entendía, pero que se comunicaban a la perfección.

Pero en casa, algo cambió.

El tercer día, el bebé empezó a llorar después de cada toma. No era un llanto de hambre —o eso creíamos—, sino un llanto de frustración, un gemido agudo que se cortaba y se reanudaba como si algo le estuviera molestando. Ana intentaba ponerlo al pecho, pero el bebé se retorcía, se negaba, y cuando finalmente se prendía, solo mamaba unos segundos antes de soltarse y empezar a llorar de nuevo.

—No sé qué le pasa —dijo Ana, con el bebé en brazos y los ojos brillantes de frustración—. Antes mamaba bien. Ahora parece que no quiere.

—¿Estará lleno? —pregunté, desde la puerta de la habitación.

—No, Pablo, no está lleno. Si estuviera lleno, estaría tranquilo. Pero llora. Llora de hambre. Y yo no puedo darle de comer.

Lo dijo con una voz que no era de enfado, era de desesperación. Una desesperación que yo no había visto en ella antes, ni siquiera en los peores momentos del embarazo.

—¿Quieres que lo coja? —ofrecí.

—No. —Apretó al bebé contra su pecho—. Necesita comer. Necesita leche. Y yo no sé por qué no puede.

Pasamos el día así. El bebé lloraba, Ana intentaba amamantarlo, el bebé se negaba, Ana lloraba también, y yo, desde la barrera, no sabía qué hacer. Ofrecía ayuda, pero Ana la rechazaba. Ofrecía consejos, pero eran inútiles. Ofrecía mi presencia, y eso era todo lo que podía ofrecer.

Al cuarto día, el bebé había perdido peso. No mucho, pero lo suficiente para que la matrona, que vino a hacer la visita de seguimiento, frunciera el ceño y pidiera hablar con nosotros a solas.

—Hay un problema —dijo, con la misma delicadeza con la que se comunica un mal diagnóstico—. El bebé no está subiendo de peso como debería. Y Ana, tú estás teniendo dificultades con la lactancia.

—¿Qué tipo de dificultades? —preguntó Ana, con la voz tensa.

—No estás produciendo suficiente leche. Puede ser por el estrés, por la recuperación del parto, o simplemente porque tu cuerpo aún no se ha adaptado. Pero el bebé no está recibiendo lo que necesita.

—¿Y qué hacemos? —pregunté, antes de que Ana pudiera desmoronarse.

—Tienes dos opciones. Suplementar con leche de fórmula, o trabajar en aumentar la producción. Lo más recomendable es una combinación de ambas. Darle fórmula después de cada toma para que no pase hambre, y seguir estimulando el pecho para que la leche acabe subiendo.

Ana asintió, pero sus ojos estaban fijos en un punto de la pared. No la miraba a mí, no miraba a la matrona. Miraba a ese lugar al que se va la gente cuando se siente que ha fallado.

La matrona se fue, y Ana se quedó en la cama, con el bebé en brazos, sin decir nada. Yo me senté a su lado, y puse mi mano sobre la suya.

—No es tu culpa —dije.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Sí, lo sé. —Levantó la vista y me miró—. Pero eso no quita que me sienta una fracasada. Mi cuerpo no puede hacer lo que se supone que debe hacer. Y mi hijo está pasando hambre por mi culpa.

—No está pasando hambre. Vamos a darle fórmula. Comerá.

—Pero no es lo mismo.

—¿Y qué más da? —dije, sin pensarlo—. No importa si es leche tuya o de un bote. Lo que importa es que coma.

Ana me miró con una expresión que no supe descifrar. No era enfado, no era tristeza. Era algo más parecido a la sorpresa, como si hubiera descubierto que yo, el hombre de las listas y los manuales, podía decir algo que tuviera sentido.

—Tienes razón —dijo, al cabo de un momento—. No importa de dónde viene la leche. Importa que coma.

—Pues eso.

Ana sonrió, débilmente, y me pidió que fuera a comprar la fórmula. Salí a la farmacia más cercana, compré tres botes del tipo más recomendado, y volví a casa con la sensación de estar haciendo algo útil, algo tangible, algo que podía resolver.

Preparamos el primer biberón. Ana, con el bebé en brazos, lo acercó a la tetina. El bebé, que segundos antes estaba llorando, se prendió al biberón como si fuera un salvavidas. Y empezó a mamar. Y mamar. Y mamar.

Cuando terminó, estaba tranquilo. Sus ojos se cerraron, su respiración se hizo profunda, y se durmió en los brazos de su madre.

Ana lo miró. Y luego, sin previo aviso, se puso a llorar.

—¿Qué pasa? —pregunté, alarmado.

—No lo sé —dijo, entre sollozos—. Estoy aliviada. Y al mismo tiempo, me siento una inútil.

—No eres una inútil.

—Mi hijo ha tenido que comer de un bote porque yo no he podido darle de comer.

—Ana —dije, sentándome a su lado—. Has pasado nueve meses creándolo. Has pasado horas de parto trayéndolo al mundo. Has pasado noches enteras sin dormir para cuidarlo. No eres una inútil. Eres la madre más increíble que he visto.

Ana levantó la vista y me miró. Sus ojos estaban rojos y sus mejillas húmedas, pero su mirada era más clara que antes.

—¿De verdad piensas eso?

—Sí.

—Aunque me haya rendido con la lactancia.

—No te has rendido. Has encontrado otra forma. Y eso no es rendirse. Es adaptarse.

Ana guardó silencio un momento. Luego, con una voz que apenas era un susurro, dijo:

—Somos un desastre, ¿verdad?

—Un desastre completo.

—Pero estamos aquí.

—Sí.

—Y eso es lo que importa.

—Sí.

Nos quedamos callados, mirando al bebé que dormía en brazos de Ana. Era tan pequeño, tan frágil, tan dependiente de nosotros para todo. Y nosotros, dos adultos que no sabían cómo hacerlo, estábamos aprendiendo sobre la marcha.

Esa noche, después de que Ana y el bebé se durmieran, abrí mi bloc de notas y escribí:

"Hoy Ana lloró porque su leche no sale. Yo le dije que no importaba, que la fórmula también sirve. Pero no sé si la convencí. Ella se siente como una fracasada. Yo me siento como un inútil. Pero juntos, quizás, podamos ser un desastre funcional."

Luego debajo:

"La leche que no sale no es una derrota. Es una oportunidad para aprender que hay más de una forma de alimentar. Y más de una forma de amar."

Cerré el bloc y fui a la habitación beige. Ana dormía con el bebé pegado a su pecho, como si aún estuviera intentando alimentarlo con su propia esencia. Y yo, que no entendía nada de lactancia ni de leche materna ni de fórmulas, entendí una cosa: el amor no está en la leche. Está en la intención. Está en el intento. Está en estar.

Y nosotros, aunque todo nos saliera mal, estábamos.

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