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NO ERA TU FAN

NO ERA TU FAN

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance de oficina / Posesivo
Popularitas:357
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.

Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.

Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 6 EL PRIMER DÍA EN CASA

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Terminé de revisar todo en la oficina, guardé mis papeles en el maletín y salí de la empresa con paso firme. Subí a mi Lamborghini y conduje directo hacia el centro de la ciudad, donde por fin iba a estrenar mi nuevo hogar. El edificio era moderno, de líneas rectas y muy elegante, y mi departamento ocupaba todo el último piso, tenía dos niveles: en la parte baja estaban la sala, el comedor, la cocina y un baño de visitas, mientras que arriba, por medio de unas escaleras amplias con barandillas de cristal y acero, se encontraban las habitaciones, el vestidor enorme y el baño principal con jacuzzi y vistas panorámicas. Todo estaba tal como lo había pedido: predominaba el color blanco, las paredes lisas, los muebles de líneas sencillas, sin adornos que estorbaran, todo limpio, ordenado y con mucha luz natural entrando por los ventanales.

En cuanto entré, dejé mis cosas sobre el sofá y saqué mi teléfono para llamar a mi padre, tal como había prometido.

—Hola, papá —dije en cuanto contestó, sentándome cómoda en uno de los sillones—. Ya llegué bien al departamento, todo está en su lugar, ya lo estreno hoy.

—Hija, qué bueno saberlo —se escuchó su voz al otro lado, con ese tono tranquilo pero lleno de preocupación habitual—. ¿Todo te parece bien? ¿No te falta nada? ¿Te sientes cómoda ahí?

—Todo está perfecto —respondí con calma, recorriendo con la mirada cada rincón—. Es amplio, silencioso, justo como lo imaginaba. Esta noche ceno algo ligero, no te preocupes.

Preparé mi cena en la cocina impecable: una ensalada fresca con pollo a la plancha, condimentada con hierbas y aceite de oliva, nada pesado, sencillo y nutritivo. Comí despacio, sin prisa, en la mesa grande que estaba frente a la ventana con vista a las luces de la ciudad. Después de recoger todo y dejar la cocina tan limpia como la encontré, subí las escaleras hacia mi habitación. Me senté un rato en el suelo junto al ventanal, observando cómo la noche caía sobre la urbe, sin sentir soledad ni aburrimiento, solo esa calma habitual en mí. Encendí la televisión y puse una película, una historia de amor que escuchaba y veía con atención, analizando cada gesto, cada mirada y cada frase, como si estuviera estudiando un nuevo tema en lugar de ver una historia de ficción. Cuando terminó, me di una ducha relajante, me puse una pijama de seda blanca y me acosté en la cama grande, durmiendo profundamente hasta la mañana siguiente.

Me desperté exactamente a las 6:00 de la mañana, sin necesidad de despertador, con el cuerpo descansado y la mente ya activa. Fui al baño, me di un baño con agua tibia que me relajó los músculos, me sequé con toallas suaves y pasé al vestidor para elegir mi ropa. Ese día me puse un short de cuero negro, ajustado y de buena calidad, combinado con una camisa de algodón blanco con pequeños puntos negros, de la marca Chanel, que me quedaba perfecta, no muy ajustada pero marcando mi figura con elegancia. Me calcé unas botas negras altas de tacón grueso, cómodas para caminar, y me senté frente al espejo para peinarme. Con mucho cuidado y precisión, hice ondas suaves en mi cabello recién tratado, logrando que cayera con movimiento y brillo hasta mis hombros. Me maquillé de forma sutil: un poco de base para igualar el tono de mi piel, rubor apenas visible, delineador fino en los ojos y un brillo labial transparente, nada excesivo, solo para resaltar mis rasgos sin llamar demasiado la atención. Tomé una manzana verde para comer en el camino, guardé todo lo necesario en mi bolso y salí hacia el trabajo.

Llegué a las instalaciones a las 8:45, me dirigí a recepción, presenté mi pase temporal y me entregaron mi gafete oficial con mi foto, mi nombre y el puesto que ocupaba. Ya eran casi las 9:00 cuando entré al pasillo que llevaba a los camerinos de los artistas, y al llegar a la puerta indicada, la asistente de Ian me esperaba afuera.

—Buenos días, señorita Melissa —me saludó con rapidez—. Ya la esperábamos. Hoy tenemos agenda llena: primero una entrevista matutina en televisión para promocionar el nuevo álbum, y después ira a un desfile de moda. Tenemos que estar listos en menos de una hora.

Asentí y entré al camerino. Al cruzar la puerta, lo primero que vi fue a Ian de espaldas, sin camisa, solo con unos pantalones de deporte bajos en la cintura. Me quedé parada unos segundos observando sin disimulo, analizando cada detalle: tenía el torso bien definido, músculos marcados pero no exagerados, piel clara y unos tatuajes que recorrían todo su brazo derecho desde la muñeca, subían por el antebrazo, el bíceps y llegaban hasta el hombro y parte de la espalda; algunos eran en color con dibujos detallados, otros en tinta negra con líneas finas, todos con diseños que parecían tener un significado propio.

En ese momento, él se dio cuenta de mi presencia y giró lentamente la cabeza, luego fue recorriéndome con la mirada de arriba abajo, desde mis botas hasta mi cabello peinado, sin ocultar esa expresión de curiosidad y algo de desconfianza que ya le había visto.

Justo entonces entró Jovany detrás de mí, y al verlo sin camisa habló con prisa:

—¡Vamos, Ian! No pierdas tiempo, que hay que irse en seguida. Cambiate rápido, deja que Melissa te maquille y te acomode para salir.

Ian se encogió de hombros con aire de indiferencia, pero luego me miró y dijo con ese tono de voz grueso y relajado que tenía:

—¿Y ella va a hacer todo? ¿No hay otra persona que te vista o te acomode? Porque no estoy acostumbrado a que una desconocida ande cerca así.

Me quedé mirándolo con calma, sin alterarme, y respondí con naturalidad, incluso dibujando una sonrisa leve:

—No hay problema, no me incomoda para nada. Además, si te fijas bien, no hay nada que no se haya visto en fotos o conciertos, así que no hay mucho que enseñar.

Él abrió un poco los ojos, sorprendido por mi respuesta, y luego frunció el ceño con una expresión de enojo disimulado, como si nadie le hubiera hablado así antes.

Jovany rió bajito, entretenido, y me preguntó mientras yo sacaba todos mis productos de maquillaje y los acomodaba en la mesa con orden:

—Por cierto, Melissa… ¿vienes siempre así de arreglada y elegante incluso para empezar el día temprano?

Levanté la mirada, viéndolo con tranquilidad mientras revisaba que todo estuviera a mano:

—Simplemente me gusta vestirme bien, me hace sentir organizada y lista para trabajar. No hay más misterio —respondí con sencillez.

Me acerqué a la silla donde tenía que sentarse, pero me di cuenta de que tenía las piernas muy cerradas, la silla tenía ruedas y estaba pegada a la mesa, así que no tenía espacio para trabajar en su rostro y cuello. Lo miré directamente a los ojos, sin pedir permiso de forma excesiva, agarré el respaldo de la silla y la giré con suavidad hacia donde había más espacio. Luego me senté en el borde de la mesa, justo frente a él, y con calma le dije:

—Abre las piernas un poco, necesito espacio para acercarme bien y no dejar partes sin pintar.

Ian me miró asombrado, con esa cara de “¿quién te crees que eres?”, pero al final abrió las piernas con desgana, sin dejar de observarme. Me coloqué justo en medio, a pocos centímetros de su cuerpo, y empecé a trabajar: primero puse una crema hidratante en su piel, luego base ligera para que se viera uniforme ante las luces, un poco de polvo para quitar brillos, delineador muy sutil en los ojos para resaltarlos sin que se notara, y finalmente fijador. Todo lo hacía con movimientos suaves, rápidos pero precisos, sin temblar, sin dudar, como si llevara toda la vida haciéndolo. Él no decía nada, solo me miraba con esa mezcla de sorpresa y desconfianza, sin saber muy bien cómo reaccionar ante alguien que no le temía ni le daba demasiada importancia.

Cuando terminé el maquillaje, él se puso de pie y se vistió con ayuda de su asistente: se puso una camisa blanca de algodón, un traje negro entallado a la medida que le quedaba espectacular, pero le faltaba la corbata. Se quedó parado frente al espejo, sosteniéndola en la mano, y me preguntó con esa voz grave y profunda:

—¿Sabes cómo hacer el nudo bien? No quiero que quede torcido o apretado.

Me acerqué, pero como él medía casi 1,90 metros y yo tenía que levantar mucho la cabeza, me subí de un salto a una silla alta que estaba al lado, quedando justo a su altura. Me quedé frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, y empecé a pasar la corbata, haciendo el nudo con cuidado, acomodando el cuello de la camisa, metiendo la punta dentro del saco y ajustando todo con mis manos. Mientras lo hacía, mis dedos rozaron su pecho, su cuello y su espalda para dejar todo en su sitio, y él seguía mirándome fijamente a los ojos, sin decir ni una sola palabra, con esa mirada intensa que yo no interpretaba más que como curiosidad.

En ese momento entró la asistente de nuevo, miró el reloj y habló con prisa:

—¡Vamos, vamos! Ya se nos hace tarde, el programa no espera. Hay que salir ya mismo.

Me detuve un instante, mirándola con calma, y respondí con tono firme pero tranquilo:

—Si llegamos tarde es culpa mía o es porque ustedes no se organizaron con tiempo? Yo estoy haciendo mi trabajo lo mejor posible, con cuidado y sin apresurarme para que no quede mal. Usted lleva más tiempo trabajando con él, así que no me venga a apurar ahora que yo estoy empezando.

Ian, que estaba de pie detrás de mí, se quedó en silencio, escuchando lo que decía, y luego soltó una risa corta, casi de admiración disimulada, y dijo:

—Ya vamos, ya vamos… tiene razón, no hay que correr si no queremos que todo quede hecho de mala manera.

Me volví hacia él, lo tomé de los hombros con suavidad para que se sentara otra vez, tomé el peine y peiné su cabello, dejándolo con ese desorden controlado que le gustaba, ni muy ordenado ni muy alborotado, justo como él solía llevarlo.

—Listo, ya puedes irte —le dije con naturalidad.

Salimos todos del camerino, yo me coloqué bien el gafete, agarré mi bolso y seguimos hacia la salida. Fuimos en dos vehículos: Ian iba solo en una camioneta grande, cómoda y con cristales polarizados, y yo con la asistente y Jovany íbamos en otra detrás. El camino fue rápido, pero en todo el trayecto no se habló casi nada, solo comentarios breves sobre la ruta.

Cuando llegamos al edificio de televisión, apenas abrieron las puertas del estacionamiento ya se escuchaban gritos y voces fuertes.

—Ya sabían que veníamos —me explicó la asistente, mirándome por el espejo—. Siempre hay mucha gente aquí cuando viene Ian, es muy famoso y querido. Por eso a veces se ve tan seguro y confiado, tiene razón en sentirse así.

Sonrió mientras decía esto, y yo asentí sin decir nada más.

Entramos por una puerta reservada para artistas, subimos por un ascensor privado hasta el piso de grabaciones, y mientras esperábamos que dieran la señal para salir al aire, me acerqué a Ian otra vez para hacer los últimos retoques: pasé la mano por su cabello para acomodarlo, le di un pequeño toque de polvo en el rostro, y con cuidado le ajusté la camisa por debajo del saco, rozando levemente su pecho con las manos.

Al terminar, lo miré a los ojos y le dije con voz clara y segura:

—Así te ves perfecto, todo en su sitio.

Él me miró unos segundos, y por primera vez me dedicó una sonrisa sincera, relajada, y asintió con la cabeza. Yo no devolví la sonrisa, simplemente me aparté un paso y me quedé al lado de Jovany, observando.

En ese momento empezó la cuenta regresiva desde el control de cámaras:

—¡Cinco, cuatro, tres, dos… uno… al aire!

Las luces se encendieron con fuerza, el público aplaudió y gritó, y Ian salió caminando hacia el centro del escenario, seguro, con esa presencia que llenaba todo el lugar, mientras yo me quedaba en un rincón, observando, lista para cualquier cosa que hiciera falta.

 

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Quiara rara
/Joyful//Joyful/
Quiara rara
espero que sigas creciendo Haci con tu escritura ahora Soy tu fan número 1 👏👏🤭🤭
Quiara rara
¡wow!cool muy bien tienes talento para escribir eres verdaderamente excepcional 👏👏 felicidades 👏👏
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