Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
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Capítulo 2
Capítulo 2
El que escucha a escondidas
Porque esa frase no sonó como una queja. Sonó como una confesión.
Leonardo Montero no era un hombre fácil de alterar.
Había negociado compras hostiles con empresarios que sonreían mientras intentaban destruirlo. Desde los catorce años sabía que una emoción visible era una puerta abierta para que alguien metiera un cuchillo.
Pero una mujer en bata de hotel acababa de pensar que casi se lo habría comido.
Y él lo había oído.
—Leonardo —repitió doña Claudia, ahora con una dureza que no usaba en público—. Nos vamos.
Él se levantó de la cama, tomó la camisa del piso y se la puso con movimientos lentos. Cada segundo le servía para mirar.
Valentina lloraba otra vez, apoyada en el hombro de doña Patricia. Patricia acariciaba a su hija mayor con la misma mano que minutos antes había intentado golpear a Sofía. Doña Claudia conservaba la expresión de alguien que ya había dictado sentencia. Los invitados observaban con avidez.
Sofía estaba de pie junto a la puerta, pálida, la mejilla roja, los dedos cerrados sobre el cinturón de la bata.
No parecía una seductora.
Parecía una sobreviviente.
[Si me quedo aquí, Patricia va a encerrarme en la casa Reyes y Valentina va a llorar hasta que todos olviden preguntarse quién abrió la puerta, quién avisó a la gente y quién trajo medio club social a verme en bata.]
Leonardo ajustó el último botón de la camisa.
Quién abrió la puerta.
¿Quién avisó?
¿Quién trajo testigos?
—Nico —dijo.
Un hombre de traje oscuro apareció desde el pasillo casi al instante. Nicolás Sierra, asistente principal de Leonardo en Grupo Montero, llevaba el teléfono en la mano y la postura impecable.
—Sí, señor Montero.
—Consigue las grabaciones del pasillo. Ahora.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Grabaciones?
La palabra le salió demasiado rápida.
Leonardo la miró.
—¿Te incomoda?
—No, claro que no. Solo... pensé que no querrías hacer esto más grande.
Doña Claudia frunció el ceño.
—Leo, Valentina tiene razón. Hay que contener el escándalo, no alimentarlo.
—Contenerlo empieza por saber quién lo provocó.
La suite volvió a quedarse en silencio.
Sofía lo miró como si no entendiera por qué había dicho algo sensato.
[¿Desde cuándo el bloque de hielo hace preguntas correctas? En el libro, a estas alturas ya debería estar mirándome como si yo fuera una mancha en su alfombra italiana.]
Leonardo tomó su saco de la silla.
—Esta conversación termina aquí —dijo doña Claudia.
—Por ahora —corrigió él.
Doña Patricia se puso rígida.
—Leonardo, no puedes creerle a una muchacha que acaba de ser encontrada en tu cama.
Sofía soltó una risa baja.
—Qué raro. Cuando Valentina llora, todos la creen sin pruebas.
—¡Cállate!
Patricia dio un paso, pero Leonardo se interpuso sin tocar a nadie.
No necesitó alzar la mano.
Patricia se detuvo.
Sofía también.
[Esto sí no venía en la novela. A ver, señor esposo de utilería, ¿qué estás haciendo?]
Esposo.
De utilería.
Leonardo guardó esa frase en la misma carpeta mental donde ya había puesto: Daniela Torres, droga, trescientos días, caída desde Torre Montero.
—Nico —dijo sin apartar los ojos de Sofía—, acompaña a la señorita Reyes a su casa. Que nadie la moleste en el trayecto.
Sofía abrió la boca.
—No necesito...
—No fue una pregunta.
Ella lo fulminó con la mirada.
[Ah, claro. CEO frío, manual básico. Da una orden y espera que el mundo se acomode. Lástima que yo ya morí una vez y se me acabó la paciencia.]
Leonardo casi sonrió.
Casi.
—Entonces tómalo como una forma de sacar testigos de esta habitación antes de que alguien vuelva a golpearte.
Valentina miró de Sofía a Leonardo, y por primera vez sus lágrimas no bastaron para cubrir el cálculo de sus ojos.
Horas después, La Casona Montero, residencia familiar en Lomas de Chapultepec, estaba cerrada como un tribunal.
El comedor principal olía a madera encerada y café. Don Augusto Montero, abuelo de Leonardo y patriarca de la familia, ocupaba la cabecera con el bastón junto a la silla. Doña Claudia estaba a su derecha. Leonardo permanecía frente a ellos.
—Te casarás con la menor de los Reyes —dijo don Augusto.
Doña Claudia dejó la taza sobre el plato con un golpe seco.
—No.
Don Augusto ni siquiera la miró.
—No pregunté.
—Padre, esa muchacha fue encontrada en la cama de mi hijo.
—Precisamente por eso.
—Valentina era la opción correcta. Educada, querida por todos, limpia de escándalos.
Leonardo pensó en las lágrimas perfectas de Valentina.
Y en la voz de Sofía:
[Tú le pagaste a Daniela Torres para drogarlo.]
—La familia Montero no puede darse el lujo de parecer manipulable —continuó don Augusto—. Si Leonardo rechaza a Sofía después de lo ocurrido, mañana todos dirán que mi nieto se aprovechó de una mujer y la tiró a la calle.
—Ella entró sola.
—Eso aún no lo sabemos.
Doña Claudia se quedó helada.
Leonardo miró a su abuelo.
Don Augusto había envejecido, pero no se le escapaban las grietas de una escena pública. El honor familiar no era ternura. Era cálculo. Y, por esta vez, el cálculo protegía a Sofía.
—¿Y tú? —preguntó el patriarca—. ¿Vas a oponerte?
Leonardo no respondió de inmediato.
Casarse con Sofía Reyes era una pésima decisión empresarial: familia conflictiva, escándalo sexual, madre violenta, hermana demasiado perfecta.
Pero desde dentro había una voz.
Una voz que hablaba de droga, muerte, destino y trescientos días.
Una voz que nadie más parecía oír.
—Acepto —dijo.
Doña Claudia se puso de pie.
—Leo.
—Si la boda resuelve el escándalo, se hace.
Don Augusto apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Bien. Que Ricardo Reyes, el padre de las muchachas, venga mañana. Cerramos condiciones.
—Padre, esto es una locura.
—Claudia —dijo don Augusto—, la familia no se sostiene con berrinches. Punto.
Esa palabra cerró la reunión.
Al día siguiente, en Torre Montero, tres informes financieros quedaron abiertos en su pantalla sin que pudiera leer una sola línea completa.
Nicolás Sierra entró con una carpeta.
—Señor Montero, el equipo legal pide autorización para revisar el acuerdo con los Reyes. También llegó un correo de Daniela Torres desde Houston. Dice que no podrá responder llamadas por el tratamiento de su hijo.
Leonardo levantó la vista.
—¿Desde Houston?
—Sí.
—Consigue el comprobante de vuelo. Y revisa sus últimos accesos al piso ejecutivo.
Nicolás no mostró sorpresa.
—Por supuesto.
Cuando su asistente salió, Leonardo abrió el video del pasillo del hotel.
Valentina aparecía quince minutos antes de que la puerta se abriera. Hablaba con un empleado. Luego con su madre. Luego miraba el teléfono y se limpiaba los ojos antes de empezar a llorar.
No era prueba suficiente, pero sí una grieta.
Tres días después, su chofer abrió la puerta del sedán negro frente a Torre Montero.
—A La Casona, señor.
Leonardo miró el asiento trasero vacío.
En la pantalla de su celular había un mensaje de doña Claudia:
Valentina ya viene con nosotros. Sofía fue avisada media hora después. Así evitamos incomodidades.
Leonardo leyó dos veces.
Después guardó el teléfono.
—No.
Toño, el chofer de Leonardo, se quedó con la mano en la puerta.
—¿Perdón, señor?
—A la residencia Reyes.
—Pero la cena familiar...
—Primero recogemos a Sofía.
Toño no volvió a preguntar.
El sedán atravesó Reforma con tráfico espeso. Leonardo miró por la ventana sin ver los edificios. La frase volvía, insistente.
[Él también es desechable.]
No era solo curiosidad. Si Sofía Reyes conocía el final de ese sistema, él necesitaba estar cerca cuando su mente volviera a hablar.
La residencia Reyes, en Polanco, tenía las luces encendidas y una quietud demasiado preparada. Antes de que Toño pudiera bajar, la puerta principal se abrió.
Valentina salió primero, con vestido claro, cabello perfecto y sonrisa frágil.
Se dirigió al auto con naturalidad y ocupó el asiento trasero derecho, justo al lado donde Leonardo debía sentarse.
—Leo —dijo con dulzura—. Me alegra que hayas venido por nosotras. Sofía todavía se está arreglando. Ya sabes cómo es, siempre pierde la noción del tiempo.
Leonardo miró el lugar que ella había elegido.
Luego miró la puerta de la casa, donde una sombra se detuvo por un instante detrás del cristal.
Sofía. Tarde media hora. Avisada tarde a propósito.
Valentina se acomodó el bolso sobre las piernas.
—No te preocupes. Si quieres, yo puedo explicarle a tía Claudia que mi hermana no quiso hacerlos esperar.
Leonardo abrió la puerta del conductor.
Toño parpadeó.
—Señor...
—Yo manejo.
Valentina perdió la sonrisa.
—¿Tú?
Leonardo se sentó al volante y encendió el motor.
—Toño, toma un taxi a La Casona.
El chofer obedeció de inmediato.
En ese momento, Sofía salió de la casa con un vestido negro sencillo, el cabello suelto y la mejilla todavía marcada por una sombra tenue.
Se detuvo al ver a Valentina instalada en el asiento junto a Leonardo.
[Claro. La virgen de las lágrimas ya tomó el mejor lugar. Me toca copiloto, supongo. Bueno, al menos si chocamos, muero antes y me ahorro la cena.]
Leonardo apretó el volante.
Sofía abrió la puerta del copiloto.
Antes de que pudiera sentarse, él dijo:
—Atrás.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Perdón?
Leonardo miró a Sofía.
—Tú te sientas aquí.
Sofía lo observó como si acabara de hablar en otro idioma.
Valentina tardó dos segundos en moverse.
Fueron dos segundos suficientes para confirmar algo: Valentina odiaba perder un asiento más de lo que odiaba un escándalo.
Sofía subió al copiloto y cerró la puerta.
[Interesante. El bloque de hielo quiere escucharme de cerca.]
Leonardo puso el auto en marcha.
No miró a Sofía.
Pero por primera vez en tres días, el ruido del mundo bajó de volumen.
Y él se preparó para escuchar.