Han pasado muchos años desde que las almas gemelas salvaron Arturias y devolvieron la paz al reino. El rey Carlos y la reina Miranda disfrutan de ver a sus hijos, Edward, Laura, Patrik y Fernanda, convertidos en grandes líderes y formando familias unidas. Mientras tanto, sus hijos han crecido y se han preparado para seguir el legado de sus padres.
Pero la tranquilidad llega a su fin cuando una poderosa amenaza resurge para intentar destruir Arturias. Ante el peligro, toda la familia real volverá a unirse en una misma batalla. Padres e hijos lucharán hombro a hombro, demostrando que la fuerza de su unión es mayor que cualquier enemigo.
Los nuevos herederos no solo deberán enfrentarse a un destino incierto, sino también aprender a dominar el extraordinario don que distingue a su linaje: la capacidad de comunicarse y luchar junto a los animales. Con ellos como sus más fieles aliados, descubrirán que el verdadero poder nace de la confianza, el valor y el amor por la familia.
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El primer prisionero
La nube de humo comenzó a disiparse lentamente entre los árboles del Bosque de Pachamama.
Edward avanzó con cautela hasta el hombre que había quedado tendido en el suelo. Dos soldados del Grupo Élite le retiraron las dagas, la espada y el arco antes de atarle las manos.
El prisionero respiraba con dificultad. Tenía una herida superficial en el brazo causada por una flecha de Alejandro. durante la emboscada.
—No dejen que se quite la capucha —ordenó Edward—. Primero revisemos que no lleve veneno o algún arma oculta.
Dante y Gael registraron al desconocido.
Encontraron varias dagas pequeñas, un silbato de hueso, una brújula y un mapa del Bosque de Pachamama con varios senderos marcados.
—Comandante, no lleva ningún documento —informó Gael.
Edward tomó el mapa.
—Entonces alguien no quiere que sepamos quiénes son.
Mientras tanto, Diego, que había permanecido en un puesto de apoyo junto a varios médicos del Norte, llegó al lugar acompañado por dos guardias.
Se arrodilló junto al prisionero y examinó la herida.
—Vivirá. La flecha solo rozó el brazo.
Curó la herida y la vendó.
—No quiero que muera antes de hablar.
A pocos metros, Patrik y Rocafox inspeccionaban el Árbol Madre.
Las llamas no habían alcanzado el tronco gracias a la rápida intervención de Carlos, Manuel, Alejandro y Dante.
Lorena recogió la antorcha que los atacantes habían utilizado.
—Está hecha con una resina muy extraña.
Diego la observó.
—No pertenece a los árboles del Norte.
Fernanda se acercó lentamente.
A su alrededor comenzaron a aparecer varios animales: dos zorros, un búho y el viejo lobo que los había guiado desde el inicio de la misión.
Todos permanecían inquietos.
Fernanda escuchó sus sonidos durante unos minutos.
Después miró a Edward.
—Dicen que estos hombres no viven en el bosque.
—¿De dónde vienen? —preguntó Carlos.
Fernanda negó con la cabeza.
—Los animales no lo saben. Solo los ven entrar y salir utilizando los túneles antiguos.
Edward tomó una decisión.
—Sellaremos todos los túneles que encontremos.
Rocafox no estuvo de acuerdo.
—Si los sellamos ahora, perderemos la oportunidad de descubrir adónde conducen.
El principe guardó silencio unos segundos.
Sabía que tenía razón.
—Entonces primero los exploraremos.
Mientras los soldados aseguraban la zona, Manuel se acercó a Carlos.
—Han sido demasiado organizados para ser simples mercenarios.
Carlos asintió.
—Alguien los está entrenando.
En ese momento, el prisionero comenzó a moverse.
Edward se arrodilló frente a él.
—¿Quién eres?
El hombre permaneció en silencio.
—¿Quién te envió?
Ninguna respuesta.
Edward hizo una señal a uno de los soldados.
Le retiraron lentamente la capucha.
Todos observaron su rostro.
Era un hombre joven, con varias cicatrices y una extraña marca tatuada detrás de la oreja izquierda: el mismo símbolo que habían encontrado en el Reino del Sur.
Rocafox frunció el ceño.
—Otra vez ese símbolo.
El prisionero sonrió por primera vez.
—Ya es demasiado tarde.
Edward lo sujetó del cuello de la túnica.
—¿Demasiado tarde para qué?
El hombre levantó la mirada hacia el cielo.
En ese instante, un fuerte silbido cruzó el bosque.
Todos los encapuchados que habían escapado respondieron con el mismo sonido desde distintos puntos de Pachamama.
Edward comprendió de inmediato.
No era una retirada.
Era una señal.
El enemigo acababa de iniciar la siguiente fase de su plan.
Continuará...