Aurora, una joven de campo marcada por el miedo, huye hacia Londres junto a su pequeño hermano Charles, escapando de un pasado oscuro y de un padrastro que amenaza con destruirlo todo. En medio de una ciudad desconocida y desafiante, su dulzura e inocencia se convierten en su única fortaleza.
Su vida cambia cuando conoce a Christian Potter, un hombre que ella cree un simple chofer, sin imaginar que en realidad es un poderoso y frío CEO multimillonario. Acostumbrado al éxito, pero atrapado en una vida de soledad y amargura, Christian encuentra en Aurora una luz inesperada.
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Capítulo 22
Christian miró el reloj por tercera vez. Ya eran las nueve y media de la noche y Aurora todavía no había llamado ni enviado un mensaje para avisar a qué hora saldría. Frunció el ceño, preocupado.
—Charlie —dijo, levantándose del sofá—, tu hermana está tardando mucho. ¿Qué te parece si vamos al supermercado y le compramos cosas ricas para cocinarle algo especial cuando llegue? Así le damos una sorpresa.
Charles levantó la vista del teléfono que Christian le había prestado y sonrió con picardía.
—¿Tú vas a cocinar? Si ni siquiera sabes hervir agua… Yo apenas caliento el almuerzo.
Christian soltó una risa baja y lo miró fingiendo ofensa.
—Oye, no seas tan cruel. Puedo aprender. Además, no voy a cocinar yo solo. Tú me vas a ayudar. Vamos, será divertido. ¿Sí o no?
Charles dudó un segundo, pero la idea de hacer algo especial para Aurora terminó por convencerlo.
—Está bien… pero si quemamos la comida, la culpa es tuya.
—Trato hecho —dijo Christian, revolviéndole el cabello—. Vamos.
Salieron del edificio y subieron al coche. En lugar de ir al pequeño supermercado del barrio, Christian condujo hacia el centro, hasta llegar a Harrods, la cadena de supermercados más exclusiva y lujosa de Londres.
Cuando entraron, Charles se quedó con la boca abierta. Nunca había visto un lugar así: pisos brillantes, luces doradas, pasillos enormes llenos de productos que ni siquiera sabía que existían. Olía a pan fresco, perfumes caros y flores.
—Wow… —susurró el niño, mirando todo con ojos como platos—. Esto parece un palacio.
Christian sonrió y tomó un carrito grande.
—Sube —dijo, señalando el asiento para niños en la parte delantera del carrito.
Charles se subió emocionado y Christian comenzó a empujarlo por los pasillos.
Empezaron por la sección de alimentos. Christian tomó sin mirar precios:
Dos botellas de vino tinto italiano
Filetes de salmón fresco
Langostinos grandes
Quesos importados (brie, cheddar añejo y roquefort)
Una selección de frutas exóticas: mangos, kiwis, fresas grandes y uvas negras
Crema de avellanas, chocolates belgas y macarons
Pan artesanal recién horneado
Helado premium de vainilla y chocolate belga
Ingredientes para hacer una pasta con salsa de crema y camarones
Charles no dejaba de señalar cosas.
—¡Mira eso! ¿Qué es?
—Caviar —respondió Christian—. ¿Quieres probarlo algún día?
El niño negó rápido con la cabeza, riendo.
Siguieron al área de electrodomésticos pequeños. Christian eligió:
Una licuadora moderna
Una sandwichera
Una olla eléctrica pequeña
Un set de sartenes antiadherentes
Luego pasaron al área de hogar. Christian compró dos sillas nuevas para la mesa, dos cobijas suaves y gruesas de buena calidad, y un juego de sábanas.
En la sección de perfumería, tomó un frasco elegante de perfume floral suave y lo olió.
—Este es para Aurora —dijo sonriendo—. Creo que le va a gustar.
Charles asintió entusiasmado.
Para el niño, Christian eligió sin medida:
Cinco pijamas nuevas y cómodas
Ropa completa (jeans, camisetas, sudaderas, chaqueta)
Un par de zapatos deportivos y otro de vestir
Un mini-closet portátil de tela para organizar la ropa
Varios libros ilustrados y de aventuras
Juguetes: un set de bloques de construcción, un balón de fútbol y un coche de control remoto
Charles estaba en el cielo. De pronto señaló una televisión grande de pantalla plana.
—Christian… ¿podemos comprar una tele? Así podemos ver películas juntos… por favor.
Christian dudó. Sabía que Aurora se molestaría si veía algo tan caro. Se pasó la mano por la nuca.
—No sé, Charlie… tu hermana podría enfadarse.
—Por favor… —suplicó el niño con ojos grandes—. Solo una pequeña.
Christian suspiró, derrotado por esa mirada.
—Está bien. Pero después yo me encargo de explicarle a Aurora.
Compró una televisión de 55 pulgadas y, casi sin pensarlo, también una PlayStation 5 con dos controles.
La cuenta final fue astronómica. Christian pagó sin pestañear con su tarjeta negra.
Al salir, indicó discretamente a Andrew, que esperaba con el coche grande:
—Andrew, necesito que lleves todo esto al apartamento de Aurora. Sé discreto. Sube las cosas cuando no haya nadie mirando. Hay otro hombre de confianza esperando abajo para ayudarte.
Andrew asintió con profesionalismo.
—Entendido, señor. Lo haré con cuidado.
Christian y Charles regresaron en el coche normal. Durante el trayecto, Charles no dejaba de hablar emocionado.
—Nunca había visto tantas cosas bonitas… ¿Aurora se va a enojar?
—Tal vez un poco al principio —admitió Christian—, pero después se va a poner feliz. Ya verás.
Cuando llegaron al edificio, Andrew y otro hombre de confianza ya estaban subiendo las bolsas y cajas por las escaleras con mucho cuidado para no hacer ruido.
Charles entró corriendo al apartamento, feliz.
—¡Mira todo lo que compramos, Christian!
Christian sonrió al ver la cara de ilusión del niño.
—Ahora ayúdame a guardar algunas cosas antes de que llegue Aurora. Y recuerda: la tele y la PlayStation las explico yo.
Charles asintió con complicidad.
—Vale… pero gracias. Eres como un papá.
Christian se quedó quieto un segundo, conmovido por las palabras del niño.
—Vamos a hacer que todo esté bien para ti y para tu hermana —dijo en voz baja.
Mientras guardaban algunas cosas, Charles no dejaba de sonreír. Por primera vez en mucho tiempo, el pequeño apartamento se sentía lleno de esperanza y alegría.