"El último adiós nunca fue el final… solo el comienzo de un nuevo destino."
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CAPÍTULO 10 El amor que sigue creciendo
Pasaron las semanas y él pololeo de Eluney y Cristian se asentó con la misma tranquilidad con la que había empezado.
No hubo cambios bruscos, ni promesas exageradas, ni cosas que no correspondieran a su edad y a la confianza que se tenían.
Al contrario: cada día que pasaba, el cariño se hacía más fuerte, más seguro y más real.
Seguían viéndose todas las mañanas a la entrada del colegio, cada uno en su curso —ella en Primero Medio A, él en la C—, pero a la hora del recreo siempre encontraban un rincón tranquilo del patio para sentarse juntos, compartir la merienda o simplemente hablar en voz baja, sin que nadie los molestara.
Al salir, volvían a caminar tomados de la mano por las calles de La Reina, bajo el cielo grisáceo de junio, sintiendo que el frío se les pasaba solo con estar cerca el uno del otro.
Cristian seguía siendo el mismo: atento, respetuoso, nunca invadía su espacio ni le pedía nada que ella no quisiera dar.
Le abría la puerta, le preguntaba si le hacía frío, le escuchaba con atención cuando le contaba cualquier cosa, por pequeña que fuera.
Y Eluney, a su vez, le correspondía con la misma ternura: le sonreía con facilidad, le contaba sus dudas, le hablaba de sus clases y de las travesuras de Antonella, sabiendo que con él todo estaba bien.
Incluso en las casas, ya no había secretos.
Sus padres sabían que eran pololos y lo veían con buenos ojos, al ver que se trataban con educación y seriedad.
Antonella, que al principio se había sorprendido, ahora los veía con naturalidad y hasta se burlaba suavemente.
—¡Te lo dije!
—le decía a su hermana riéndose—.
¡Sabía que terminarían siendo pololos!
Y Anahís, cada vez que los veía llegar juntos, corría a abrazarlos a los dos, llamándolos con su forma particular.
—¡Hola nuney!
¡Hola hermano!
¡Ahora están más unidos!
Las noches seguían siendo igual de especiales: mensajes de buenos días, llamadas breves antes de dormir, contándose cómo les había ido en el día. Cristian solía escribirle frases sencillas pero sinceras: “Hoy me acordé de ti en la clase de matemáticas”, “Espero que descanses, que mañana nos vemos”, sin palabras rebuscadas, pero llenas de sentimiento.
Un día, mientras caminaban por el parque del barrio, Cristian se detuvo, la miró a los ojos y le dijo con voz suave.
—A veces pienso que todo esto pasó muy bien, sin apurarse, sin complicaciones.
Me gusta mucho lo que tenemos, Eluney.
Quiero que sepas que esto no es algo de un momento, sino que quiero que sigamos así, con calma, respetándonos siempre.
Ella le apretó más fuerte la mano, sintiendo cómo el corazón se le llenaba de una paz inmensa.
—Yo también lo siento así —le respondió con una sonrisa dulce—.
Nunca me he sentido tan tranquila y segura con nadie.
Me encanta que sigamos igual, que nada cambie para mal, que el cariño siga creciendo poco a poco.
Y así era: el amor entre ellos no era algo ruidoso ni llamativo, sino algo firme, que se construía día a día con pequeños gestos, con confianza y con el deseo de hacer feliz al otro.
No había prisa por llegar a nada más; les bastaba con saber que estaban ahí el uno para el otro, en cada paso, en cada día del colegio, en cada camino de regreso a casa.
Las semanas pasaban, el invierno se acercaba con sus días más cortos y lluviosos, pero en medio de todo, el vínculo entre Eluney y Cristian se mantenía firme, cálido y verdadero, como una luz que no se apagaba, prometiendo que seguiría así por mucho tiempo más.