Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.
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Capítulo 18
Que se sepa la verdad
Camila despertó en una cama que no era la suya, con sábanas que olían a él y una claridad de mañana cara entrándose por ventanas que no conocía.
Montebello. La casa de Max. Se acordó de a poco: la fiebre, la puerta rota, los brazos que la habían sacado de aquel cuarto. Se incorporó de golpe, con el pudor punzándole en el pecho, y se encontró con una bata limpia doblada a los pies de la cama y, sobre el buró, un vaso de agua y una caja de antinflamatorio abierta. Él ya no estaba. La había cuidado y le había dado espacio para despertar sola. No supo si eso le facilitaba las cosas o se las complicaba.
Lo encontró en la cocina, sirviéndole café, con los nudillos vendados.
—Quiero ir a la policía —dijo Camila, sin sentarse—. Lo que hizo Beltrán es un delito. Me drogó. Me encerró. Quiero denunciarlo.
Max le puso la taza delante y no le llevó la contraria de frente.
—Puedes. —Se recargó en la barra—. Pero piénsalo bien. Una denuncia por eso significa declarar qué te pasó anoche. Delante de un ministerio público, de peritos, de quien lea el expediente. Y en tu oficina, en tu colonia, van a hablar. No de él. De ti.
Camila cerró los ojos. Odió que tuviera razón. El qué dirán, la vergüenza, su nombre de boca en boca —"¿ya supiste lo de la Camila?"—, mientras Beltrán salía bajo fianza a seguir con su vida. No era justo. Era real. Y ella no tenía el lujo de ser valiente a ese precio.
—Entonces no puedo hacer nada —dijo, con la voz apretada—. Me va a salir gratis.
—No dije eso. —Max deslizó sobre la barra una carpeta—. Ábrela.
Camila la abrió. Dentro había fotos, capturas, registros de hotel. Beltrán con una mujer. Beltrán con otra. Y otra. Fechas, cuartos, más de veinte, un desfile de jóvenes que entraban y salían de habitaciones pagadas con la tarjeta de la empresa. En una de ellas, inconfundible, estaba Brenda.
—Está casado —dijo Max, tranquilo—. Y lleva años haciendo esto. Con esto no lo metes a la cárcel, pero lo sacas de Aurelle y de su casa el mismo día. Por indecente, no por lo que te hizo. Nadie tiene que saber tu nombre.
—No puedo pagarte esto. —Camila cerró la carpeta, con las manos temblando—. Cada cosa que haces por mí es… es demasiado. No sé con qué te voy a…
—No te lo estoy cobrando. —Max le sostuvo la mirada—. Te lo estoy regalando. No quiero nada a cambio. Úsalo.
—
Brenda no la vio venir.
Estaba retocándose el labial frente al espejo del baño de Aurelle, tan tranquila, cuando Camila entró y le cruzó la cara de una bofetada que resonó en los azulejos.
—Eso fue por el vino de anoche —dijo Camila, muy quieta, muy fría, sin levantar la voz—. Sé que le pusiste algo. Te tragaste la pastilla antes de brindar conmigo. Te vi.
Brenda se llevó la mano a la mejilla, blanca de golpe.
—Estás loca, yo no…
—Beltrán va a caer hoy. —Camila la miró a los ojos, y en esa mirada suave no había ni una grieta—. Y el día que decida que también quiero que caigas tú, caes igual. Tú viste anoche de lo que es capaz la gente que me estima. Piénsalo bien antes de volver a acercarte a mí.
Se dio la vuelta y la dejó ahí, temblando frente al espejo, sin una sola negación en la boca. El silencio de Brenda fue toda la confesión que Camila necesitaba.
Esa misma tarde llegó un sobre a Recursos Humanos por mensajería urgente, sin remitente. Y para la hora de la comida, alguien —nadie supo quién— había soltado las fotos en el grupo de la empresa.
El teléfono de todo Aurelle empezó a vibrar a la vez. Ahí estaba Beltrán, cuarto por cuarto, mujer por mujer. Pero había un detalle que hizo hablar al edificio entero durante semanas: en todas las fotos, la cara de cada muchacha estaba tapada con una mancha negra, protegida, imposible de reconocer. Todas menos dos. La de Beltrán, entera. Y la de Brenda, entera. Quien fuera que había armado aquello había castigado con precisión de cirujano: a los culpables al descubierto, a las inocentes a salvo.
—
En el cuarto del hospital privado, con la cabeza vendada y la cara todavía hinchada de la golpiza, Beltrán recibió dos noticias con una hora de diferencia.
La primera fue un oficio de Aurelle: rescisión de contrato, con causa. Conducta indecorosa, uso indebido de recursos de la empresa, hostigamiento. La segunda fue peor.
La puerta se abrió de par en par.
—¡Gerardo Beltrán! —La voz de mujer entró antes que la mujer—. ¡Desgraciado!
Rosario, su esposa, cruzó el cuarto con un fajo de fotografías en la mano —las mismas del grupo, pero impresas, ampliadas, peritadas por un despacho que ella misma había pagado esa tarde a toda prisa— y se las aventó a la cara, una por una, mientras el hombre en la cama levantaba los brazos vendados para cubrirse.
—¡Veinte años! ¡Veinte años aguantándote las mentiras! ¡Y todavía me decías que eran juntas de trabajo! —Le pegó con el sobre en el brazo, en el pecho, donde alcanzaba—. ¡Y no estás usando la venda de ayer, ya te la cambiaron, o sea que tuviste tiempo de peinarte pero no de contarme que te andabas revolcando con media oficina! ¡Mañana mismo hablo con el abogado, óyeme bien, con la casa y con todo!
Beltrán balbuceaba, sangraba de nuevo la ceja, pedía perdón a nadie. Las enfermeras se asomaban al pasillo. Rosario seguía gritando la verdad a los cuatro vientos, y por una vez, en aquel cuarto de hospital, la verdad se supo entera.
—
Muy lejos de ahí, en su oficina de Santa Fe, Rodrigo dejó un reporte breve sobre el escritorio de Maximiliano y salió sin comentario. Todo estaba hecho. Beltrán despedido, expuesto, con la esposa encima. Limpio.
Pero en el reporte había una línea que Max leyó dos veces. En su declaración a la aseguradora, medio delirando por los calmantes, Beltrán había dicho una cosa: que el hombre que le había reventado la cara en aquel cuarto no era ningún desconocido celoso. Que había entrado como si fuera el dueño del hotel entero. Y que, cuando pudiera pensar, iba a averiguar quién era.
Max cerró la carpeta. No le preocupó por él. Le preocupó por ella. Porque ese hilo suelto —quién era el hombre que la protegía— era el mismo hilo que Camila todavía no sabía tirar. Y tarde o temprano, alguien lo iba a tirar por ella.