Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
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Capítulo 18
Astrid miró a su suegra con serenidad.
—Trabajo no porque no me mantengan. Trabajo porque amo mi profesión.
La esposa de Lucas hizo una pausa antes de continuar.
—Y cada peso que gano proviene de mi propia capacidad.
El ambiente alrededor de la mesa empezó a aquietarse. Astrid no levantó la voz. Sin embargo, cada palabra que pronunció se escuchó con absoluta claridad. Se volvió hacia la pareja de clientes.
—Disculpen que nuestra reunión se haya visto interrumpida.
El cliente le dedicó una sonrisa amable.
—No se preocupe, señora Astrid.
Astrid miró de nuevo a Marta.
—Usted siempre me enseñó que cuidar el buen nombre de la familia es importante.
Marta asintió rápidamente.
—Así es.
—Por eso yo también me esfuerzo por cuidar mi comportamiento en lugares públicos.
La frase sonaba simple. Pero su significado hizo que varias de las amigas de Marta intercambiaran miradas. Empezaban a darse cuenta de quién era la que realmente había perdido el control.
Astrid prosiguió con la misma sonrisa cortés.
—Si hoy decidiera callarme o responder con groserías, tal vez podría desahogarme. Pero mis clientes vinieron aquí a hablar de trabajo, no a presenciar un pleito familiar.
Esas palabras tensaron el rostro de Marta. Una de sus amigas carraspeó levemente, incómoda.
Astrid hizo una leve inclinación respetuosa hacia su suegra.
—Así que, si me lo permite, quisiera continuar con esta reunión. Mi responsabilidad con mis clientes es mucho más importante que sostener una discusión que no va a producir nada.
Marta abrió la boca. Pero no le salió una sola palabra. Se había quedado completamente sin argumentos.
Las amigas que momentos antes se reían de Astrid ahora estaban calladas. Una de ellas la miraba con una expresión distinta, como si recién descubriera que la mujer que durante tanto tiempo habían menospreciado poseía una dignidad que no se compra con bolsos caros ni joyas de lujo.
Astrid volvió a sentarse. Le sonrió a sus dos clientes.
—Disculpen la espera.
El hombre negó con la cabeza y sonrió con admiración.
—No tiene nada que disculpar —la miró con evidente respeto—. Al contrario, hoy pudimos ver con nuestros propios ojos el carácter de la persona a quien vamos a confiarle el diseño de nuestra casa.
Esa frase endureció todavía más el gesto de Marta. Mientras tanto, Astrid se limitó a responder con una sonrisa tranquila y volvió a desplegar los bocetos sobre la mesa, como si lo ocurrido minutos antes jamás hubiera perturbado su calma.
Los aplausos llenaron el estudio después de que terminó la sesión de fotos. Stella sonreía con elegancia frente a la cámara. Las luces del set seguían encendidas mientras varios miembros del equipo recogían el material. En el monitor grande, las tomas recién capturadas se exhibían con nitidez.
—Están increíbles, Stella.
—Esta foto puede ir directo a la portada.
—La expresión le salió perfecta.
—Con razón todas las marcas se la pelean.
Los elogios llegaban de todas partes en cuanto terminó la sesión. Fotógrafos, el equipo creativo, el equipo de mercadotecnia: todos se veían satisfechos con los resultados que brillaban en la pantalla. Algunos seguían comentando las fotos de Stella, señalando sus favoritas a los compañeros de al lado.
Stella correspondió a cada halago con una sonrisa dulce, perfectamente ensayada. Asentía con cortesía, daba las gracias y hacía un pequeño gesto con la mano a los miembros del equipo que pasaban junto a ella. Ante los demás, parecía una mujer que lo tenía todo.
Pero cuando las luces del estudio comenzaron a apagarse y la gente fue saliendo uno a uno, esa sonrisa se desvaneció poco a poco del rostro de Stella. Caminó hacia el camerino, se sentó frente al tocador rodeado de pequeñas bombillas alrededor del espejo grande. Los hombros se le encorvaron levemente, como si la carga que había contenido todo el día volviera a hacerse sentir en cuanto ya nadie la miraba. Sus ojos se posaron en su propio reflejo.
Maquillaje impecable, cabello negro arreglado sin un solo pelo fuera de lugar. El vestido costoso que llevaba se veía elegante y sofisticado. La carrera de Stella estaba en su punto más alto.
Todo el mundo pensaba que su vida era un sueño hecho realidad. Pero nadie sabía cómo era su vida cuando la puerta del apartamento se cerraba y llegaba la noche.
Nadie sabía que seguía cenando sola con frecuencia. Nadie sabía que el hombre que ocupaba su vida ni siquiera podía estar a su lado en público. Y lo más doloroso de todo: jamás podría presentarse como la mujer que amaba a ese hombre.
Stella exhaló un largo suspiro y apartó la mirada del espejo.
En ese momento se abrió la puerta del camerino. Una mujer entró con una carpeta negra en la mano. Laura, su representante.
—Stella —la llamó con tono animado.
Stella volteó de inmediato.
—¿Qué pasa?
Una sonrisa amplia se dibujó en el rostro de Laura. Levantó la carpeta un poco más alto.
—Tengo buenas noticias —dijo la mujer de lentes, sonriendo de oreja a oreja.
Stella arqueó las cejas con curiosidad.
—¿Qué buenas noticias?
Su representante se acercó sin poder disimular el entusiasmo que le irradiaba la cara.
—Te llegó una propuesta de colaboración de Aurora Luxury.
Los ojos de Stella se abrieron de par en par.
—¿Aurora Luxury? —repitió incrédula; incluso se puso de pie—. ¿La Aurora Luxury?
—Sí —respondió Laura con una risita al ver la reacción de Stella—. La marca internacional.
Durante unos segundos, Stella se quedó mirando a su representante sin pestañear.
Aurora Luxury no era una empresa cualquiera. Era un nombre de enorme peso en la moda internacional. En los últimos años, la compañía había crecido a pasos agigantados y estaba expandiendo su mercado a diversos países de la región.
Lo que hacía a Aurora tan especial era su extrema selectividad al elegir los rostros públicos que representarían la marca. No cualquier celebridad podía conseguir esa oportunidad. De hecho, muchas estrellas de primer nivel habían sido rechazadas una y otra vez. Por eso Stella casi no podía creerlo al escuchar que la habían elegido a ella.
—¿En serio? —preguntó una vez más, asegurándose de haber oído bien.
Laura se rio.
—No voy a bromear con algo tan importante —le entregó la carpeta negra.
Con el corazón latiéndole cada vez más rápido, Stella abrió la primera página. Luego la siguiente, y la siguiente.
Cuanto más leía, más difícil le resultaba ocultar el asombro. Se le cortó la respiración al ver la cifra estipulada en el contrato.
—Dios mío —murmuró. Le temblaron ligeramente las manos al pasar la página.
—Es una cifra enorme.
Laura asintió complacida.
—Enorme.
Stella volvió a leer el monto. El valor superaba con creces el contrato más grande que hubiera firmado en toda su carrera. Si esa colaboración se concretaba, su nombre ganaría reconocimiento internacional. Su carrera podría dar un salto al nivel con el que solo se había atrevido a soñar.
—Si se cierra este contrato —dijo Laura cruzándose de brazos—, tu carrera sube al siguiente nivel.
Stella se mordió suavemente el labio inferior. El pecho se le llenó de una emoción palpitante y placentera. Durante años había trabajado sin descanso. Soportando agendas agotadoras. Asistiendo a un evento tras otro. Sacrificando tiempo y energía. Y ahora, la gran oportunidad estaba justo frente a sus ojos.
Sin embargo, la felicidad no duró mucho. La sonrisa de Laura se fue apagando poco a poco. Stella captó el cambio al instante.
—¿Qué pasa? —levantó la cabeza.
Laura respiró hondo antes de contestar.
—Hay una condición.
Un pliegue fino apareció en la frente de Stella.
—¿Condición?
—Sí.
—¿Qué condición?
Laura pareció sopesar sus palabras un instante antes de hablar con cautela.
—Están haciendo una investigación de antecedentes.
Stella no entendía todavía. Entonces Laura continuó:
—En el contrato se estipula que la embajadora de marca debe tener una imagen pública intachable.
Al instante, una sensación de incomodidad brotó en el pecho de Stella.
—¿Imagen pública intachable? —preguntó en voz baja.
Laura asintió.
—No quieren verse involucrados en ningún escándalo.
El camerino, que hacía un momento se sentía tan agradable, se sumió en el silencio. Stella bajó la mirada hacia el contrato que aún sostenía entre las manos. Los dedos se le fueron cerrando con más fuerza sobre las hojas.
Mientras tanto, Laura la observaba con cuidado.
—No quiero meterme en tu vida privada —dijo en voz baja.
Stella no respondió. Pero ya sabía hacia dónde iba la conversación.
Laura prosiguió, aún más bajo.
—Pero tu relación con Lucas...
La frase quedó suspendida en el aire. No hacía falta terminarla. Ambas lo sabían.
La mandíbula de Stella se endureció. Desvió el rostro hacia otro lado.
Su relación con Lucas no había sido noticia de primera plana. Ningún medio la había expuesto abiertamente. Pero eso no significaba que nadie lo supiera. La gente empezaba a murmurar.
Algunos ya sospechaban. Y si algún día todo salía a la luz, no solo Lucas sufriría las consecuencias. La carrera que Stella había construido con tanto esfuerzo también podía derrumbarse en un instante.
Esa noche, Stella estaba sentada sola en la sala de su apartamento. Las luces de la ciudad titilaban al otro lado del gran ventanal.
Sobre la mesa descansaba el contrato de Aurora Luxury, que había releído incontables veces desde que llegó. Pero aunque sus ojos recorrían cada página, la mente no lograba concentrarse.
Una frase le daba vueltas sin cesar en la cabeza: "La imagen pública debe ser intachable." Stella cerró los ojos un momento; el pecho le pesaba.