Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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Pasteles y merengue
El silencio pareció congelarse un instante en la transitada cafetería.
U-jin sostuvo la mirada de la joven detrás del mostrador, esperando la chispa de reconocimiento, el abrazo apresurado o esa sonrisa tímida que recordaba de sus años escolares. Sin embargo, la chica de la manga pastelera solo la observó con una mezcla de cortesía y ligera confusión.
—Buenos días. Le aseguro que nuestro café está a la altura de la repostería —respondió la joven, ofreciéndole una sonrisa profesional mientras dejaba la manga sobre la mesa de trabajo—. ¿Qué puedo servirle?
U-jin pestañeó, desconcertada. Se fijó mejor en los rasgos de la muchacha: aunque llevaba el cabello recogido de forma similar a como Jeong solía llevarlo en sus videos y el delantal le daba un aire muy parecido, no era ella. El tono de voz, la forma de los ojos y la estatura eran completamente distintos.
Sintiéndose de pronto un poco tonta, U-jin disimuló su torpeza aclarando la garganta y ajustándose la solapa de su abrigo.
—Disculpa —dijo U-jin con su elegancia habitual, recuperando el compostura—. Por un momento pensé que eras la dueña. Tenía entendido que este lugar pertenece a una antigua amiga, Jeong.
La empleada esbozó una mueca de comprensión y asintió amablemente mientras servía un vaso de agua.
—Ah, hablas de la chef Jeong. Es comprensible que te confundas, casi todos los clientes nuevos esperan verla aquí decorando en la barra.
Pero la verdad es que ella ya no pasa todo el día en el mostrador. Ahora se encarga de la administración, las finanzas y de entrenarnos a nosotros en la cocina central. Hoy en día supervisa todo desde casa por las mañanas.
U-jin arqueó las cejas, genuinamente impresionada. Sabía que a Jeong le había ido bien, pero no imaginaba la escala de su éxito: su amiga ya no era solo una repostera que madrugaba frente al horno, sino la empresaria al mando de un verdadero imperio gastronómico local.
—¿Suele venir más tarde? —preguntó U-jin, sintiendo un cosquilleo de curiosidad y un leve nerviosismo en el pecho.
—Sí, llegará a eso del mediodía para revisar la caja, probar las nuevas recetas del menú de temporada y hacer el inventario —explicó la chica mientras tomaba nota del pedido—. Si quieres esperarla o volver más tarde, estoy segura de que le dará mucho gusto verte.
A unas cuantas calles de allí, ajena al pequeño malentendido en su local, Jeong se encontraba sentada en la mesa del comedor de su apartamento. Llevaba unos pantalones cómodos, una camiseta holgada y el cabello recogido en un moño descuidado. A su alrededor había carpetas con facturas, estados de cuenta bancarios y una calculadora.
Llevaba dos horas haciendo cuentas, cuadrando los presupuestos para la compra de un nuevo horno industrial y revisando los contratos de proveedores para el próximo trimestre. Su vida había cambiado radicalmente; el talento con las manos la había llevado a la fama, pero la disciplina la había mantenido en la cima.
Hizo una pausa, se quitó los lentes de lectura y frotó el puente de su nariz. Dirigió la mirada hacia su teléfono, que descansaba sobre la mesa. Abrió la pantalla y volvió a mirar la última historia que U-jin había publicado el día anterior: la foto en el aeropuerto con la maleta y el texto sobre volver a casa.
Jeong suspiró, recargando la barbilla sobre la palma de su mano. La ciudad era enorme, pero la nostalgia tenía la extraña costumbre de achicar las distancias.
—Ya estás aquí, U-jin... —murmuró para sí misma en la soledad de su comedor.
Se preguntó cuánto habrá cambiado la chica elegante de la escuela, si aún conservaba esa postura impecable y si algún día sus caminos volverían a cruzarse por casualidad. Lo que Jeong no sabía era que, en ese preciso momento, U-jin estaba disfrutando de un pastelito de limón en su propia cafetería, contando los minutos para el mediodía.