La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
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CAPÍTULO 8: EL FILTRO DE LA VERDAD
El agua de la bahía no solo estaba helada; se sentía como si estuviera viva, una sopa espesa de sedimentos y filamentos microscópicos que se enredaban en las extremidades de Elías y Jake. Nadaban con movimientos lentos, casi mecánicos, tratando de no perturbar el equilibrio de los cientos de "Arrodillados" que flotaban a su alrededor. El espectáculo era una bofetada a la dignidad humana: hombres y mujeres en un trance inducido, sirviendo como boyas biológicas para una señal que Jake sentía vibrar en la base de su cráneo.
—Mantén... el ritmo...
—susurró Elías. Su voz era un silbido forzado por el esfuerzo de mantener sus pulmones a salvo de la presión del agua fría contra sus costillas fracturadas.
Jake iba a la vanguardia. De repente, una mano surgió de las profundidades y se cerró sobre su tobillo. El chico fue arrastrado hacia abajo antes de que pudiera reaccionar. Bajo la superficie violeta, se encontró cara a cara con un hombre cuyos ojos, inyectados en sangre, no tenían el vacío de la Red. Estaban llenos de un terror humano y lúcido.
Jake emergió a la superficie, arrastrando al hombre con él.
—¡Jake! ¡Suéltalo!
—rugió Elías, desenfundando su pistola sumergida
— ¡Va a alertar a la colmena!
—¡No es uno de ellos, Elías!
—gritó Jake, rodeando el cuello del hombre para mantener su cabeza fuera del agua
—¡Está intentando hablar!
El hombre empezó a convulsionar, escupiendo agua salada mezclada con una sustancia oscura. Miró a Jake con una urgencia desesperada y acercó su rostro al del chico.
—La... señal...
—logró articular el hombre entre espasmos
—El Profeta... usa la mentira... para dividir... No crean... en las voces... Ella... la científica... es la clave... Él quiere... que duden...
Elías, al oír esto, comprendió el peligro. La Red no solo enviaba monstruos; enviaba veneno psicológico. Si lograba que los soldados dudaran de la líder que los guiaba, la Ciudadela caería desde dentro sin disparar una sola bala.
—¡Llevalo a la orilla! ¡Ahora!
—ordenó Elías, viendo cómo el círculo de Arrodillados a su alrededor empezaba a agitarse.
Iniciaron una carrera frenética hacia los muelles de hormigón. Elías cubría la retaguardia, disparando contra las figuras que empezaban a emerger del agua con una coordinación antinatural. Cada disparo era un eco seco que recordaba a Elías por qué seguía luchando: por Aegis, por el futuro, y por esa mujer de mirada inteligente y triste que lo esperaba en la Ciudadela. Recordó la última vez que vio a Alexia antes de partir; la forma en que su mano rozó la de él por un microsegundo, un contacto que valía más que mil medallas. Ella confiaba en él para encontrar el origen del virus, el lugar donde su madre decía que todo comenzó. Y él no iba a fallarle.
Llegaron al Muelle 41. Jake arrastró al extraño hasta las tablas de madera podrida mientras Elías subía con un quejido de dolor que le desgarró el pecho. El hombre que rescataron estaba tirado en el suelo, con el cuerpo rígido.
—¿Qué quieres decir con que quiere que dudemos?
—preguntó Jake, arrodillándose a su lado.
El hombre lo miró con una claridad final.
—La Catedral... amplifica los miedos. El Profeta... proyecta sombras sobre los que amáis... Alexia... ella es la única que tiene la fórmula... Por eso... él intenta que la odiéis... Si perdéis la fe... perdéis la guerra...
El hombre se tensó violentamente. Sus ojos estallaron en una nube de esporas finas y su cuerpo quedó rígido, convertido en una estatua de moho gris en cuestión de segundos. Había muerto protegiendo la última verdad que le quedaba.
Elías se acercó, apoyándose pesadamente en una caja de metal. Miró a Jake, que tenía el rostro pálido y la mirada perdida.
—¿Lo has oído, chico? El enemigo no solo tiene garras. Tiene veneno. Intentará que creamos que Alexia es el enemigo. Intentará que creamos que nuestro sacrificio es en vano.
Jake apretó el mango de su fusil.
—Lo sé, Comandante. Es solo que... ver a tanta gente así...
—Alexia busca la cura, Jake. Ella sabe que la humanidad no es un parásito, sino una especie que merece otra oportunidad. Y nosotros somos los que vamos a asegurarnos de que la consiga
—Elías sintió un calor en el pecho que no era dolor físico.
Era el pensamiento de Alexia, de su determinación inquebrantable por salvar un mundo que a menudo no merecía ser salvado. Él moriría mil veces antes de permitir que la Red manchara su nombre.
Se movieron con rapidez por los muelles, evitando las calles principales. El entorno era una pesadilla arquitectónica: los edificios de San Francisco estaban siendo reclamados por el hongo, pero el mapa de la madre de Alexia seguía marcando el camino hacia el punto cero.
—Tenemos que llegar a los antiguos laboratorios de contención
—dijo Elías, consultando su dispositivo
—Según los diarios, allí se guardó la cepa original antes de la mutación fúngica. Si Alexia tiene esa muestra, podrá revertir el proceso de "afinidad".
Jake asintió, su resolución fortalecida. El viaje a San Francisco ya no era solo una misión de reconocimiento; era una cruzada por la verdad. Elías, a pesar de sus costillas rotas y el cansancio extremo, caminaba con una nueva fuerza. No era solo el soldado de élite cumpliendo órdenes; era el hombre que amaba a la mujer que intentaba salvar al mundo, y esa era la armadura más resistente que existía.
Estaban en el corazón de la ciudad muerta. La Catedral de Micelio se alzaba frente a ellos, un monumento al silencio y a la desolación. Pero entre sus grietas, dos hombres avanzaban con el fuego de la lealtad encendido, listos para enfrentarse al Profeta y a cualquier mentira que la Red intentara sembrar.