Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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Una advertencia que nadie esperaba
El amanecer tiñó de gris las torres de la fortaleza, pero no trajo calma. Elara se despertó con el corazón acelerado, como si el propio destino le soplara al oído que ese día era el límite: en la historia original, Rian salía solo a patrullar y caía en la emboscada del Valle Oscuro, sin saber que era el último día que vería su hogar libre.
Se vistió a toda prisa, salió corriendo hacia el patio de armas. El aire estaba cortante, más frío de lo normal, y el viento aullaba entre las almenas como un aviso. Cuando llegó, Rian ya estaba montado sobre su caballo negro, con la espada al cinto y el manto ondeando. Solo llevaba consigo a dos hombres, tal como estaba escrito que hacía.
—¡Rian! —gritó ella, corriendo hasta llegar a su lado, sin importarle que todos la miraran—. ¡No puedes ir así! ¡Te lo advertí!
Su hermano frunció el ceño, deteniendo al caballo.
—Solo es una patrulla rutinaria, Elara. No me hace falta un ejército para recorrer los límites del norte.
—¡No es rutinaria si te están esperando! —respondió ella, con voz quebrada por la urgencia—. ¡Si vas por el camino del Valle Oscuro, no volverás! ¡Te tendieron una trampa, ahí mismo, entre los árboles! ¡Te capturan, te acusan de traición y eso es solo el principio del fin!
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera pensarlas demasiado. Rian se quedó inmóvil, el puño apretado sobre las riendas. Los dos hombres que lo acompañaban intercambiaron miradas incómodas.
—¿Acusarme de traición? —repitió Rian, con voz grave—. ¿Cómo sabes todo eso, hermana? Nadie me ha dicho nada de una emboscada.
—Porque lo sé —insistió Elara, levantando la mirada, con los ojos brillantes de desesperación—. No te pido que me creas sin más. Te pido que tengas cuidado. Toma el desvío del Bosque de los Pinos. Lleva a diez hombres contigo. Si no hay peligro, perderás unas horas nada más. Pero si yo tengo razón… te salvarás la vida. Y si caes tú, caemos todos.
Rian la miró largo rato. Vio el miedo genuino en sus ojos, la firmeza en su postura, algo que nunca había visto en ella. Algo en su interior le dijo que no era una advertencia cualquiera. Era la voz de algo más grande que ambos.
—Está bien —dijo de pronto, y le tiró de las riendas al caballo para que retrocediera—. Haré lo que pides. Pero si no hay nada, te reirás de mí por una semana entera.
Giró hacia uno de los escuderos.
—¡Llama a diez de los nuestros! ¡Llevaré escolta! Y cambiamos la ruta: por el Bosque de los Pinos, no por el valle.
Elara soltó el aire que había estado conteniendo, sintiendo cómo las piernas le temblaban. Lo había logrado. La primera gran tragedia del destino original estaba a punto de evitarse. Pero la sensación de alivio duró poco. Mientras Rian esperaba a que llegaran los hombres, ella notó algo extraño: una figura encapuchada observaba desde la sombra de la torre, y en cuanto sus miradas se cruzaron, se dio la vuelta y se marchó apresuradamente.
El espía. Sabía que estaban cambiando los planes. Y eso significaba que el enemigo podía adaptarse también.
—Rian —le dijo, acercándose de nuevo y bajando la voz—. Algo va mal. Si alguien sabe que cambiamos la ruta… pueden esperarte en el bosque también. Ve con la máxima alerta. No confíes en nadie que no sea de los nuestros. Y si ves algo raro, vuelve. No te arriesgues por nada.
Su hermano asintió, ahora con la seriedad vuelta a su rostro.
—Tengo cuidado, Elara. Lo prometo.
Poco después, la comitiva partió. Elara se quedó mirándolos hasta que desaparecieron entre los árboles, con el pecho oprimido. En el libro, Rian salió solo y no volvió libre. Hoy salía con hombres y con la ruta cambiada… pero el destino era terco, y el Imperio no dudaría en ajustar sus trampas.
—Rezas mucho por él —dijo una voz a su espalda. Era Lady Mira, que se había acercado sin hacer ruido—. Y le pides cosas que una hermana no suele pedir.
Elara se giró, con el corazón en un puño.
—Lo hago porque lo quiero, madre. Y porque el peligro es real. Más real de lo que ninguno imagina.
Lady Mira la miró a los ojos, y en lugar de duda, su mirada se llenó de comprensión.
—La sangre de los Licano ha visto cosas antes de que ocurran, desde tiempos antiguos —dijo suavemente—. Tu abuela tenía esos mismos ojos cuando hablaba de lo que vendría. No te culpo por creerte. Solo te pido que tengas cuidado de ti también. Quien avisa de peligros… suele ser el primero en ser visto como amenaza.
Esas palabras cayeron sobre Elara como un cubo de agua fría. Eso también estaba en la trama original: cuando las cosas empezaron a salir mal, la gente empezó a culpar a la hija menor, a la "extraña", a la que hablaba de sueños. Ahora que ella estaba cambiando todo, esa sospecha podría llegar antes, y desde dentro.
—Lo tendré en cuenta —respondió ella, con voz firme—. Pero no callaré. No cuando el precio del silencio es nuestra vida.
Cuando su madre se marchó, Elara volvió a mirar hacia el camino por donde se había ido Rian. No sabía si lo había salvado… o si solo había retrasado lo que venía. Pero una cosa era segura: ya no podían volver atrás. Cada paso que daban era un desafío al destino que el libro había escrito para ellos. Y cuanto más se acercaba el invierno eterno, más claramente sentía que la verdadera batalla apenas comenzaba.