Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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CAPÍTULO 3: LA TORMENTA
En Holbox no avisan cuando va a llover. Simplemente se te cae el cielo encima.
Eran como las tres. Yo estaba intentando escribir. De verdad. Abrí la laptop, me puse los audífonos aunque no había música, y me quedé viendo el cursor parpadear. Ese maldito palito que te juzga.
Escribí una línea: "Gael tenía las manos llenas de sal."
La borré.
Escribí otra: "No sabía si quería que me leyera."
La borré también.
Entonces empezó el viento. Primero suavecito, moviendo la palma que está frente a la casa. Luego ya no suavecito. La lámina del techo empezó a sonar como si alguien la estuviera pateando.
Gael entró corriendo, empapado, sin playera otra vez. Este vato vive sin playera, te lo juro.
— ¡Va a pegar feo! — gritó. — ¡Tenemos que amarrar la lancha!
Yo no sabía amarrar ni mis tenis, pero salí detrás de él. Descalzo, con mi playera blanca que ya era gris de tanta arena.
La lluvia no era lluvia. Era una pared de agua. En dos segundos ya no veía ni la orilla. Gael jalaba una cuerda gruesa, yo jalaba el otro lado sin saber qué hacía. Me resbalé, me caí de culo en la arena mojada. Me quise morir de pena.
Gael no se rió. Me agarró del brazo y me levantó como si yo no pesara.
— ¡Agárrate de mí, mapa! ¡No de la cuerda!
Y me agarré. De su cintura. De su espalda mojada. De donde pude.
Metimos la lancha entre los dos hasta donde estaba el mangle. Cuando terminamos, estábamos los dos chorreando, temblando, respirando como si hubiéramos corrido un maratón.
Corrimos a mi casa. La luz se había ido. Obvio. Punta Cocos sin luz es otro planeta. Oscuro, pero no feo. El mar sonaba tan fuerte que parecía que estaba dentro de la casa.
— ¿Tienes miedo a los truenos? — me preguntó Gael, secándose con mi toalla. Con MI toalla. Como si fuera suya.
— No. Me dan ansiedad los silencios, no los ruidos.
— Buena respuesta de escritor.
Prendió una veladora. Una sola. La puso en el escritorio. Y la luz nos dio a los dos en la cara. Yo con el pelo rojo pegadísimo, chorreando, las pecas más marcadas que nunca. Él con el agua bajándole por el pecho, por el collar de concha.
Nos quedamos callados. Escuchando la lámina.
— ¿Puedo decirte algo? — dijo.
— Si me vas a decir que todo va a estar bien, no.
— No. Te iba a decir que desde que llegaste no me he podido concentrar ni para tejer una red.
Se me paró el corazón. Te lo juro, se me olvidó respirar.
— Gael...
— No, no me digas nada. Solo... déjame estar aquí. Hasta que pase.
Y se sentó en el suelo, con la espalda contra la cama. Yo me senté a su lado. Pegaditos. Con la veladora temblando.
Le conté algo que nunca le había contado a nadie. Que cuando tenía 15, me ponía corrector en el cuello para tapar el vitíligo para ir a la secundaria. Que me lo quitaba en el baño llorando porque me ardía.
Gael no dijo "ay pobrecito". Me escuchó y me pasó la mano por el cuello. Justo por la mancha grande. Con el pulgar.
— Yo de morro pensaba que las pecas eran porque te habías quedado dormido bajo las estrellas y se te habían pegado — me dijo.
Me reí con mocos y todo. Qué pendejo.
La tormenta duró como una hora. Cuando paró, el agua afuera brillaba otra vez. Más azul que nunca. Como si la lluvia la hubiera enojado y ahora estuviera presumiendo.
Gael se paró y me extendió la mano.
— Ven. Quiero enseñarte algo que solo se ve cuando llueve así.
Salimos descalzos. La playa estaba vacía, llena de charcos que brillaban. Y me jaló al mar otra vez.
Esta vez sí me quité la playera. No porque fuera valiente. Porque estaba empapada y me pesaba.
Me la quité y la dejé en la arena.
Gael me miró. Pero no me miró como me miraban en Twitter. Me miró como... como si por fin estuviera viendo el mapa completo.
— Ahora sí — dijo bajito. — Ahora sí te veo.
Y no sé quién se acercó primero. Solo sé que nos besamos en medio del agua que brillaba, con la lluvia todavía cayéndonos en la cabeza, y con mi piel — toda mi piel — prendida también.