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El Precio De Tu Silencio

El Precio De Tu Silencio

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:647
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro

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Capítulo 6 – Las mentiras del pasado

El lunes siguiente, Valentina se despertó antes del amanecer. Adrián seguía durmiendo a su lado con una mano extendida sobre la almohada vacía donde ella solía apoyar la cabeza. Durante cinco años, esa imagen le había parecido tierna. Ahora le daba asco. Se levantó con sigilo, se vistió en el baño y salió de casa sin hacer ruido. No iba a encontrarse con Leonardo. No esa mañana. Tenía algo más importante que hacer.

Necesitaba saber quién era realmente Adrián. No el esposo amoroso. No el abogado exitoso. El hombre detrás de la máscara.

Tomó un taxi hasta el archivo judicial de la ciudad. Sabía que las sentencias eran públicas. Podía buscar su nombre sin necesidad de un abogado. Se sentó frente a un ordenador viejo en una sala mal ventilada y tecleó: Adrián Fuentes Castillo.

Los resultados la dejaron helada.

No era la primera vez que su esposo era investigado por estafa. Había tres denuncias previas, todas retiradas antes de llegar a juicio. Las víctimas eran personas mayores, herederos de fortunas familiares, mujeres solas con propiedades a su nombre. El patrón era siempre el mismo: Adrián se acercaba a ellas en momentos de vulnerabilidad, ganaba su confianza, se casaba o firmaba poderes notariales, y luego los bienes empezaban a desaparecer. Cuando las víctimas intentaban denunciar, algo sucedía. Un accidente. Una enfermedad repentina. Un retiro voluntario de la denuncia.

Valentina sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Ella era la cuarta. Pero las otras tres seguían vivas. ¿Dónde estaban ahora? ¿Qué había pasado con ellas?

Anotó los nombres: Marta Cervantes, Irene Saldaña, Rocío Jiménez. Dos mujeres mayores y una de su edad. Buscó sus direcciones en el registro público. Marta Cervantes había muerto dos años atrás en un incendio doméstico. Irene Saldaña estaba internada en una residencia geriátrica con un diagnóstico de demencia precoz, aunque solo tenía sesenta y tres años. Rocío Jiménez había desaparecido. No había registro de ella desde hacía cuatro años.

Valentina cerró el ordenador con un golpe seco. La señora de la limpieza del archivo la miró con preocupación. Ella no la vio. Solo veía a Adrián. Su rostro sonriente sobre la almohada por las mañanas. Su voz susurrando "te amo" antes de dormir. Todo era falso. Cada palabra. Cada gesto. Había construido una carrera sobre los escombros de vidas destrozadas.

Salió del archivo y caminó sin rumbo hasta que sus pies la llevaron a un parque. Se sentó en un banco y llamó a Leonardo.

—Necesito que me ayudes con algo —dijo sin preámbulos.

—Lo que sea.

—¿Conoces a una mujer llamada Rocío Jiménez?

Silencio del otro lado. Un silencio que duró demasiado.

—¿Por qué preguntas por ella?

—Porque es una de las víctimas anteriores de Adrián. Y porque desapareció hace cuatro años.

Leonardo suspiró. En su voz había un peso que Valentina no le había escuchado antes.

—Rocío era mi prima.

Valentina cerró los ojos. El mundo parecía derrumbarse a su alrededor.

—¿Tu prima?

—Sí. Por eso empecé a investigar a Adrián. No por ti. Al principio fue por ella. Rocío conoció a Adrián en una galería de arte, igual que tú. Se casaron a los seis meses. Al año siguiente, ella empezó a tener "accidentes". Se cayó por las escaleras. El coche le frenó mal. Una intoxicación alimentaria que la tuvo quince días en el hospital. Yo no podía probar nada, pero lo sabía. En el fondo de mi corazón lo sabía. Y un día, simplemente, desapareció.

—¿No hiciste nada?

—Intenté denunciarlo. Fui a la policía. Me dijeron que no había pruebas. Que Rocío era una adulta y podía irse si quería. Que quizá se había ido por su propia voluntad. Pero yo sé que no. Adrián la mató, Valentina. No tengo un cuerpo, no tengo una confesión, pero lo sé.

—¿Y por eso te acercaste a él? ¿Para vigilarlo?

—Sí. Me hice su socio. Me tragué su prepotencia, sus bromas de mal gusto, sus tratos sucios. Durante cuatro años sonreí mientras él me robaba clientes y me humillaba en las reuniones. Todo para estar cerca. Para esperar. Para encontrar algo que pudiera hundirlo.

—Y entonces aparecí yo.

—Y entonces apareciste tú —confirmó Leonardo, con la voz rota—. Y supe que no podía esperar más. Porque tú no eres como las otras. Tú eres… no sé cómo decirlo. Eres la única que me hizo sentir que no todo estaba perdido.

Valentina se quedó en silencio. El viento movía las ramas de los árboles sobre su cabeza. Un niño jugaba con un perro en el césped. El mundo seguía siendo hermoso mientras ella descubría que su marido era un monstruo.

—Tenemos que encontrar a Rocío —dijo al fin—. Viva o muerta. Si encontramos pruebas de lo que le hizo, podremos usarlo contra él.

—La policía ya buscó. No encontraron nada.

—Entonces buscaremos mejor. Tú la conocías. ¿Dónde le gustaba ir? ¿Qué amigos tenía? ¿Algún lugar donde Adrián no supiera que iba?

Leonardo pensó durante unos segundos.

—Tenía una casa en la playa. Un pequeño estudio de arte. No sé si Adrián lo sabía. Ella lo compró antes de casarse y nunca cambió la titularidad.

—Eso es nuestro. Dame la dirección.

—Iré contigo.

—No. Tú síguele la pista a Adrián. Yo iré a la playa. Si él nota que los dos estamos fuera, sospechará. Tengo que hacer esto sola.

—Es peligroso.

—Todo es peligroso, Leonardo. Pero prefiero morir peleando que vivir arrodillada.

Colgó sin esperar respuesta. Tomó otro taxi hasta la estación de autobuses. En dos horas estaría en la costa. En dos horas podría tener la respuesta que necesitaba. O podría encontrarse con un cadáver.

Mientras el autobús se alejaba de la ciudad, Valentina miró por la ventana y vio cómo los edificios se convertían en campos, y los campos en acantilados. Se llevó la mano al pecho. El collar de Adrián seguía allí. Lo había dejado puesto a propósito. Necesitaba recordar cada día por qué iba a destruirlo.

“Para mi verdadero amor”, decía el grabado.

Sí, pensó. Para el verdadero amor. El que ella iba a tener que matar para sobrevivir.

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Teresa Orellana
perro maldito
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