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OLVIDÓ DE AMOR

OLVIDÓ DE AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / CEO / Romance
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.

Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.

Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.

Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.

Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.

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Capitulo 8

El reloj de la sala marcaba la una de la madrugada cuando la llave giró en la cerradura. Ottavia estaba sentada en el sillón más oscuro del recibidor, con la luz apagada y solo la tenue luz de la luna iluminando la estancia. No había llorado. No había caminado de un lado a otro con ansiedad. Simplemente había esperado, con la espalda recta y el corazón endurecido, escuchando cada minuto que pasaba como un recordatorio de lo que él estaba haciendo en otro lugar, con otra mujer.

La puerta se abrió y Nereo entró, cerrándola despacio tras de sí como si con eso pudiera ocultar lo evidente. Se detuvo en seco al verla allí, inmóvil en la penumbra, y dio un paso atrás instintivamente.

—¿Estás despierta? —preguntó con voz que intentó sonar casual y salió forzada—. Pensé que dormías hace horas.

Ottavia se levantó despacio, sin prisa, y encendió la luz del recibidor con un movimiento suave. La luz lo reveló todo: el cabello desordenado, el aliento que olía a perfume que no era el suyo, la camisa ligeramente arrugada como si hubiera sido abrazada con fuerza.

—Te esperaba —dijo ella con calma, sin gritar, sin acusar con el dedo—. Quería saber qué excusa pondrías esta vez.

Nereo se ajustó la corbata con nerviosismo y soltó una risa seca. —Excusa? No tengo que darte ninguna. Se me hizo tarde en la oficina, eso es todo. Hubo problemas con un contrato y no pude salir antes. ¿Vas a cuestionarme ahora cada vez que me retrase?

—La oficina —repitió Ottavia, asintiendo lentamente—. Entiendo. ¿Y el perfume que llevas en la camisa? ¿También es de la oficina? Porque yo no uso esa fragancia, Nereo. Nunca la he usado.

Él se quedó mudo un instante, luego se pasó una mano por el cuello y respondió con mayor firmeza: —Una socia me abrazó al despedirse, nada más. Exageras todo. Siempre has sido así, te inventas historias donde no las hay.

—¿Me invento historias? —preguntó ella, y la voz no le tembló, aunque por dentro ardía—. Llego a casa a la una de la madrugada, con el cabello despeinado, los labios hinchados como si te hubieran besado durante horas, y me dices que soy yo la que exagera?

—¡Por Dios, Ottavia! —levantó él la voz, dando un paso hacia ella con la intención de intimidarla como siempre había hecho—. Deja de actuar como una esposa celosa. Tengo responsabilidades. Soy el sostén de esta familia. No me trates como si fuera un niño que tiene que dar explicaciones.

—No te pido explicaciones como si fueras un niño —respondió ella, sin retroceder ni un milímetro, mirándolo fijamente a los ojos—. Te pido la verdad. Pero ya sé que no la vas a decir. Nunca la has dicho. Diez años, Nereo. Diez años creyendo que las ausencias eran trabajo, que las prisas eran preocupación por nosotros, que el amor que me tenías era real. Y todo era mentira. Tú eras el mentiroso y yo la tonta que te creía.

Nereo abrió la boca para responder y luego la cerró, confundido por la serenidad con la que ella hablaba. Esperaba llanto, gritos, una escena. No esta calma helada que lo dejaba sin argumentos.

—No digas eso —murmuró, bajando la voz—. Te quiero. Tú eres mi esposa. Todo lo que hago lo hago por ti y por los niños.

—¿Por mí? —Ottavia soltó una risa suave, triste y firme a la vez—. Si me quisieras, no me harías esto. Si me respetaras, no me traicionarías una y otra vez. Y lo peor no es que la engañes… lo peor es que me haces creer que soy yo la que falla, la que está demasiado, la que pide demasiado poco.

Se acercó un paso más, y él vio en sus ojos algo que nunca había visto antes: no dolor, sino determinación. Como si hubiera tomado una decisión de la que no volvería atrás.

—No sé de qué hablas —insistió él, aunque su voz ya no tenía fuerza.

—Claro que lo sabes —dijo ella con dulzura que cortaba como cuchillo—. Sabes exactamente de qué hablo. Y yo ya lo sé todo. No te preguntaré con quién, ni cuánto tiempo, ni por qué. No importa. Lo único que importa es que el matrimonio que yo creía tener… nunca existió. Solo estaba en mi imaginación. Y ahora desperté.

Nereo palideció. —¿Qué quieres decir? ¿Qué vas a hacer?

—No voy a hacerte una escena —respondió ella, mirándolo como si fuera un extraño—. No voy a llorar para que tengas lástima. Tampoco voy a quedarme callada como si nada pasara. Porque merezco más. Merece más que ser la esposa engañada que calla y sonríe mientras tú vives tu vida al lado de otra.

—Ottavia… —él extendió una mano hacia ella, pero ella dio un paso atrás, rechazando el contacto sin necesidad de decir una palabra.

—No —dijo ella con firmeza—. Ya no. No me toques como si nada hubiera pasado. No me mientas más. Lo que hagas o dejes de hacer… ya no es mi problema. Pero yo no voy a seguir viviendo en esta mentira. Me respeto demasiado para eso.

Se giró hacia las escaleras y luego se detuvo, mirándolo por encima del hombro.

—Duerme tranquilo, Nereo. O no. Eso depende de ti. Pero ten por seguro una cosa: yo ya no voy a llorar por ti. Y tampoco voy a permitir que nadie me vuelva a pisotear. Ni tú, ni nadie.

Subió las escaleras despacio, con la cabeza alta, dejándolo solo abajo, en la entrada de una casa que ya no era la misma. Nereo se quedó allí de pie, escuchando sus pasos alejarse, y comprendió con un escalofrío que acababa de perderla. No porque se hubiera ido, sino porque la mujer que amaba y soportaba todo… ya no existía. Y la que había tomado su lugar era mucho más fuerte de lo que él jamás imaginó.

Arriba, en el dormitorio, Ottavia se sentó junto a la ventana y miró hacia la noche. El dolor seguía ahí, profundo y real, pero ya no la paralizaba. Al contrario: la alimentaba.

—Ya no hay vuelta atrás —susurró a la oscuridad—. Y no tengo miedo. Porque ahora soy libre. Libre de ti, libre de tus mentiras, y libre de empezar a vivir mi vida como yo decida.

Y con esa convicción grabada en el alma, apagó la luz y se acostó, sabiendo que al día siguiente empezaría una vida completamente nueva. Sin Nereo. Sin mentiras. Y por primera vez en mucho tiempo… sin miedo.

—¿Entonces ya no confías en mí? —preguntó Nereo, con voz herida y falsa, intentando culparla a ella.

Ottavia lo miró sin pestañear, con una calma que lo desarmó por completo. —No es cuestión de confiar. Es cuestión de ver la realidad. Y la realidad es que tú me has estado mintiendo en la cara mientras yo te daba todo lo que tenía.

—Te estoy diciendo la verdad —insistió él, levantando la voz.

—Y yo te estoy diciendo que ya no te creo —respondió ella con firmeza—. Y lo que más me duele no es tu mentira. Es haber perdido diez años de mi vida creyendo en ella. Pero se acabó. A partir de ahora, yo decido por mí.

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Mirna Vargas olortegui
Ya cansa con lo mismo que se dicen y hacen.
Monica Raquel Martin
es muy gracioso ella le reclama la traición pero ella no se queda atrás,
Leonela Soledad Trejo
como que recién se conocen y avanzaron como 20 pasos
Rossy Bta
Hola , estoy confusa como que 10 años de matrimonio y tiene hijos adultos algo no cuadra
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