Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 8
En el despacho del presidente Jorge, el teléfono seguía en altavoz. Paula gritaba al otro lado de la línea, su voz aguda y furiosa: "¡Papá, despide a esa secretaria ahora mismo! Me faltó al respeto en plena calle, delante de todo el mundo. ¡No puedo permitirlo!". Jorge, sentado en su sillón de cuero, masajeó sus sienes con cansancio evidente. "Basta, Paula. Siempre lo mismo con Lucas. ¿Cuándo vas a dejar de atacarlo? Ya te lo dije: si sigues con esa boca suelta, te corto la tarjeta y te quito el auto. Punto".
Paula no cedió. "¡No se trata de Lucas esta vez! Es esa secretaria suya, Sofía. Me contestó mal, me desafió. ¡Despídela!". Jorge suspiró con fuerza. "No cometió ninguna falta grave. ¿Cómo la despido sin motivo? Si sale la noticia de que echamos a la gente por una discusión en la calle, ¿quién va a querer trabajar en el Grupo Rodríguez? Se acabó la conversación". Colgó sin esperar respuesta.
En su mente, Jorge ya había conectado los puntos. Dos días atrás, Ricardo, el secretario de Matías, había llamado personalmente para transmitir un mensaje claro: el heredero del Grupo Financiero quería que fuera Sofía quien llevara los documentos del resort en Bariloche. Jorge llevaba décadas en los negocios; reconoció al instante el interés personal detrás de la petición. Ese proyecto era estratégico para el grupo, y Sofía, sin saberlo, se había convertido en la pieza clave para cerrarlo. Inmediatamente llamó a su asistente: "Asegúrate de que Sofía esté protegida. Nadie la toca. Y mantén esto en silencio".
Sofía regresó al edificio del Grupo Rodríguez con el pulso aún acelerado. Subió directamente al piso ejecutivo y llamó a la puerta de Lucas. Él la recibió con una sonrisa relajada. "Pasa, Sofía. ¿Qué pasó?". Ella respiró hondo y relató el encuentro con Paula en la puerta del Grupo Financiero: la amenaza, la llamada inmediata a Jorge, las palabras duras. Lucas escuchó sin alterar el gesto. Cuando terminó, se recostó en su sillón y soltó una risa baja. "No te preocupes. Paula no manda en la compañía. Mi padre ya sabe cómo manejarla. Tú sigue trabajando como siempre".
Los dos días siguientes transcurrieron sin incidentes. Nadie volvió a enviarla al Grupo Financiero. Sofía se concentró en sus tareas: informes, agendas, coordinación con proveedores. Pero el rumor llegó como un incendio: Paula había aparecido en la puerta del rascacielos del Grupo Financiero, con un cartel enorme, flores, una bandeja de alfajores y un megáfono. Gritaba su amor por Matías, declarándose públicamente en medio de la avenida. Matías, sin pestañear, llamó a la policía por acoso. La llevaron detenida, y el video se viralizó en minutos: Paula llorando en el asiento trasero del patrullero, el megáfono aún en su mano.
Jorge sufrió un pico de hipertensión al enterarse y terminó internado esa misma tarde. Lucas, en cambio, llegó al día siguiente tarareando una melodía, el ánimo radiante. Sofía lo observó desde su escritorio y pensó en silencio: Matías no perdona. Mejor mantenerse lo más lejos posible de él.
Llegó el fin de semana y el departamento se llenó de un aire más liviano. Sofía preparó las alitas de pollo que tanto le gustaban a Tiago: marinadas con limón, ajo y pimentón, horneadas hasta crujientes. El niño comió con entusiasmo, manchándose los dedos. Después de la cena, se sentó frente al televisor a ver un documental de animales en inglés original, subtitulado. Sofía respetaba sus gustos; el pequeño ya entendía gran parte del idioma gracias a los videos. Ella aprovechó para ir a su habitación, cerrar la puerta y marcar el número de Valeria.
"¿Valeria? ¿Estás libre mañana? Quiero ir a ver autos usados. Busco algo barato, entre veinte y treinta mil pesos. Quiero ahorrar lo más posible para una casa, aunque sea chica. Tiago entra a primaria en dos años y las escuelas de Buenos Aires son imposibles. Si no consigo algo aquí, nos volvemos a Córdoba". Valeria no discutió. "Perfecto. Mañana paso por ustedes con el auto. A las nueve en punto".
Colgó y regresó a la sala de estar, en ese momento, su teléfono vibró con un número desconocido de Buenos Aires. Contestó. Silencio absoluto al otro lado. Esperó unos segundos, dijo "¿Hola?" y la llamada se cortó. Se encogió de hombros; seguro un error. Volvió junto a Tiago, se sentó a su lado y juntos siguieron viendo leones en la sabana.
Del otro lado de la ciudad, en el balcón de su departamento en Puerto Madero, Matías sostenía el teléfono con la pantalla aún encendida. El número de Sofía. No había cambiado en cinco años. Él había borrado todos sus contactos la noche en que ella lo dejó, pero ese número seguía grabado en su memoria. Federico se acercó, apoyó una mano en su hombro. "Otra vez hablando con una mujer y te quedas mudo. ¿Qué pasa, Matías?". Mencionó a Camila, pero Matías esquivó el tema y se dispuso a entrar. Nicolás lo llamó desde la sala de estar: "¡Vení, tomemos algo!". Matías negó con la cabeza. "Me voy".
Federico y Nicolás se miraron mientras él se alejaba. "Está raro desde hace semanas", murmuró Federico. "Desde que volvió esa chica de Córdoba. La que lo dejó porque 'quería un rico'. Cinco años soltero por esa herida. Pobre tipo".
A la mañana siguiente, Valeria llegó puntual. Subieron al auto y se dirigieron al mercado de autos usados en la zona de Villa Crespo, donde decenas de concesionarios se alineaban en cuadras enteras. Aparcaron y comenzaron a caminar entre los vehículos expuestos: Golfs, Corsa, Fiat Siena, todos con carteles de precios y "oportunidad". Valeria señaló un sector más adelante: "Mirá, hay gente amontonada. Dicen que hay una promo: mil pesos de entrada y te descuentan cinco mil". Sofía se iluminó. "Vamos a ver".
Tomó la mano de Tiago y aceleró el paso hacia el gentío. Entraron al local, un predio amplio con autos alineados bajo toldos. Sofía escrutaba los precios, buscando algo confiable y económico. No se dio cuenta de que, en la oficina acristalada del fondo, Matías conversaba con Nicolás, el dueño del concesionario. Él levantó la vista por casualidad, y su mirada se clavó en la entrada. Allí estaba Sofía, caminando entre los autos, de la mano de un niño pequeño que no tendría más de cinco años.
Matías se quedó inmóvil, el rostro rígido. El parecido era innegable.