NovelToon NovelToon
Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Madre soltera / Grandes Curvas / Niñero / Completas
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Lins

A los dieciocho años, Raquel era la chica gorda del morro: despreciada por su familia, echada de su casa en plena madrugada. Esa misma noche, en un cobertizo abandonado, encontró a un desconocido moribundo que le pidió que le salvara la vida sin verle jamás el rostro. Le pagó una fortuna. Le dijo que sus ojos eran hermosos. Y desapareció al amanecer.

Seis años después, Raquel vuelve a Río irreconocible: más delgada, más fuerte, madre soltera de dos gemelos. El empleo de sirvienta que consigue para sacarlos adelante la lleva a la cobertura de lujo del hombre más temido de la ciudad: Rafael Monteiro, El Dueño del Morro da Esperança.

El padre de sus hijos. El hombre que nunca supo que existían.

Ahora Raquel tiene que limpiar la casa de su secreto todos los días, mientras Rafael —frío, letal, incapaz de olvidar unos ojos que vio una sola vez en la oscuridad— empieza a sentir que esa empleada le remueve algo que creía muerto. Entre una suegra que la quiere lejos, una prima dispuesta a destruirla y una verdad que puede volarlo todo por los aires, Raquel deberá decidir hasta cuándo puede seguir escondiendo a los dos niños que llevan la sangre del Dueño.

NovelToon tiene autorización de Lins para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15 — ¿Tu opinión? ¡Fuera de aquí!

Isabella Campos entró al Residencial Atlântico el lunes por la mañana como quien entra a su propia casa: tacón alto repiqueteando en el mármol del vestíbulo, bolso Chanel colgado del codo, perfume de R$800 llegando antes que ella. El portero intentó llamar al apartamento 2001, pero ella pasó de largo con un ademán de la mano.

—Déjalo, amor. Rafael me está esperando.

No la esperaba.

La información había venido de Jaque: una llamada el domingo por la noche, con voz de quien entrega un regalo. "Hola, Bella. ¿Sabes la empleada nueva de Rafael? ¿Aquella gorda que vivía en el morro? Pues resulta que adelgazó, se puso bonita, y Rafael anda persiguiéndola. Una madre soltera del morro. Pensé que querrías saberlo."

Isabella quiso saber. Isabella siempre quiso saber de todo lo que tenía que ver con Rafael Monteiro, desde los quince años, cuando se convenció de que el destino de ambos estaba escrito. Él nunca la miró de ese modo. Pero ella nunca había tenido competencia de verdad.

¿Una empleada doméstica? ¿Del morro?

Impensable.

Isabella entró al apartamento por la puerta de servicio —que estaba sin trancar porque doña Zuleica acababa de recibir una entrega de frutas y verduras—. El olor a ajo y cebolla venía de la cocina. Y ahí, de espaldas, cortando tomate sobre una tabla de madera, estaba Raquel.

Isabella se quedó parada en la puerta cinco segundos. Evaluó: cabello recogido en un moño funcional, uniforme de empleada —pantalón negro, blusa blanca—, manos de quien trabaja. ¿Bonita? Sí. Pero bonita de un modo que Isabella no consideraba una amenaza real. Bonita de pobre. Bonita sin marco.

Lo que Isabella no sabía era que aquella mujer sin marco era exactamente el tipo que Rafael no lograba quitarse de la cabeza.

—¿Tú eres Raquel? —preguntó Isabella, y la voz ya traía hielo.

Raquel se dio la vuelta. Vio a una mujer que no conocía —rubia, vestido de marca, tacones que costaban tres meses de alquiler— parada en la puerta de la cocina con una expresión que ya había visto antes. En la cara de Patricia. En la cara de Jaque. En la cara de todas las mujeres que la miraban y solo veían el delantal.

—Sí. ¿La señora necesita algo?

Isabella no respondió con palabras.

Tomó la olla de caldo de verduras que estaba en la estufa —caliente, pero sin hervir— y la lanzó en dirección a Raquel. El líquido le acertó en el pecho, en el brazo izquierdo, en el costado del cuello. Raquel retrocedió, se golpeó la espalda contra la encimera y soltó un grito que se le murió en la garganta.

—Esto es para que aprendas cuál es tu lugar, empleada.

Raquel miró hacia abajo. La blusa blanca empapada, la piel del brazo roja y ardiendo, el caldo escurriéndose por el delantal. No lloró. No gritó. Se quedó parada con las manos temblando y los ojos secos, porque llorar delante de gente como Isabella era un lujo que no podía darse.

Isabella salió de la cocina y fue a la sala. Se sentó en el sofá, se desordenó el propio cabello, se arañó el propio brazo con la uña, y cuando Rafael apareció en la puerta del despacho atraído por el ruido, ella ya estaba llorando.

—Rafael, ¡tu empleada me atacó! ¡Yo solo vine a traerte un regalo y ella me tiró agua caliente encima!

Rafael miró a Isabella. Cabello desordenado, ojos húmedos, marca roja en el brazo. Después miró a Raquel, que estaba parada en la puerta de la cocina: blusa empapada de caldo, brazo izquierdo rojo, mano derecha sujetando un paño de cocina como si fuera lo único que la mantenía en pie.

Miró la ropa de Isabella. Limpia. Seca. Sin una gota de caldo.

—Raquel —dijo—, cuéntame qué pasó.

Su voz era calmada. No la calma de quien no le importa: la calma de quien ya decidió a quién le cree.

Raquel contó. Sin adornos, sin drama, sin levantar la voz. Isabella intentó interrumpir tres veces. Rafael levantó la mano —el mismo gesto que usaba cuando alguien en los negocios hablaba de más— e Isabella se calló.

Cuando Raquel terminó, Rafael se volvió hacia Isabella.

—¿Tu opinión sobre quién me gusta? Fuera de aquí.

Isabella abrió la boca. La expresión en el rostro de él cerró cualquier espacio para negociación. El Dueño del Morro da Esperança, el hombre que controlaba más riqueza que el padre de ella, la miraba como quien mira una pared que hay que demoler.

—Rafael, yo…

Él ya estaba al teléfono.

—Marcos. A partir de hoy, Isabella Campos tiene prohibida la entrada al Residencial Atlântico. A cualquier edificio mío. Si lo intenta, llama a la policía.

Isabella tomó el bolso y salió. En la puerta de la cocina, donde Raquel seguía parada con la blusa mojada, aflojó el paso. Bajó la voz a un susurro que solo Raquel podía oír.

—¿Sabes que él tuvo una experiencia asquerosa con una gorda hace seis años? Le dio asco hasta el día de hoy.

Raquel sintió que el suelo desaparecía.

Asquerosa. La palabra la golpeó como un puñetazo en el estómago. No porque fuera nueva, sino porque confirmaba algo que había pasado seis años tratando de olvidar. Que aquella noche, para él, había sido asquerosa. Que ella, en aquella versión de sí misma, era algo que daba asco.

Isabella salió. El ascensor se cerró. Su perfume quedó en el aire como veneno.

Rafael se acercó a Raquel. Vio el enrojecimiento del brazo.

—¿Necesitas ir al hospital?

—No. Es superficial.

—Raquel…

—Es superficial, Rafael.

Él se quedó parado. Quería tocarle el brazo, ver la quemadura, curarla. Pero la promesa del "despacio, sin prisa" pesaba, y no iba a cruzar más líneas.

—Voy a pedirle a Marcos que traiga pomada para quemaduras.

—Está bien.

El resto de la mañana pasó en silencio. Doña Zuleica curó el brazo de Raquel en la cocina con la eficiencia de quien ya lo ha visto todo en veinte años. No hizo preguntas. Solo dijo: "La Patriciazinha, la Isabellazinha… todas harina del mismo costal".

Por la tarde, llegó doña Helena.

No avisó. Usó su propia tarjeta-llave del edificio —la que Rafael nunca le pidió de vuelta— y subió directo al piso veinte. Cuando el ascensor se abrió, Raquel estaba en el pasillo con el balde de limpieza.

Las dos se miraron.

Helena Azevedo Monteiro tenía sesenta y dos años, cabello canoso cortado en un bob elegante, y la postura de quien nunca en la vida llevó su propio plato al fregadero. Vestía un conjunto de sastrería beige y aretes de perla. Miró a Raquel del mismo modo que miraba los arreglos florales: evaluando si combinaba con la decoración.

—¿Tú eres la empleada nueva?

—Sí. Raquel da Silva. ¿La señora es…?

—La madre de tu patrón.

Raquel enderezó la columna.

—Doña Helena, sea bienvenida. Rafael está en el despacho.

Helena no respondió. Caminó en dirección al despacho, y en el umbral de la puerta de la sala de estar, el tacón se le atascó en la junta del piso de mármol. Se fue hacia delante, perdió el equilibrio, y la rodilla dio contra el suelo con un chasquido seco.

—Ay —soltó Helena, más del susto que del dolor.

Raquel soltó el balde y corrió. Pero antes de que llegara, apareció Luna.

La guardería comunitaria había cerrado más temprano —falta de agua en el morro, la tercera vez en el mes— y Raquel había traído a sus hijos al apartamento. Luna estaba en la cocina con doña Zuleica, dibujando en el cuaderno con los lápices de colores que Rafael había comprado la semana pasada. Oyó el ruido y salió corriendo.

Luna se agachó junto a Helena. Le tomó la rodilla con las dos manitas y sopló.

—¡Fuera dolor! ¡Fuera dolor!

Helena se quedó inmóvil. Miró hacia abajo: una niña de cinco años, rizos oscuros, ojos grandes, soplándole la rodilla con la seriedad de una enfermera y la ternura de quien realmente cree que soplar cura.

Davi apareció justo detrás. Miró la escena —la señora en el suelo, la hermana soplando, la madre acercándose a ayudar— y se cruzó de brazos.

—Mamá, no se puede levantar así del suelo a una persona mayor. ¿Y si nos demanda?

El silencio duró dos segundos. Después Helena se rió. Una risa corta, casi involuntaria, que se le escapó antes de poder controlarla, y que le transformó el rostro por un instante de mármol en algo humano.

Raquel ayudó a Helena a levantarse. Helena se apoyó en su brazo, y al enderezarse quedó cara a cara con Davi.

La risa murió.

Helena miró al niño. Después a la niña que seguía agachada al lado. Miró de uno al otro, y algo en su rostro cambió, como quien pasa una página y encuentra una foto que no esperaba.

La mandíbula de Davi. La ceja de Luna. La línea del cabello de ambos. La forma de los ojos.

Rafael de niño.

Helena no dijo nada. Se enderezó la falda, agradeció con un gesto seco y siguió hacia el despacho. La conversación con Rafael duró veinte minutos. Raquel no oyó lo que dijeron: la puerta estaba cerrada y ella estaba en la cocina curándose la quemadura del brazo.

Cuando Helena salió, no miró a Raquel. No miró a los mellizos. Entró al ascensor con la postura recta y el rostro indescifrable. Pero las manos le temblaban.

En el auto, con el chofer particular esperando en el garaje, Helena tomó el teléfono.

—Jorge. Acabo de ver a dos niños en el apartamento de Rafael. Son… idénticos a Rafael cuando era niño. Y la madre de ellos es su empleada. Tenemos que hablar.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play