"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 8
El interior de la caja de pan era oscuro, olía a levadura y, para desgracia de una antigua aristócrata de la noche, se estaba volviendo insultantemente caluroso. Sofía von Bloodrose no necesitaba ser una experta en termodinámica para entender que su "transporte" no iba de camino a los aposentos del Duque, sino hacia un destino mucho más... crujiente.
—*¡Squeak!* (¡Maldita Isabella! ¡Juro por mi antiguo linaje que si salgo de esta, usaré tu mejor peluca como nido para mis crías de hámster!) —chilló Sofía, arremetiendo con sus hombros contra las paredes de madera.
El movimiento de la caja era brusco. El sirviente, siguiendo las órdenes de la Duquesa, atravesaba los pasillos de servicio hacia las cocinas reales. Sofía sabía que si llegaba al horno, su redención terminaría convertida en un panecillo de hámster con aroma a traición.
Sofía analizó su entorno. La caja tenía una pequeña bisagra de latón. En su vida anterior, habría usado un hechizo de apertura; ahora, tenía que usar sus incisivos de grado industrial. Con una furia que solo una vampiresa atrapada en un cuerpo de peluche puede manifestar, empezó a roer la madera cerca del cierre.
—*¡Squeak!* (¡Sabor a pino! ¡Qué ordinario!) —mascullaba entre mordisco y mordisco.
Justo cuando el sirviente entraba en la cocina —un caos de vapores, gritos de chefs y fuego—, Sofía logró debilitar el cierre. En un giro dramático, aprovechó que el hombre tropezó con un saco de harina para lanzarse con todo su peso contra la tapa.
La caja se abrió. Sofía salió disparada como un proyectil naranja, rodando por una mesa llena de masa para pasteles, dejando pequeñas huellas de patas en lo que iba a ser el postre del Rey, y aterrizando finalmente dentro de un saco de pimienta negra.
—*¡Achís! ¡Achís! ¡Squeak-achís!* —estornudó tan fuerte que salió impulsada hacia atrás, cayendo en un estante lleno de especias.
—¡Una rata! ¡Una rata en la cocina! —gritó un pinche, blandiendo un rodillo de madera.
—*¡SQUEAK!* (¡SOY UN HÁMSTER, PEDAZO DE ANALFABETA CULINARIO!) —protestó Sofía, esquivando el rodillo con una pirueta que habría envidiado un acróbata de circo.
Sofía corrió por los estantes, saltando entre frascos de mermelada y racimos de ajos (lo cual le daba un asco ancestral). De repente, se vio acorralada en una esquina alta del estante por tres cocineros armados con trapos y cucharas.
—Aquí termina la leyenda —pensó Sofía, mirando hacia abajo con horror—. Moriré a manos de un hombre que usa un sombrero de tela en forma de hongo. Qué humillación.
—**"¡Cuidado, cabeza de chorlito! ¡Fuego en el hoyo! ¡Polly quiere una galleta y tu cabeza!"**
Una sombra blanca cruzó el aire a toda velocidad. Un Cockatiel (una ninfa) de plumaje blanco nieve, con una cresta amarilla chillona y mejillas naranjas que rivalizaban con las manchas de Sofía, descendió en picada, picoteando la mano del cocinero que estaba a punto de atrapar a Sofía.
—¡Maldito pájaro loco! —gritó el cocinero, retrocediendo—. ¡Llévense a esa ave al jardín!
El pájaro se posó en el estante justo al lado de Sofía. Tenía una mirada desorbitada y movía la cabeza de lado a lado con una energía frenética.
—**"¡Hola, bonita! ¡Vaya trasero tiene el Duque! ¡Squeak es para perdedores, el lenguaje es para ganadores!"** —exclamó el ave con una voz chillona y perfectamente clara.
Sofía se quedó petrificada.
—*¡Squeak?* (¿Hablas?)
—**"Hablo, canto y sé dónde el chef guarda el jerez de contrabando"** —respondió el Cockatiel, dándose aires de importancia—. **"Me llamo 'Capitán Pico Dorado', pero puedes llamarme 'Tu única oportunidad de no terminar en un estofado'. Súbete, pequeña bola de grasa, el vuelo 001 con destino a 'Cualquier parte menos aquí' está por despegar"**.
Sin pensarlo dos veces, Sofía trepó por las garras del pájaro y se aferró a las plumas de su espalda. El Capitán Pico Dorado batió las alas con fuerza, elevándose sobre las cabezas de los cocineros mientras gritaba insultos sobre la higiene de la cocina que Sofía encontró extrañamente inspiradores.
En el Reino del Cielo, los Dioses estaban perdiendo la cabeza.
—¡No puede ser! —gritaba el Dios de la Fortuna—. ¡Un cockatiel con síndrome de Tourette! ¡Esto no estaba en el guion!
—¡Es brillante! —reía la Diosa de la Comedia—. Miren a Sofía, se está agarrando de las plumas como si fueran las riendas de un dragón. ¡La Dama de las Sombras montando una ninfa parlanchina! ¡He visto suficiente, puedo morir de nuevo!
—Apuesto diez orbes de luz a que el pájaro revela algún secreto vergonzoso del Duque en los próximos cinco minutos —añadió el Dios del Caos, frotándose las manos—. Ese animal ha pasado demasiado tiempo en los pasillos del palacio.
El Capitán Pico Dorado voló por los conductos de ventilación y salió por una ventana hacia los jardines interiores, aterrizando con la elegancia de un ladrillo en una fuente de mármol.
—**"Aterrizaje perfecto. El capitán les agradece por volar con Aerolíneas Pico Dorado. Por favor, asegúrense de no haber olvidado sus pulmones en la cocina"** —dijo el pájaro, sacudiéndose las plumas.
Sofía bajó, empapada y con los ojos dando vueltas.
—*¡Squeak!* (¡Eres un psicópata volador! ¡Me encanta!)
—**"Lo sé, nena. Soy el alma de las fiestas y el terror de las alfombras"** —el Capitán la miró con curiosidad—. **"Hueles a Duque. Al rubio amargado que nunca sonríe. ¿Eres su nueva alfombra de bolsillo?"**
Sofía intentó recuperar su porte aristocrático, acomodándose la corona (que milagrosamente seguía pegada a su cabeza por la mermelada de la cocina).
—*¡Squeak!* (Soy su consultora. Y busco venganza. Una mujer llamada Isabella intentó hornearme).
—**"¡Isabella! ¡Isabella tiene patas de gallo y usa faja!"** —gritó el pájaro, haciendo una pirueta en el aire—. **"Yo te ayudo, bola de pelos. Conozco todos los pasadizos. Pero a cambio, quiero que me consigas esas semillas de calabaza tostadas que el Duque tiene en su escritorio. Las de clase VIP"**.
Sofía asintió. Un trato era un trato.
Mientras tanto, en el comedor, Elías estaba de pie, mirando la panera vacía. Su rostro era una máscara de furia contenida. Había visto a Isabella susurrarle al sirviente y, al abrir la caja y no encontrar a su mascota, su corazón (ese órgano que juró haber congelado hace años) dio un vuelco desagradable.
—Si le ha pasado algo... —murmuró Elías, apretando el puño.
Caminó hacia el jardín, buscando desesperadamente. De pronto, vio una mancha naranja y blanca corriendo por la hierba, seguida por un pájaro blanco que gritaba: **"¡Fuga de la prisión! ¡Policía! ¡Traigan las nueces!"**.
Elías corrió hacia ellos. Sofía, al verlo, sintió un alivio inmenso. Corrió hacia él, esperando que por una vez, el Duque se olvidara de su frialdad y la levantara en un abrazo dramático de película.
Elías llegó frente a ella. Se arrodilló. Sofía se detuvo, con las patas extendidas, lista para el afecto.
—Pelusa —dijo él, su voz temblando ligeramente.
Estiró la mano... y en el último segundo, en lugar de levantarla, la usó para recoger la corona de plata que se había caído al césped.
—Casi pierdes esto. Es plata real, sería un desperdicio —dijo Elías, recuperando su tono monótono mientras se ponía de pie y la miraba con indiferencia—. Vuelve al bolsillo. Estás llena de harina y me vas a manchar la chaqueta.
Sofía se quedó con la boca abierta. *“¡¿HARINA?! ¡CASI MUERO HORNEADA Y ÉL SE PREOCUPA POR SU CHAQUETA!”*.
Pero, justo cuando ella iba a morderle el tobillo, Elías, pensando que nadie lo veía, usó su dedo meñique para darle una caricia rápida y casi invisible en la nuca. Fue un segundo, un roce lleno de un miedo a perderla que él no quería admitir.
Sofía se quedó helada. Ese pequeño roce intermitente la confundía más que los acertijos de los dioses.
—**"¡El Duque es un tacaño con los mimos! ¡Bésala, tonto!"** —gritó el Capitán Pico Dorado, aterrizando en el hombro de Elías.
Elías miró al pájaro con horror.
—¿Y esta aberración de dónde salió?
—*¡Squeak!* (¡Es mi nuevo general de división! ¡Y más te vale darnos semillas de calabaza si quieres que no cuente lo que piensas de Isabella en el próximo baile!)
La marca en la mente de Sofía brilló: *7/100 obras de bondad completadas.* (Hacerse amiga de un marginado social con alas contaba, aparentemente).
**Continuará...**