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EL PRECIO DEL HIELO

EL PRECIO DEL HIELO

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / CEO / Amor tras matrimonio / Romance oscuro
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Mahary Garcia

El contrato de matrimonio no era solo papel: era una sentencia. A los 26 años, Valeria Varela se convirtió en la esposa de Dante Moretti, el hombre más poderoso, frío y temido de la ciudad —dueño de imperios empresariales y redes que nadie se atreve a nombrar. Ella lo amó desde antes de decir “sí”, creyendo que su amor sería suficiente para derretir su hielo. Pero tres años después, vive invisible: olvidada en sus cumpleaños, humillada en cenas de negocios, siempre relegada a un segundo plano frente a la mujer que él nunca dejó de querer: su exnovia, y ahora asistente personal, Isabella.
Valeria finge sumisión, baja la cabeza y sonríe cuando la insultan, pero detrás de esa máscara hay una inteligencia afilada y un dolor que se convierte en veneno. Cuando descubre que todo su matrimonio fue un acuerdo para saldar una deuda familiar, y que Isabella ha manipulado cada error, cada malentendido, cada lágrima suya, algo se rompe —y algo nuevo nace.

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CAPITULO 6 PARTE II

Dante apretó los puños a los costados, las venas de su cuello marcadas por la rabia contenida.

 Miró a Lucas con una furia asesina, como si el abogado acabara de cometer la mayor traición de todas, y luego clavó sus ojos grises en mí. No había amor, ni lástima, ni siquiera indiferencia. Había guerra.—Entendido —escupió entre dientes—. Pero recuerda, padre: yo sigo siendo el dueño de esta empresa, y mi vida privada... sigue siendo mía.-

—Mientras vivas bajo mi apellido y mis reglas... nada es solo tuyo —replicó Giorgio sin pestañear.-

 Se giró entonces hacia mí, y su mirada de acero se suavizó apenas, convirtiéndose en algo parecido a la aprobación—. Y tú, Valeria... mañana a las 8:00 en punto. Lucas vendrá a buscarte. Él será tu maestro. Te enseñará cada línea de ese contrato, cada ley, cada cláusula que te protege y que te da poder. Te enseñará cómo funciona el imperio que llevas en el nombre.-Hizo una pausa, dio unos pasos lentos hacia mí y bajó la voz para que solo yo lo oyera, con una sonrisa astuta y peligrosa:—Dante cree que Isabella sabe de negocios. Pero Isabella solo sabe robar, manipular y disfrutar del poder ajeno. Tú... tú tienes la inteligencia de tu padre, esa que nadie supo ver. Y con lo que Lucas te va a enseñar... vas a ser mucho más peligrosa de lo que ellos imaginan.-

Se enderezó, hizo una señal a Marco y a Lucas para que lo siguieran, y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, Lucas se detuvo un segundo a mi lado, sin mirarme directamente, susurrando tan bajo que apenas lo escuché:—Le he dado las armas, señora. Ahora depende de usted usarlas. Y recuerde... están de su lado, aunque no lo parezca.-

Y se fue.

Mi madre, Adriana, me miró con ojos llorosos y miedo en la mirada, como si yo ya fuera una desconocida.

—Valeria... por favor... no hagas nada estúpido. Ellos son demasiado poderosos. Solo... solo sé buena, como siempre. La miré con frialdad, sin rastro de la hija sumisa que ella había criado para vender.-

—La bondad me costó tres años de infierno, madre. Ya no me sirve. Vete. Y si puedes... empieza a pensar en ti misma, porque yo ya no voy a protegerte si decides seguir del lado de quienes me destruyeron.-

Ella retrocedió, herida y asustada, y salió apresurada detrás de Giorgio. Elena fue la última. Me miró con una mezcla de orgullo y tristeza, se acercó rápido y me dio un abrazo fuerte, de esos que te dan fuerza.-

—Sea lo que venga, hermana... yo estoy contigo. No importa si el mundo entero está en tu contra. Yo soy tu equipo. Y si ese imbécil de Dante te vuelve a hacer daño... yo misma le arranco los ojos.-

Le sonreí, una sonrisa real, pequeña pero sincera.-

—Gracias, pequeña. Ve con mamá. Y mantén los ojos abiertos. Ahora todo ha cambiado.-

Cuando la puerta de entrada se cerró, quedamos Dante y yo solos en el gran vestíbulo de mármol. El silencio volvió a llenar el espacio, pero ya no era vacío. Estaba cargado de electricidad, de rabia, de verdades al descubierto. Dante caminó lentamente hacia mí, cada paso pesado, amenazante. Se detuvo a solo unos centímetros de mí, invadiendo mi espacio, obligándome a alzar la cabeza para mirarlo a los ojos. Olía a su perfume caro, a tabaco, a ese olor que durante tres años había considerado mi hogar, y que ahora solo me resultaba a prisión y mentira.

—Te crees muy lista, ¿verdad? —me dijo, con voz baja y venenosa, inclinándose hacia mí—. Crees que porque mi padre te presta atención y Lucas te lee unos papeles, ya eres la dueña del mundo. Crees que tienes poder. Pero déjame recordarte algo, Valeria... el papel no hace el poder. El poder se toma. Y yo llevo años tomándo todo lo que quiero.- Me sostuvo la mirada, desafiante, buscando cualquier rastro de miedo en mí, esperando que bajara la vista como siempre hacía. Pero yo no bajé la mirada. Al contrario, di un paso al frente, rompiendo la distancia que él había impuesto, y le sonreí. Una sonrisa fría, calculada, idéntica a la que él usaba siempre.

—Tienes razón, Dante —respondí, con una calma que lo desconcertó—. El papel no hace el poder. Pero el papel me dice que tú me debes todo. Que yo soy tu protección legal. Que si yo decido, puedo arruinarte, destruir tu imperio, dejarte sin nada y a ti y a tu querida Isabella en la calle, mendigando lo que hoy tienes por derecho... o por robo.-

Su mandíbula se tensó. Sus ojos grises brillaron con furia. Iba a hablar, a gritarme, a insultarme, pero yo continué, bajando la voz, imitando su tono, haciéndole daño con cada palabra, tal como él me había hecho a mí.

—Y te diré algo más... crees que Isabella es tu igual, tu compañera, la única que te entiende. Pero escuchaste a tu padre. Escuchaste a Lucas. Isabella no tiene nada. Ella solo sabe estar a tu lado cuando ganas, cuando tienes poder, cuando tienes dinero. Pero yo... yo he estado aquí cuando me despreciabas, cuando me olvidabas, cuando me humillabas. Yo conozco tu peor versión, Dante. Y aun así... hoy estoy aquí, de pie, aprendiendo, preparándome.- Toqué suavemente la solapa de su traje, como lo había hecho antes, pero esta vez no era una caricia. Era un gesto de desprecio, de marca de territorio.

—Y cuando aprenda todo lo que tengo que aprender... cuando sepa todo lo que tú sabes... vas a desear, Dante Moretti, haberme tratado mejor. Porque yo no soy Isabella. Ella quiere lo que tienes. Yo... yo quiero lo que te costó conseguirlo. Y voy a quitártelo todo, pedazo a pedazo, hasta que te quedes tan vacío como me dejaste a mí.-

Retiré la mano bruscamente y di media vuelta, caminando hacia las escaleras, erguida, con la cabeza alta, sin mirar atrás.—Esta noche duerme tranquilo, marido mío. Mañana empiezan las clases. Y créeme... voy a ser una alumna excelente.-

Subí las escaleras despacio, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda, sintiendo la rabia que emanaba de él, pero también sintiendo algo nuevo: respeto. O al menos, miedo. Y en su mundo, el miedo era el primer paso para el respeto. Al llegar a mi habitación, me dirigí directamente al gran espejo. Me quité la blusa, me quité los pantalones sencillos, me deshice de la ropa que gritaba "esposa sumisa". Abrí el armario y saqué cosas que había comprado hacía tiempo, impulsos ocultos, prendas que nunca me había atrevido a ponerme porque "llamaban demasiado la atención", porque Dante decía que debía pasar desapercibida. Vestí un traje de chaqueta entallado, color negro intenso, de tela fina, corte masculino pero femenino a la vez, que marcaba mi figura con elegancia y autoridad. Me recogí el cabello en un moño alto, firme, dejando al descubierto mi cuello, mis hombros, mi rostro. Me puse unos pendientes pequeños, de diamantes, los únicos que no me había regalado él, sino que había sido un regalo de mi padre antes de morir. Y me miré.Ya no había rastro de la chica dulce, de la niña perdida, de la moneda de cambio. Allí, reflejada en el cristal, había una mujer. Una mujer herida, sí, pero viva.

 Una mujer que conocía sus derechos, que tenía aliados poderosos, que tenía un plan.

—Bienvenida de nuevo, Valeria —susurré a mi reflejo—. Que empiece el juego.-

A la mañana siguiente, el sol apenas despuntaba cuando escuché el coche en la entrada. Eran las 7:45. Lucas había llegado antes de la hora. Bajé las escaleras despacio, escuchando el murmullo de voces en el vestíbulo. Dante estaba allí, listo para irse a la empresa, vestido de gris oscuro, impecable, con esa altivez que siempre lo caracterizaba. Y al ver bajarme... se quedó mudo. Me vio.

Realmente me vio. Y por primera vez en tres años, sus ojos grises no pasaron de largo. Se detuvieron en mí, recorrieron cada detalle: la ropa, el peinado, la postura, la mirada. Y vi algo que nunca había visto: sorpresa. Y algo más... deseo. Un deseo oscuro, peligroso, que mezclaba atracción con rivalidad. Lucas estaba junto a la puerta, con su maletín, impecable, serio. Pero cuando me vio, sus ojos brillaron con satisfacción. Había hecho bien su trabajo al hablar ayer. La semilla estaba plantada, y yo había florecido en una noche.

—Buenos días —dije, con voz clara y firme, deteniéndome frente a ellos, sin mirar a Dante, dirigiéndome solo a Lucas.

—. ¿Estamos listos, abogado?-

—Sí, señora —respondió Lucas, haciendo una pequeña reverencia, respetuosa, profesional, pero con ese brillo de complicidad—. Todo está preparado. El señor Giorgio nos espera.

Dante reaccionó, recuperando su arrogancia, aunque su voz sonó un poco más ronca de lo habitual.—No sé qué se cree mi padre que está haciendo —dijo, cruzándose de brazos, mirándome con rabia y algo parecido a fascinación-

—. Esto es un juego para él, Valeria. Un entretenimiento. Crees que vas a entrar en mi mundo y cambiar las cosas con solo ponerte un traje negro y caminar erguida. Te equivocas. Mi mundo es cruel. Despiadado. Y te va a comer viva.-

Lo miré entonces. Lo miré directo a los ojos, y le regalé la sonrisa más hermosa y más aterradora que tenía guardada.—Entonces espero, Dante... que tengas el estómago preparado. Porque cuando termine de aprender... voy a ser yo quien se coma tu mundo.-

Me giré y caminé hacia la puerta, saliendo al aire fresco de la mañana, subiendo al coche de Lucas, dejando a Dante plantado en la entrada, mirando cómo me iba, mirando cómo se le escapaba de las manos la mujer que siempre había creído poseer.

Mientras el coche arrancaba y se alejaba de la mansión, miré por la ventanilla. La gran casa, mi prisión durante tres años, se hacía pequeña a lo lejos. Y supe, con una certeza absoluta, que no tardaría en volver. Pero cuando lo hiciera... no volvería como la esposa olvidada. Volvería como la dueña. Lucas me miró de reojo desde el asiento del conductor, y rompió el silencio con voz baja y seria:

—Hay algo más que debe saber, Valeria. Algo que ni siquiera Giorgio sabe. Algo que descubrí revisando los libros antiguos de su padre... y que Isabella está intentando robar desde hace años.- Me giré hacia él, atenta, con el corazón latiendo fuerte.

—¿Qué cosa, Lucas? Él me miró, y por primera vez vi miedo en sus ojos.—Su padre no solo dejó una deuda, señora. Su padre dejó una fortuna oculta. Una fortuna inmensa, guardada en cuentas secretas, activos en el extranjero, propiedades... Y Dante e Isabella lo saben. Por eso lo casaron contigo. No solo para cobrar la deuda... sino para llegar a lo que escondes tú. A lo que solo tú puedes reclamar por derecho de sangre. Me quedé helada. Todo encajaba. Todo tenía sentido ahora. El desprecio, la prisa, la obsesión de Isabella, la frialdad de Dante. Nunca me quisieron a mí. Solo querían lo que yo tenía dentro: la llave a una riqueza que haría que el imperio Moretti pareciera pequeño.-

—¿Cuánto? —susurré, con la voz rota por la sorpresa.—Suficiente para comprar a los Moretti tres veces. Suficiente para destruirlos o salvarlos. Y solo usted tiene la clave. Miré hacia delante, hacia la ciudad que se extendía ante nosotros, llena de edificios altos, de poder, de mentiras.

—Entonces, Lucas... nuestro trabajo acaba de volverse mucho más interesante.-

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Laura Panama
así me gusta que se defienda no que se umille
Maria natalia Jauregui ramirez
Si
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