dónde estés siempre serás tu
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Hace cinco años, mi vida se redujo a cenizas. Me rompieron el corazón de la manera más despiadada posible, justo después de haberlo entregado todo: mi vida, mi espacio, mi hogar, mi tiempo y cada rincón de mi alma. Me enfoque por completo en el hombre que creí que me amaba, jurando que lo nuestro sería eterno. Durante unos meses, viví lo que cualquiera llamaría un amor de cuento de hadas; de esos que te endulzan el oído con promesas perfectas, te nublan la razón con detalles idílicos, te elevan al cielo más alto y, sin previo aviso, te sueltan en una caída libre directa al vacío.
El dolor de la ausencia de Dmitriy, tras aquella entrega que consideré sagrada, fue un abismo complicado de transitar. La depresión se instaló en mis días, pero el fondo del pozo me otorgó una nueva y cruda perspectiva de la vida: no importa cuánto ames a alguien, jamás terminas de conocer verdaderamente a una persona. Con el alma rota y completamente decepcionada de mi vida amorosa, tomé una decisión radical. Si el amor me había fallado, no permitiría que mi futuro hiciera lo mismo. Decidí sepultar mis sentimientos y enfocar cada gramo de mi energía restante en el trabajo y en mis estudios. Después de todo, ya tenía aquella beca universitaria, ese logro que llegó a mis manos cuando Dmitriy y Taras todavía formaban parte de nuestras vidas y todo parecía marchar sobre ruedas.
Roberta también pasó por su propio luto, aunque de una forma muy diferente a la mía. Para ella, la decepción amorosa no fue solo un golpe, sino un verdadero parteaguas en su existencia. Taras se había presentado ante nosotras como el caballero andante perfecto, el protector ideal, pero terminó revelando su verdadera naturaleza: un lobo rapaz vestido con piel de oveja. Ver caer sus máscaras la destruyó, pero también nos unió en el dolor.
Pronto, ese sufrimiento compartido se transformó en nuestro motor absoluto. Decidimos que las lágrimas no pagarían nuestras cuentas ni construirían nuestro futuro. Roberta canalizó toda su frustración y pasión en la gastronomía, quemando el dolor entre fogones y recetas complicadas, mientras que yo me sumergí de lleno en los libros de leyes, buscando en la justicia humana la estructura que mi vida privada había perdido. Las cosas empezaron a marchar bien. No excelente, porque las cicatrices seguían escociendo por las noches, pero sí lo suficientemente bien como para mantenernos a flote y con la mirada al frente.
Sin embargo, el destino adora los giros dramáticos. Dos meses después de aquella fatídica noche de entrega mutua, el pasado cobró una factura inesperada: mi esfuerzo dio fruto. Sí, la vida tiene una forma sumamente retorcida de burlarse de uno. Aquel ruso tuvo un excelente tino; bastó una sola vez, una sola noche de vulnerabilidad y entrega absoluta, para que yo saliera de esa historia con un premio para toda la vida.
Enterarme de mi embarazo en medio del caos emocional y la exigencia académica fue un balde de agua fría que congeló mis miedos. Estaba aterrada, pero al mirar a Roberta, supe que no estaría sola. Ella cambió los menús refinados por libros de nutrición materna, y yo alternaba los códigos penales con ultrasonidos. El crecimiento de mi vientre se convirtió en el verdadero catalizador de nuestra madurez; ya no estudiábamos solo para sanar nuestro orgullo, sino para asegurar el porvenir de un ser inocente que no pidió venir a este mundo, pero que ya era el centro del nuestro.
Los años transcurrieron entre biberones, desveladas por entregas de proyectos y exámenes profesionales. Roberta se convirtió en una chef respetada, liderando su propia cocina con la misma templanza con la que superó el engaño de Taras. Por mi parte, el día que recibí mi título en leyes, miré a mi pequeña a los ojos y comprendí que el vacío que dejó Dmitriy nunca necesitó ser llenado por él, sino por la fortaleza que encontré en su ausencia. Hoy, al mirar atrás, entiendo que el cuento de hadas real no era el que nos vendieron aquellos hombres, sino la historia de supervivencia, éxito y amor incondicional que nosotras mismas escribimos sobre las ruinas de su traición.